Foro libre
Sep 5, 2006
Edgar Piña

Declaración de guerra

Lo que el grupo perredista ha hecho este primero de septiembre de 2006 es, ni más ni menos una declaración de guerra al Presidente de la República, al Congreso de la Unión, al Poder Judicial, a las Fuerzas Armadas, a las instituciones, a los mexicanos.

Lo que el grupo perredista ha hecho este primero de septiembre de 2006 es, ni más ni menos una declaración de guerra al Presidente de la República, al Congreso de la Unión, al Poder Judicial, a las Fuerzas Armadas, a las instituciones, a los mexicanos.

 

Mientras que las fuerzas políticas, los otros partidos políticos, los mexicanos pensantes, nos entretenemos analizando, reflexionando, escribiendo, discutiendo, dialogando, proponiendo, ellos, los radicales, los envenenados con la filosofía barata, pero peligrosa, de la destrucción; los saturados de odio, de rencor, de intransigencia, actúan.

 

Mientras que los hasta ahora titulares del Poder Ejecutivo viven en el autoengaño de que la situación no es tan grave como para intentar soluciones inteligentes, valientes, razonadas, preparadas y eficazmente aplicadas, el grupo de alimañas que tienen secuestrado al país, al pueblo y a las instituciones, se ocupan de tiempo completo en las tareas de la desestabilización, la destrucción del orden, el pisoteo de las leyes, la negación de la política.

 

No digo nada nuevo al repetir que vivimos en un país sumido profundamente en el atraso, la inequidad, la violencia, la corrupción, la pobreza, y que son esos elementos precisamente el mejor caldo de cultivo para la inconformidad, la rebelión, el alzamiento.

 

La añeja historia de la división, el enfrentamiento, el odio entre hermanos, el conflicto a muerte no nos ha abandonado nunca y se hace terriblemente presente hoy cuando el grupo en el poder (?) no ha demostrado oficio político, habilidad para gobernar, inteligencia para resolver conflictos, fuerza para imponer la ley y garantizar la paz. Sí, la paz a la que tenemos derecho la gran mayoría de los mexicanos, los que no estamos en la lucha por el poder, los que no militamos en partidos políticos, los que sólo deseamos trabajar y vivir en normalidad.

 

Lo que acabamos de presenciar millones de mexicanos por la televisión nacional es el rompimiento total de un grupo de ensoberbecidos delincuentes, con las leyes y las instituciones mexicanas.

 

Escudados en algunas verdades irrebatibles de un Poder Ejecutivo torpe, insensible, incapaz, una camarilla de enchilados y dispuestos a todo porque desean el poder totalitario, nos acaba de demostrar que son capaces de cualquier cosa, sí, fíjese bien, de lo absoluto, de incendiar al país, de destruirlo ladrillo por ladrillo, varilla por varilla.

 

Ellos, los que se escudan en los pobres, en los millones que tienen poco o nada, han repetido una y otra y otra vez que habrán de llegar hasta al final, con tal de conservar el fuero, el privilegio, con tal de permanecer conectados al flujo generoso de recursos que los mexicanos producimos con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo diario.

 

Ellos nos acaban de demostrar que no están jugando. Ellos nos acaban de ilustrar en cadena nacional y a todo color, con voz completa, que están en guerra contra todos los demás y que no habrá poder que los detenga, ni el razonamiento de los intelectuales, ni las letras del periodista, ni el puño indignado de los mexicanos, ni el tolete del policía, ni la tanqueta del ejercito.

 

Los que se veían sentados en el trono presidencial, los que ya tenían planes de remodelación de Palacio Nacional, los que ya tenían las invitaciones listas para traer a Hugo Chávez y a Fidel Castro a su toma de protesta, los que ya se soñaban hundiendo al país y a su economía en el populismo, el engaño, la demagogia y la corrupción, perdieron la elección y eso no lo pueden aceptar, no lo habrán de asimilar… nunca.

 

Estamos viviendo momentos de peligro extremo. El desquiciado de López Obrador acaba de absorber una buena dosis de su droga preferida: la soberbia, el engallamiento, el sarcasmo corrosivo. Su reto, su burla, su desprecio total a las instituciones, a los mexicanos que no estamos de acuerdo con él, al propio Ejercito Mexicano, es una declaración total de guerra.

 

Su desaforado discurso de esa tarde, primero de septiembre de 2006, en la Plaza de la Constitución, el Zócalo capitalino, tuvo el efecto de empezar a reunir nuevamente a sus seguidores en el corazón del país.

 

Nuevamente los mexicanos estamos divididos, otra vez estamos en guerra civil, otra vez vamos en caída libre hacia el abismo, la oscuridad y la barbarie.

 

¿El todavía presidente Fox y su gabinete sabrán sortear la terrible situación? ¿Habremos suficientes mexicanos con la fuerza suficiente para detener la debacle? ¿Estaremos dispuestos y capacitados para actuar? ¿Tú qué opinas?

 



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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