JUEVES, 21 DE DICIEMBRE DE 2006
El poder de la productividad

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“Todo gobierno, por supuesto, va contra la Libertad.”
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“La producción es función del consumo. La finalidad de producir es consumir. Otro reflejo importante de una cultura de productividad es el respeto a una cultura donde se reconoce la soberanía del consumidor.”


William L. Lewis, en su libro El Poder de la Productividad, desarrolla un análisis sobre el papel de la productividad en el desarrollo de una economía. La mayoría de los analistas colocan la fuente del subdesarrollo económico en la distribución inequitativa de la riqueza, en los desequilibrios macroeconómicos o en los términos de intercambio. Sin embargo, Lewis, en este libro, demuestra que la variable clave en esta era de flexibilidad es la productividad.

 

Según Lewis, más allá de las políticas macroeconómicas, el análisis convencional dice que las diferencias en el desempeño económico entre países es función de diferencias en, digamos, los mercados laborales. Lewis sostiene, por otro lado, que las diferencias en la materia de competitividad de los mercados de bienes son mucho más importantes que la política macroeconómica. Este punto es relevante ahora, en el debate económico, ya que el principal desafío de la política económica no es estabilizar (aunque sí se debe sostener un ambiente de estabilidad, que es una tarea diferente a la de estabilizar), sino, en el marco de ese clima de estabilidad, hacer lo necesario para regenerar el crecimiento—es decir, hacer lo necesario para flexibilizar las estructuras actuales, con el fin de permitir alcanzar mayor grado de productividad.

 

Lewis defiende una tesis contra intuitiva, y políticamente explosiva, al decir que la educación de la fuerza laboral no es garantía de éxito económico. Un alto nivel educativo no es garantía de alta productividad. La realidad es que a pesar del nivel educativo que se pueda llegar a alcanzar, los trabajadores de una fuerza laboral requieren capacitación y adiestramiento constante, producto de los veloces cambios que se están dando en el plano de la tecnología moderna.

 

Asimismo, varios observadores ven el acceso al capital y el desarrollo de mercados  de capital, como un factor determinante entre una economía con crecimiento productivo. Si hay inversión de países ricos en países pobres, éstos se volverán ricos. Esto, dice Lewis, es un mito. La inversión por sí sola no es la solución. Más bien, la solución se encuentra en la manera de organizar y ejecutar las fuerzas laborales, y el uso del capital. Ello implica una estructura de instituciones que faciliten y estimulen la productividad. Si los países pobres mejoran la productividad, tenderán a atraer nuevas inversiones, tanto domésticas, como extranjeras.

 

La política económica es determinante para la productividad. Por ejemplo, existen medidas que se ven como garantes de justicia social, por ejemplo, tarifas a ciertos bienes de importación, préstamos blandos, subsidios, altos costos de despido laboral, y otros. Sin embargo, la gran mayoría de estas medidas desestimulan la productividad, y con ello las posibilidades de distribuir oportunidades de crecimiento. De igual forma, una intervención creciente del gobierno en la economía implica una sub-óptima utilización de recursos, que de por sí son escasos, lo que a su vez requiere una fuerte carga tributaria. El barómetro de la baja productividad de los recursos en un país es la economía informal. En nuestro caso, le diríamos a Lewis, es también el nivel de las remesas. Pero ese es otro cuento…

 

Es falso decir que la producción, por sí sola, es suficiente para generar mayor valor económico. Es falso, por ende, que los negocios internos requieren privilegios internos, o protecciones a la medida. La producción es función del consumo. La finalidad de producir es consumir. Otro reflejo importante de una cultura de productividad es el respeto a una cultura donde se reconoce la soberanía del consumidor.


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