De capital importancia
Dic 7, 2006
Roberto Salinas

Ricardo III

Sin un orden de pesos y contrapesos que limiten el ejercicio voluntarioso del poder, emergen figuras colosales con proyectos alternativos, con regímenes paralelos, antagonistas que mandan al diablo las instituciones vigentes con tal de poder asumir la silla del reinado.

Ricardo III, otra obra magistral de William Shakespeare, es un gran tratado sobre la psicología del mal político. El drama teje la compleja interrelación entre los fenómenos de poder, autoridad, y el papel del líder (más bien, la ausencia del mismo) en la evolución de un orden de libertad y legitimidad. Los temas giran alrededor de la esquizofrenia, así como un absoluto pesimismo sobre el presente, y el futuro, de la sociedad—culminando la profecía relatada en Ricardo II sobre las últimas consecuencias, de tiranía y de sangre, de farsa y de soledad, que derivan de la ausencia de un régimen legítimo.

 

Ricardo III es el arquetipo del poder absoluto. Es un anti-héroe, más allá del bien y del mal, en un universo donde todos los participantes tienen una mancha moral, una cola que pisar, una responsabilidad que compartir en la corrupción del régimen. Sin duda, este tirano exhibe virtudes supremas en su búsqueda del trono. No tiene piedad en la ejecución de sus enemigos, incluso presume abiertamente su amoralidad. Hasta inicia su drama con un canto al cinismo: “este es el invierno de nuestro pesar.” En un mundo lleno de enanos morales, Ricardo no tiene nada que perder. Incluso, hace lo que hace porque está aburrido. Se propone, contra viento y marea, realizar lo imposible—llegar a la cima del trono, a toda costa, cueste lo que cueste.

 

Esta característica lo hace atractivo. Ricardo III intenta reinventarse, ser rey no tan solo de la sociedad, sino de la realidad, conquistando el mundo de acuerdo a su código, a su visión, a su pasión. Está conciente que no podemos cuestionar moralmente su figura sin pedir el principio, y por ello declara “la conciencia es una palabra que usan los cobardes para asustar a los fuertes.” Shakespeare nos comparte una profunda lección política en esta caracterización de horror moral. En la realidad descrita, todo se encuentra fuera de lugar—el cuerpo político, el lenguaje, las normas morales, el matrimonio, hasta las aberraciones físicas de Ricardo. En esas condiciones, sin un orden de pesos y contrapesos que limiten el ejercicio voluntarioso del poder, emergen figuras colosales con proyectos alternativos, con regímenes paralelos, antagonistas que mandan al diablo las instituciones vigentes con tal de poder asumir la silla del reinado.

 

Sin un orden de instituciones, todo se vale, por lo cual, en épocas de crisis, no hay forma de asegurar que la consciencia dé el resultado moral deseable. El acenso de héroes y antihéroes es producto de un vacío institucional, de la ausencia de tradiciones, ley escrita y no escrita. Un orden de libertad y responsabilidad aborrece la figura mesiánica, ya sean estos buenos, malos o trágicos.

 

Ricardo es el apostador por excelencia. Vaya, hasta se atreve a ordenar el asesinato de sus primos—“deseo ver a los bastardos muertos.” Su odio al ser humano refleja, en el fondo, un complejo de inferioridad, lo que produce una incapacidad de empalizar. Desea hacer lo imposible, no la libertad, sino la liberación de todos. No es un trasgresor con un deseo de revolucionar el orden, como lo pretendió ser Enrique Lancaster, ni siquiera una figura seducida por el poder absoluto y la corrupción absoluta. Es un drama, una novela, un presumido que quiere mostrar, a toda costa, su machismo desviado, en un contexto de corrupción, de enanismo moral, donde ningún alma se salva de la suciedad del entorno. Es un maestro en la manipulación de su corte, del corazón popular y la mentalidad colectiva. Es, pues, un tirano por excelencia—motivado por el poder, por el impulso afrodisíaco de controlar y humillar a otros.

 

Ricardo III es una demostración de las consecuencias de libertad sin restricción, sin el contrapeso de leyes, en una sociedad carente de legitimidad, de reglas sencillas para este mundo complicado, de derecho y tradición. La simbología prevaleciente es la de infierno, de veneno, de frío y de traición. La lección, en el fondo, es que, para evitar los horrores de un Ricardo III, una sociedad requiere pesos y contrapesos, normas que limiten los abusos de nuestras ambiciones personales de explotar el poder, sin consideración al resto de los miembros de nuestra sociedad.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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