JUEVES, 23 DE NOVIEMBRE DE 2006
La tiranía del antiguo régimen

La decisión de López Obrador de liberar al hijo del "Chapo" Guzmán recién capturado fue...
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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
H.L. Menken


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“Los desafíos que enfrenta Felipe Calderón, sin duda, son históricos, tanto por su variedad como por su novedad”


Esta semana se apareció un suplemento especial sobre México en el semanario The Economist -el primero que se publica desde el año 2000-. El texto plantea dos preguntas capitales. Primero, si la nueva administración podrá gobernar al país a partir del clima de confrontación que se ha generado desde las elecciones presidenciales, y sobre todo desde la crisis postelectoral. Segundo, si podremos construir un camino hacia la consolidación de la apertura democrática y el alto crecimiento económico.

 

En síntesis, el dilema parecería ser si lograremos pasar hacia la modernización, o haremos el retroceso inevitable hacia el círculo de pobreza, populismo y patrimonialismo del pasado. Otra vez, vivimos un escenario caracterizado por la eterna disyuntiva de vivir y convivir entre la crisis y la confianza. Michael Reid, autor de este texto, sostiene que, después de todo, sí se puede, pero sí, y sólo sí, el nuevo mandatario muestra ambición y agresividad en atacar los vestigios del poder corporativista, la tiranía del antiguo régimen, que ha mantenido al país al margen de la oportunidad, del crecimiento, de transformar su enorme riqueza potencial en riqueza real.

 

Los desafíos que enfrenta Felipe Calderón, sin duda, son históricos tanto por su variedad como por su novedad. Hemos enfrentado varias crisis, pero nunca de la magnitud o naturaleza del escenario actual. Calderón deberá enfrentar, hasta confrontar, a un Mesías tropical que se ha auto-proclamado “el presidente legítimo”; deberá refutar el llamado de “mandar la diablo” a las instituciones; deberá lidiar con un gobierno que aparenta ser más negro, que sombra. Están también los grupos armados, la crisis en Oaxaca, el escalofriante ascenso del crimen organizado como primera fuerza de coerción en el país, amparados por la mini-tesis que la paz social (la de los criminales, nos imaginamos) tiene prioridad sobre el imperio de la ley, y donde ni los chiquillos y chiquillas del país de las maravillas están a salvo del secuestro, del terror, del miedo.

 

Calderón enfrenta un país sin contrato social, donde reina más el estado de chueco que el estado de derecho, con una recesión económica a la vuelta de la esquina, con muros y mentiras al norte de la frontera, profundas divisiones en el aparato legislativo, donde el PRI, tercera fuerza política del país, sigue sin rumbo definido, pero es también el fiel de la balanza. Los altos precios del petróleo han fabricado un espejismo de abundancia, pero el desempeño económico, a pesar de la estabilidad, ha sido totalmente mediocre. La nación, al filo de la navaja, se encuentra polarizada.

 

Esa es la tiranía del statu quo que enfrenta el nuevo gobierno. Vaya, hasta la toma de posesión está en entredicho, desde la sede hasta el acto mismo. Parecería que no hay de otra más que resignarse ante un destino de crisis y catástrofe. Empero, dice Reid, Calderón deberá atacar los mismos bastiones de privilegio que sobrevivieron la transición hacia la alternancia desde los sindicatos educativos hasta las los caciquismos policíacos, desde los monopolios públicos hasta los oligopolios privados, desde un impulso revolucionario hasta una manifestación que paraliza. El crimen organizado, así como el desorganizado. Y a la vez, reconocer que los quince millones de votos que obtuvo López son muestra de una profunda insatisfacción con el orden prevaleciente, y su tiranía de privilegios. Ello sí tiene remedio.

 

Pero el remedio no es la expansión en el ogro filantrópico, o la solución mágica, o el regreso al presidencialismo. Hay, dentro de la crisis, una gran oportunidad, tanto para la reconstrucción de la gobernabilidad, como para capturar una cultura de alto crecimiento. Pero para ello, la nueva administración debe renunciar la tiranía del antiguo régimen, y mandar al diablo, nunca a las instituciones, pero sí al viejo orden de privilegios, favores y mercantilismo. Eso, ante todo, ante lo que sea, sí es motivo de esperanza -de legítima esperanza-.


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