Aquelarre Económico
Nov 24, 2006
Manuel Suárez Mier

Causas de la debacle del 94

Continúo en mi intento iniciado ayer, por dar respuesta a mis estimables lectores sobre algunos desencuentros que tenemos respecto a las razones que condujeron a la terrible crisis económica de 1994.

Continúo en mi intento iniciado ayer, por dar respuesta a mis estimables lectores sobre algunos desencuentros que tenemos respecto a las razones que condujeron a la terrible crisis económica de 1994.

 

Con la sabiduría que nos da revisar el pasado sabiendo lo que pasó en realidad resulta indudable que la apuesta de las autoridades financieras ante el asesinato de Colosio en marzo de 1994, de remplazar Cetes redimibles en pesos con Tesobonos pagaderos en dólares, fue un grave error.

 

Pero como apunté ayer, las inminentes elecciones federales, la convicción de que no había desajustes fundamentales de consideración y el cálculo que el asesinato era un evento fortuito que no se repetiría, llevaron a los responsables de las finanzas al cálculo que resultó fallido pero que no parecía irracional.

 

Resultó que la violencia se repitió y el desconcierto con el que actuó el gobierno en su último año, exacerbaron un ambiente de incertidumbre, que no hizo crisis porque había gran confianza en la habilidad de los responsables de las finanzas nacionales.

 

Además, la victoria electoral incuestionable del priísta Ernesto Zedillo, quien tenía fama de saber de asuntos financieros, era un elemento adicional para inyectar la creencia en los mercados financieros que no habría ajustes abruptos ni traumáticos en la paridad, a pesar de los amagos evidentes.

 

Hubo otros factores que sin duda influyeron en generar la frágil situación que culminó en crisis, como señaló uno de mis lectores:

 

·         Desde mediados de 1993 se había dado un rápido crecimiento del crédito privado en el país como resultado de favorables expectativas, una apreciable reducción de la deuda pública (crowding-in), burbujas especulativas en los mercados de acciones y bienes raíces y una intensa actividad de los inversionistas.

 

·         A su vez, las condiciones anteriores fueron posibles por la eliminación de controles en las tasas de interés, la eliminación del encaje legal a los bancos y la abolición de la canalización obligatoria de crédito.

 

·         Una privatización apresurada de los bancos que no prestó la suficiente atención al perfil de los adquirentes y a su capacidad para capitalizarlos apropiadamente. Hubo inclusive casos de flagrante ilegalidad que financiaron su compra con créditos de los propios bancos adquiridos.

 

·         Una capacidad de detección, supervisión y control del sector bancario que no se ajustaba al rápido crecimiento que se dio en sus carteras de crédito.

 

Los elementos anteriores se combinaron para generar una expansión del crédito que resultó impresionante. En los seis años entre 1988 y 1994 el crédito de los bancos comerciales al sector privado creció casi 300% en términos reales.

 

La pregunta pertinente es si este crecimiento enorme del crédito bancario al sector privado era el resultado de una expansión de medios de pago que era insostenible o simplemente la restauración de flujos de crédito “normales” después de largos años de represión crediticia al sector privado.

 

Si no hubiera habido crisis en 1994 obviamente la respuesta correcta hubiera sido la segunda, pero una vez que sobrevino el colapso no hay duda que la gran liquidez que inundó al mercado financiero mexicano, exacerbada por enormes flujos de capital extranjero, jugaron un papel estelar en causar y profundizar el colapso.

 

La cuestión de fondo sigue siendo si la crisis era evitable de haber accedido Ernesto Zedillo a no hacer cambios en la secretaría de Hacienda al inicio de su gobierno para superar la frágil situación existente, como se hizo entre marzo y noviembre de 1994 y como se le recomendó con reiteración.

 

Me temo que esta discusión no tiene una respuesta categórica pues, como escribió León Tolstoy en La Guerra y la Paz, es un ejercicio inútil discutir qué hubiera sucedido si lo que ocurrió no hubiera pasado.



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