Camino a la servidumbre
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Friedrich A. Hayek






La tragedia del pensamiento colectivista es que, aun partiendo de considerar suprema a la razón, acaba destruyéndola por desconocer el proceso del que depende su desarrollo. Puede en verdad decirse que ésta es la paradoja de toda doctrina colectivista, y que es su demanda de un control “consciente” o una planificación “consciente” lo que por fuerza la lleva a pedir para una mente individual la dirección suprema; cuando sólo el enfoque individualista de los fenómenos sociales nos permite reconocer las fuerzas supra-individuales que guían el desarrollo de la razón. El individualismo es, pues, una actitud de humildad ante este proceso social y de tolerancia hacia las opiniones ajenas, y es exactamente lo opuesto de esa presunción intelectual que está en la raíz de la demanda de una dirección completa del proceso social.
Este texto es el capítulo 11 del libro Camino a la Servidumbre. Publicado originalmente en inglés en 1944


El fin de la verdad

El camino más eficaz para hacer que todos sirvan al sistema único de fines que se propone el plan social consiste en hacer que todos crean en esos fines. Para que un sistema totalitario funcione eficientemente no basta forzar a todos a que trabajen para los mismos fines. Es esencial que la gente acabe por considerarlos como sus fines propios. Aunque a la gente se le den elegidas sus creencias y se le impongan, éstas tienen que llegar a ser sus creencias, tienen que convertirse en un credo generalmente aceptado, que lleve a los individuos, espontáneamente, en la medida de lo posible, por la vía que el planificador desea. Si el sentimiento de opresión en los países totalitarios es, en general, mucho menos agudo que lo que se imagina la mayoría de las personas en los países liberales, ello se debe a que los gobiernos totalitarios han conseguido en alto grado que la gente piense como ellos desean que lo haga.

Esto se logra, evidentemente, por las diversas formas de la propaganda. Su técnica es ahora tan familiar que apenas necesitamos decir algo sobre ella. El único punto que debe destacarse es que ni la propaganda en sí, ni las técnicas empleadas son peculiares del totalitarismo, y que lo que tan completamente cambia su naturaleza y efectos en un Estado totalitario es que toda la propaganda sirve al mismo fin, que todos los instrumentos de propaganda se coordinan para influir sobre los individuos en la misma dirección y producir el característico Gleichschaltung de todas las mentes. En definitiva, el efecto de la propaganda en los países totalitarios no difiere sólo en magnitud, sino en naturaleza, del resultado de la propaganda realizada para fines diversos por organismos independientes y en competencia. Si todas las fuentes de información ordinaria están efectivamente bajo un mando único, la cuestión no es ya la de persuadir a la gente de esto o aquello. El propagandista diestro tiene entonces poder para moldear sus mentes en cualquier dirección que elija, y ni las personas más inteligentes e independientes pueden escapar por entero a aquella influencia si quedan por mucho tiempo aisladas de todas las demás fuentes informativas.

Si bien en los Estados totalitarios esta posición de la propaganda proporciona un poder único sobre las mentes, los peculiares efectos morales no surgen de su técnica, sino del propósito y el alcance de la propaganda totalitaria. Si pudiera confinarse a adoctrinar a la gente sobre el sistema general de valores hacia el que se dirige el esfuerzo social, la propaganda representaría simplemente una manifestación particular de los rasgos característicos de la moral colectivista, que ya hemos considerado. Si su propósito fuera tan sólo enseñar al pueblo un código moral definido y completo, el problema sólo estaría en averiguar si este código moral es bueno o malo. Hemos visto que no es probable que nos atraiga el código moral de una sociedad totalitaria; que incluso el esfuerzo hacia la igualdad a través de una economía dirigida sólo puede conducir a una desigualdad impuesta oficialmente, a una determinación autoritaria de la posición de cada individuo en el nuevo orden jerárquico; que desaparecerían la mayor parte de los elementos humanitarios de nuestra moral social: el respeto por la vida humana, por el débil y por el individuo en general. Por repulsivo que esto pueda ser para la mayoría de las personas, y aunque ello envuelve un cambio en los criterios morales, no es necesariamente antimoral por completo. Algunos rasgos de semejante sistema pueden incluso atraer a los más rígidos moralistas de matiz conservador y parecerles preferibles a los criterios, más blandos, de una sociedad liberal.

Las consecuencias morales de la propaganda totalitaria que debemos considerar ahora son, por consiguiente, de una clase aún más profunda. Son la destrucción de toda la moral social, porque minan uno de sus fundamentos: el sentido de la verdad y su respeto hacia ella. Por la naturaleza de su tarea, la propaganda totalitaria no puede confinarse a la degradación de los valores, a las cuestiones de interpretación y a las convicciones morales, sobre las cuales el individuo siempre se adaptará, más o menos, a los criterios dominantes en su comunidad, sino que ha de extenderse a cuestiones de hecho que operan sobre la inteligencia humana por una vía diferente. Tiene que ser así, primero, porque para inducir a la gente a aceptar los valores oficiales, éstos deben justificarse o mostrarse en conexión con los valores ya sostenidos por la gente, lo cual envolverá a menudo afirmaciones acerca de las relaciones causales entre medios y fines; y, en segundo lugar, porque la distinción entre fines y medios, entre el objetivo pretendido y las medidas tomadas para alcanzarlo, jamás es en la realidad tan tajante y definida como tiende a sugerirlo la discusión general de estos problemas; y, en consecuencia, la gente tiene que ser llevada a aceptar no sólo los fines últimos, sino también las opiniones acerca de los hechos y posibilidades sobre las que descansan las medidas particulares.

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Hemos visto que en una sociedad libre no existe acuerdo sobre ese código ético completo, sobre ese sistema universal de valores que está implícito en un plan económico, pero habría de crearse. Más no debemos suponer que el planificador acometerá su tarea consciente de esta necesidad, o que, si es consciente de ella, le será posible crear de antemano un código tan amplio. Sólo a medida que avanza descubre los conflictos entre las diferentes necesidades, Y tiene que tomar sus decisiones cuando la ocasión surge. No existe un código de valores in abstracto que guíe sus decisiones antes de tener que tomarlas, y tiene que irlo levantando sobre las decisiones particulares. Hemos visto que esta imposibilidad de separar los problemas de valor generales de las decisiones particulares impide que un organismo democrático, aunque incapaz de decidir los detalles técnicos de un plan, pudiera determinar los valores que le orienten.

Y como la autoridad planificadora habrá de decidir constantemente sobre méritos acerca de los cuales no existen normas morales definidas, tendrá que justificar ante la gente sus decisiones, o, al menos, tendrá que hacer algo para que la gente crea que son las decisiones justas. Aunque los responsables de una decisión pueden haberse guiado tan sólo por un prejuicio, tendrán que enunciar públicamente algún principio orientador, si la comunidad no ha de someterse en forma pasiva, sino que ha de apoyar activamente la medida. La necesidad de racionalizar las aversiones y los gustos, que, a falta de otra cosa, guiarán al planificador en muchas de sus decisiones, y la necesidad de exponer sus argumentos en forma que atraiga al mayor número posible de personas, le forzarán a construir teorías, es decir, afirmaciones sobre las conexiones entre los hechos, que pasarán a ser parte integrante de la doctrina de gobierno. Este proceso de creación de un “mito” para justificar su acción no tiene necesariamente que ser consciente. El líder totalitario puede guiarse tan sólo por una instintiva aversión hacia el estado de cosas que ha encontrado y por el deseo de crear un nuevo orden jerárquico que se ajuste mejor a su concepto del mérito; puede, simplemente, saber que le molestan los judíos, que parecían tan afortunados dentro de un orden que a él no le proporcionaba un puesto satisfactorio, y que ama y admira al hombre rubio y alto, a la “aristocrática” figura de las novelas de su juventud. Así, estará dispuesto a abrazar las teorías que parecen procurarle una justificación racional de los prejuicios que comparte con muchos de sus compañeros. De esta manera, una teoría seudocientífica entra a formar parte del credo oficial que, en grado mayor o menor, dirige la actividad de todos. O también, el extendido aborrecimiento de la civilización industrial y un romántico anhelo por la vida del campo, unidos a la creencia, probablemente errónea, en el valor especial del campesino como soldado, suministran la base para otro mito: Blut und Boden ("sangre y tierra") el cual no solo expresa valores últimos, sino una multitud de creencias sobre causas y efectos, que no pueden discutirse una vez convertidas en ideales que orientan la actividad de la comunidad entera.

La necesidad de estas doctrinas oficiales, como instrumento para dirigir y aunar los esfuerzos de la gente, ha sido claramente prevista por los diversos teóricos del sistema totalitario. Las “mentiras nobles” de Platón y los “mitos” de Sorel sirven a la misma finalidad que la doctrina racial de los nazis o la teoría del Estado corporativo de Mussolini. Todos se basan necesariamente sobre opiniones particulares acerca de los hechos, que se elaboran después como teorías científicas para justificar una opinión preconcebida.

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El camino más eficaz para que las gentes acepten unos valores a los que deben servir consiste en persuadirlas de que son realmente los que ellas, o al menos los mejores individuos entre ellas, han sostenido siempre, pero que hasta entonces no reconocieron o entendieron rectamente. Se fuerza a las gentes a transferir su devoción de los viejos dioses a los nuevos so pretexto de que los nuevos dioses son en realidad los que su sano instinto les había revelado siempre, pero que hasta entonces sólo confusamente habían entrevisto. Y la más eficiente técnica para esta finalidad consiste en usar las viejas palabras, pero cambiar su significado. Pocos trazos de los regímenes totalitarios son a la vez tan perturbadores para el observador superficial y tan característicos de todo un clima intelectual como la perversión completa del lenguaje, el cambio de significado de las palabras con las que se expresan los ideales de los nuevos regímenes.

La que más ha sufrido a este respecto es, desde luego, la palabra libertad. Es una palabra que se usa tan desembarazadamente en los Estados totalitarios como en cualquier parte. Aún pudiera casi decirse -y ello debería servirnos como advertencia para ponernos en guardia contra todos los incitadores que nos prometen Nuevas libertades por las viejas 1/- que allí donde se destruyó la libertad tal como la entendemos, casi siempre se hizo en nombre de alguna nueva libertad prometida a la gente. También entre nosotros tenemos “planificadores de la libertad” que nos prometen una “libertad colectiva de grupo”, cuya naturaleza puede inferirse del hecho de considerar sus defensores necesario asegurarnos que, “naturalmente, el advenimiento de la libertad planificada no significa que todas [sic] las formas anteriores de libertad hayan de ser abolidas”. El doctor Karl Mannheim, de cuya obra 2/ se toman estas frases, nos advierte, por lo menos, que “una concepción de la libertad modelada sobre la edad precedente es un obstáculo para todo entendimiento real del problema”. Pero su empleo de la palabra libertad es tan engañoso como en boca de los políticos totalitarios. Como la libertad de éstos, la “libertad colectiva” que aquél nos ofrece no es la libertad de los miembros de la sociedad, sino la libertad ilimitada del planificador para hacer con la sociedad lo que se le antoje 3/. Es la confusión de la libertad con el poder, llevada al extremo.

En este caso particular, la perversión del sentido de la palabra ha sido, por supuesto, bien preparada por una larga línea de filósofos alemanes, y no en mínima parte por muchos de los teóricos del socialismo. Pero la libertad no es en modo alguno la única palabra cuyo significado se sustituyó por su opuesto para que sirviera como instrumento de la propaganda totalitaria. Hemos visto ya que lo mismo ha sucedido con justicia y ley, derecho e igualdad. La lista podría extenderse hasta incluir a casi todos los términos de moral y política de general uso.

Si no se ha pasado personalmente por la experiencia de este proceso, es difícil apreciar la magnitud de este cambio de significado de las palabras, la confusión que causa y las barreras que crea para toda discusión racional. Hay que haberlo visto para comprender cómo, si uno de dos hermanos abraza la nueva fe, al cabo de un breve tiempo parecen hablar lenguajes diferentes, que impiden toda comunicación real entre ellos. Y la confusión se agrava porque este cambio de significado de las palabras que expresan ideales políticos no es un hecho aislado, sino un proceso continuo, una técnica empleada consciente o inconscientemente para dirigir al pueblo. De manera gradual, a medida que avanza este proceso, todo el idioma es expoliado, y las palabras se transforman en cáscaras vacías, desprovistas de todo significado definido, tan capaces de designar una cosa como su contraria y útiles tan sólo para las asociaciones emocionales que aún les están adheridas.

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No es difícil privar de independencia de pensamiento a la gran mayoría. Pero también hay que silenciar a la minoría que conservará una inclinación a la crítica. Hemos visto ya por qué la coerción no puede limitarse a imponer el código ético sobre el que descansa el plan que dirige toda la actividad social. Como muchas partes de este código nunca se formularán explícitamente, como muchas partes de la escala de valores orientadora sólo se manifestarán implícitamente en el plan, el plan mismo en todos sus detalles, y de hecho todo acto de gobierno, tiene que hacerse sagrado y quedar exento de toda crítica. Si la gente ha de soportar sin vacilación el esfuerzo común, tiene que estar convencida de que son justos, no sólo los fines pretendidos, sino también los medios elegidos. El credo oficial, cuya adhesión se impone, abarcará todas las cuestiones concretas en las que se basa el plan. La crítica pública, y hasta las expresiones de duda, tienen que ser suprimidas porque tienden a debilitar el apoyo público. Como cuentan los Webbs, refiriéndose a la situación en todas las empresas rusas, “mientras el proyecto está en ejecución, toda pública expresión de duda, o incluso el temor de que el plan no logre éxito, es un acto de deslealtad y hasta de traición, a causa de sus posibles efectos sobre la voluntad y los esfuerzos del resto de la plantilla” 4/. Cuando la duda o el temor expresados conciernen, no al éxito de una empresa particular, sino al del plan social entero, no pueden dejar de tratarse como un sabotaje.

Hechos y teorías se convierten así en el objeto de una doctrina oficial, no menos que en criterios de valor. Todo el aparato para difundir conocimientos: las escuelas y la prensa, la radio y el cine, se usarán exclusivamente para propagar aquellas opiniones que, verdaderas o falsas, refuercen la creencia en la rectitud de las decisiones tomadas por la autoridad; se prohibirá toda la información que pueda engendrar dudas o vacilaciones. El efecto probable sobre la lealtad de la gente al sistema llega a ser el único criterio para decidir si debe publicarse o suprimirse una determinada información. En un Estado totalitario la situación es, permanentemente y en todos los campos, la misma que en los demás países domina algunos ámbitos en tiempos de guerra. Se ocultará a la gente todo lo que pueda provocar dudas acerca de la competencia del Gobierno o crear descontento. Las bases de comparación desfavorable con las condiciones de otro lugar; el conocimiento de las posibles alternativas frente a la dirección efectivamente tomada; la información que pueda sugerir el fracaso del Gobierno en el cumplimiento de sus promesas o en aprovechar las oportunidades de mejorar la situación, todo se suprimirá. Por consecuencia, no habrá campo donde no se practique una intervención sistemática de la información y no se fuerce a una uniformidad de criterios.

Lo mismo se aplica también a los ámbitos aparentemente más alejados del interés político, y especialmente a todas las ciencias, aun las más abstractas. Que en un sistema totalitario no se consienta la investigación desinteresada de la verdad y no haya otro objetivo que la defensa de los criterios oficiales, es fácil de comprender, y la experiencia lo ha confirmado de modo amplio en cuanto a las disciplinas que tratan directamente de los negocios humanos y, por consiguiente, afectan de la manera más inmediata a los criterios políticos, tales como la Historia, el Derecho o la Economía. En todos los países totalitarios estas disciplinas se han convertido realmente en las más fecundas fábricas de mitos oficiales, que los dirigentes utilizan para guiar las mentes y voluntades de sus súbditos. No es sorprendente que en estas esferas se abandone hasta la pretensión de trabajar en busca de la verdad y que las autoridades decidan qué doctrinas deben enseñarse y publicarse.

El control totalitario de la opinión se extiende, sin embargo, a dominios que a primera vista parecen no tener significación política. A veces es difícil explicar por qué se proscriben oficialmente unas doctrinas determinadas o por qué se fomentan otras, y es curioso que estos gustos y antipatías no dejan de presentar semejanzas en los diferentes sistemas totalitarios. En particular, todos ellos parecen sentir en común una intensa antipatía por las formas más abstractas del pensamiento; antipatía que es también característica entre muchos de nuestros hombres de ciencia colectivistas. Viene a ser lo mismo que la teoría de la relatividad se presente como un “ataque semita contra los fundamentos de la Física cristiana y nórdica” o que se rechace porque está “en desacuerdo con el materialismo dialéctico y el dogma marxista”. Ni tampoco es muy diferente que se ataquen ciertos teoremas de la estadística matemática porque “forman parte de la lucha de clases en el frente ideológico y son un producto del papel histórico de la Matemática como sirviente de la burguesía”, o que se condene toda la materia porque “no ofrece garantías de que vaya a servir al interés del pueblo”. Parece que la matemática pura no es menos víctima, y que incluso mantener determinadas opiniones acerca de la naturaleza de la continuidad puede señalarse como “prejuicios burgueses”. Según los Webbs, la Revista de Ciencias Naturales Marxistas-Leninistas contiene los siguientes slogans: “Defendemos al Partido en la matemática. Defendemos la pureza de la teoría marxista-leninista en cirugía”. La situación parece ser muy semejante en Alemania. La Revista de la Asociación Nacional-Socialista de Matemáticos rebosa de consignas: “El Partido en la matemática”, ¡Y uno de los físicos alemanes más conocidos, Lennard, premio Nobel, ha recopilado la obra de su vida bajo el título de Física alemana en cuatro volúmenes!

Está enteramente de acuerdo con el espíritu del totalitarismo la condenación de toda actividad humana realizada por puro placer y sin ulterior propósito. La ciencia por el placer de la ciencia, el gusto del arte por el arte, son igualmente aborrecibles para los nazis, nuestros intelectuales socialistas y los comunistas. Toda actividad debe extraer de un propósito social consciente su justificación. No debe existir actividad espontánea, sin guía, porque pudiera producir resultados imprevisibles y sobre los cuales el plan no se ha manifestado. Podría producir algo nuevo, inimaginado por la filosofía del planificador. El principio se extiende incluso a los juegos y diversiones. Dejo al lector que adivine si fue en Alemania o en Rusia donde se exhortó oficialmente a los jugadores de ajedrez así: “Tenemos que acabar de una vez y para siempre con la neutralidad del ajedrez. Tenemos que condenar de una vez y para siempre la fórmula de “el ajedrez por el placer del ajedrez”, como la fórmula de “el arte por el placer del arte”.

Por increíbles que puedan parecer algunas de estas aberraciones, tenemos, sin embargo, que guardarnos de descartarlas como meros subproductos accidentales, que nada tienen que ver con la esencia del carácter de un sistema totalitario o planificado. No es así. Son un resultado directo del mismo deseo de verlo todo dirigido por una “concepción unitaria del conjunto”, de la necesidad de sostener a toda costa los criterios para cuyo servicio se solicitan constantes sacrificios de las gentes y de la general idea de ser los conocimientos y creencias de la gente un instrumento que ha de usarse para un propósito determinado. Si la ciencia ha de servir, no a la verdad, sino a los intereses de una clase, una comunidad o un Estado, la única misión del razonamiento y el análisis consiste en defender y difundir todavía más las creencias que regulan la vida entera de la comunidad. Como el ministro nazi de Justicia ha explicado, la pregunta que toda nueva teoría científica debe plantearse a sí misma es: “¿Sirvo al nacionalsocialismo, para el mayor beneficio de todos?”.

La misma palabra verdad deja de tener su antiguo significado. No designa ya algo que ha de encontrarse, con la conciencia individual como único árbitro para determinar si en cada particular caso la prueba (o la autoridad de quienes la presentan) justifica una afirmación; se convierte en algo que ha de ser establecido por la autoridad, algo que ha de creerse en interés de la unidad del esfuerzo organizado y que puede tener que alterarse si las exigencias de este esfuerzo organizado lo requieren. El clima general intelectual que esto produce; el espíritu de completo escepticismo respecto a la verdad, que engendra; la pérdida del sentido de lo que la verdad significa; la desaparición del espíritu de investigación independiente y de la creencia en el poder de la convicción racional; la manera de convertirse las diferencias de opinión, en todas las ramas del conocimiento, en cuestiones políticas que han de ser resueltas por la autoridad, son cosas todas que hay que experimentar personalmente, cuya extensión no puede mostrarse en una reseña breve. Quizá el hecho más alarmante sea que el desprecio por la libertad intelectual no es cosa que sólo surja una vez establecido el sistema totalitario, sino algo que puede encontrarse en todas partes entre los intelectuales que han abrazado una fe colectivista y que son aclamados como líderes intelectuales hasta en los países que aún tienen un régimen liberal. Gentes que pretenden hablar en nombre de los hombres de ciencia de los países liberales, no sólo perdonan hasta la peor opresión si se ha cometido en nombre del socialismo y defienden abiertamente la creación de un sistema totalitario; pues llegan a ensalzar francamente la intolerancia. ¿No hemos visto en fecha reciente a un hombre de ciencia británico defender incluso la Inquisición, porque, en opinión suya, “beneficia a la ciencia cuando protege a una clase naciente?” 5/. Este punto de vista es, por lo demás, prácticamente indistinguible de las opiniones que condujeron a los nazis a la persecución de los hombres de ciencia, a la quema de los libros científicos y a la sistemática exterminación de la intelligentsia del pueblo sojuzgado.

* * *

El deseo de imponer a un pueblo un credo que se considera saludable para él, no es, por lo demás, cosa nueva o peculiar de nuestro tiempo. Lo nuevo es el argumento con el que muchos de nuestros intelectuales intentan justificar tales designios. No hay real libertad de pensamiento en nuestra sociedad -se dice- porque las opiniones y los gustos de las masas están modelados por la propaganda, la publicidad, el ejemplo de las clases altas y otros factores ambientales, que inevitablemente encajan el pensamiento de la gente en gastados carriles. De esto se concluye que si los ideales y los gustos de la gran mayoría están siempre conformados por circunstancias que podemos dominar, debemos usar expresamente este poder para orientar las ideas de la gente en la dirección que pensamos es deseable.

Es bastante cierto, seguramente, que la gran mayoría apenas es capaz de pensar con independencia, que en la mayor parte de las cuestiones acepta criterios que encuentra ya fabricados y que se manifestará igualmente contenta si, por nacimiento o por seducción, se halla inserta en un conjunto de creencias u otro. En cualquier sociedad, la libertad de pensamiento sólo tendrá, probablemente, significación directa para una pequeña minoría. Pero esto no supone que alguien esté calificado o deba tener poder para elegir a quiénes se les reserva esta libertad. Ello no justifica ciertamente a ningún grupo de personas para pretender el derecho de determinar lo que la gente debe pensar o creer. Procede de una completa confusión de ideas el hecho de sugerirse que, como bajo cualquier tipo de sistema la mayoría de la gente sigue la dirección de alguien, es igual que todos sigan la misma dirección. Impugnar el valor de la libertad intelectual porque nunca significará para todos la misma posibilidad de pensamiento independiente, supone confundir por completo las razones que dan su valor a la libertad intelectual. Lo esencial para que cumpla su función como principio motor del progreso intelectual no es que todos puedan ser capaces de pensar o escribir cualquier cosa, sino que cualquier causa o idea pueda ser defendida por alguien. En tanto no se prohíba la disensión, siempre habrá alguien que tendrá por discutibles las ideas que gobiernen a sus contemporáneos y someterá nuevas ideas a la prueba de la discusión y la propaganda.

Esta interacción de los individuos que poseen diferentes conocimientos y diferentes opiniones es lo que constituye la vida del pensamiento. El desarrollo de la razón es un proceso social basado en la existencia de estas diversidades. Está en su esencia que no puedan predecirse sus resultados, que no podamos saber qué opiniones contribuirán a su desarrollo y cuáles no; en resumen, que su desarrollo no pueda ser dirigido por nuestras opiniones actuales sin restringirlo a la vez. “Planificar” u “organizar” el desarrollo espiritual o, por lo que hace al caso, el progreso en general, es una contradicción en los términos. Pensar que la mente humana debe dominar “conscientemente” su propio desenvolvimiento es confundir la razón individual, la única que puede “dominar conscientemente” algo, con el proceso interpersonal al que se debe su desarrollo. Cuando intentamos controlar este proceso no hacemos sino poner barreras a su desarrollo y, más temprano o más tarde, provocar una parálisis del pensamiento y una decadencia de la razón.

La tragedia del pensamiento colectivista es que, aun partiendo de considerar suprema a la razón, acaba destruyéndola por desconocer el proceso del que depende su desarrollo. Puede en verdad decirse que ésta es la paradoja de toda doctrina colectivista, y que es su demanda de un control “consciente” o una planificación “consciente” lo que por fuerza la lleva a pedir para una mente individual la dirección suprema; cuando sólo el enfoque individualista de los fenómenos sociales nos permite reconocer las fuerzas supra-individuales que guían el desarrollo de la razón. El individualismo es, pues, una actitud de humildad ante este proceso social y de tolerancia hacia las opiniones ajenas, y es exactamente lo opuesto de esa presunción intelectual que está en la raíz de la demanda de una dirección completa del proceso social.


1/ Este es el título, New Liberties for Old, de una obra reciente del historiador norteamericano C.L. Becker.

2/ Man and Society in an Age of Reconstruction, pag. 377.

3/ Mr. Peter Drucker (The End of Economic Man, pag. 74) observa correctamente que “cuanto menos libertad hay, más se habla de la “nueva libertad”. Pero esta nueva libertad es una simple palabra que cubre exactamente lo contrario de todo lo que Europa entendió siempre por libertad... La nueva libertad que se predica en Europa es, en realidad, el derecho de la mayoría contra el individuo”.

4/ S. y B. Webb, Soviet Communism, pag. 1038.

5/ J. G. Crowther, The Social Relations of Science, 1941, pag 333.