MIÉRCOLES, 13 DE DICIEMBRE DE 2006
De las cosas que son gratis

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“Son esas “añadiduras” invaluables en términos monetarios que, para bien o para mal, nos ofrece la vida. Algunos economistas les llamarán “externalidades”, pero el concepto de la gratuidad es más amplio.”


El azar o la providencia divina, elija usted, me regaló una irrepetible vista de la catedral de la Ciudad de México al atardecer. Quienes diseñaron y construyeron ese majestuoso edificio no podían saber que un día de noviembre de 2006 su producción, vista desde determinado ángulo y a determinada hora, valdría tanto para una persona específica.

 

Si le pregunto a un economista me explicará que se trata de una “externalidad” positiva y tal vez me recomiende no publicitarla demasiado porque podría aparecer por ahí un político empeñado en cobrarme un impuesto alegando que recibí una especie de “servicio público”.

 

Si le pregunto a un historiador quizá me hable de que quienes concibieron esa obra no pensaron tanto en términos de una remuneración pecuniaria a cambio de un trabajo específico, sino en dar culto a Dios o en plasmar en piedra toda una cosmovisión sobre el ser humano y su peregrinar en la tierra.

 

Son “añadiduras” y las de hay de todos tipos, de todo género (material o espiritual; porque no hay que pensar, ¡por favor!, que género es sinónimo de sexo, por aquello de la tonta y bien intencionada “igualdad de género”), y para todos los gustos.

 

Los albañiles que, al lado de mi lugar de trabajo, han puesto a todo volumen la colección completa de las más horrendas cumbias me obsequian una externalidad negativa. Otra añadidura; en este caso desagradable.

 

Ahora bien, nunca hay que confundir las externalidades negativas con las lesiones al derecho. Pongo un ejemplo: Si el automovilista de enfrente adornó la ventanilla trasera de su vehículo con una pegatina exaltando a un politiquillo despreciable será, en todo caso, y dependiendo de las apetencias de cada cual, una “externalidad” negativa; en cambio, si el mismo sujeto lleva su afición militante hasta el fanatismo y obstruye deliberadamente la vía pública, con el peregrino pretexto de protestar, NO estamos ante una “externalidad” sino ante un delito. Y por supuesto, también la autoridad comete un delito si en lugar de castigar al delincuente, nos obliga a sus víctimas a sufrir el desaguisado como si fuese una mera “externalidad”, una añadidura en forma de contrariedad, como la lluvia.

 

Otro ejemplo: La apariencia del señor Gerardo Fernández Noroña es, a mi juicio, una externalidad negativa, tal vez llegue a ser insufrible pero no es un delito. En cambio, si el mismo sujeto amenaza con alterar el orden público y con impedir la libertad de tránsito de los demás –alegando que está muy irritado o que es portador de tal o cual evangelio que desea imponer por encima del resto del mundo- está cometiendo un delito por el solo hecho de proferir esas amenazas.

 

Con las añadiduras podemos lidiar y son gratis, buenas o malas. Los delitos impunes, en cambio, no los podemos tolerar.


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