JUEVES, 28 DE DICIEMBRE DE 2006
Inocencias económicas

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El punto sobre la i
“El dinero en efectivo es una garantía de libertad individual, por su eficiencia, versatilidad, irrastreabilidad y anonimato.”
Víctor H. Becerra


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“La economía parece estar condenada a permanecer en una eterna disyuntiva entre el fenómeno de la escasez y el romance de la política.”


La economía parece estar condenada a permanecer en una eterna disyuntiva entre los resultados de investigaciones analíticas sobre el fenómeno de la escasez (por lo cual, la economía estudia, precisamente, cómo economizar) y el romance de la política, donde los políticos suelen interpretar la economía como instrumento para dirigir, orientar, y repartir recursos, con fines preconcebidos y flamantes promesas de campaña.

 

Para bien o para mal, ello ha derivado en una serie de propuestas que se repiten ad nauseam, que ya forman parte de la sabiduría convencional en los círculos de debate, tanto político como popular. Una de las inocencias más sonantes, que persiste en el debate (en los medios, entre empresarios, ciertamente entre políticos), a pesar de la brutal evidencia empírica en su contra, es que la estrategia de estabilizar la unidad de cuenta (o sea, bajar la inflación y consolidar un clima de estabilidad de precios) se ha logrado a costas de un bajo crecimiento y una acelerada pérdida de competitividad.

 

Esta versión tropical de la famosa curva de Phillips, implica que para crecer, para generar empleo, debemos sacrificar la austeridad, y reconsiderar el papel del banco central como garante de la estabilidad del poder adquisitivo. Y ello se repite como si fuese ciencia exacta, incluso como un dogma de religión proto-económica. Una inocencia que se deriva de este dogma es que, al bajar la inflación, se ha acelerado la apreciación de la moneda, y con ello la sobre-valuación del peso frente al dólar (por lo cual es rarísimo, entonces, que tengamos superávit comercial con, ni más ni menos, la zona dólar).

 

Para ser competitivos, hay que idear un esquema de ingeniería cambiaria basado en depreciaciones controladas, que arrojen mayor empleo, y mayor crecimiento. Este dogma ha sobrevivido toda la experiencia con un sistema de flotación. Además, es contradictorio: si hay mayor crecimiento, mayor inversión, habrá una revalorización de la cotización del clima mexicano de inversión—lo cual se refleja en una apreciación de la unidad de cuenta, o sea, el tipo de cambio. Si algo vale más, es porque se revalúa, no porque se devalúa. Así lo avalan los resultados: en los últimos treinta años, las potencias exportadoras del mundo han vivido un proceso sistemático de apreciación cambiaria.

 

En las palabras de Donald Brash, arquitecto de la política monetaria de estabilidad de Nueva Zelanda, la cual es, hoy por hoy, una de las economías más competitivas del mundo: “si se quiere fortalecer el salario real, la implicación es que a pesar de ello, los  exportadores podrán seguir desafiando a las importaciones, o compitiendo en el exterior al tipo de cambio prevaleciente, y que podrán hacerlo, a pesar de aumentos salariales. Si desean una depreciación del tipo de cambio, por implicación están diciendo que desean reducir los salarios reales. No pueden afirmar que pretenden ambos, un tipo de cambio depreciado y mejores salarios, o, por lo menos, no lo pueden afirmar con seriedad.”

 

O simplemente se trata de inocencia, la inocencia de desconocer los principios del costo de oportunidad, o de las ventajas comparativas, o del papel de los incentivos en un mundo de escasez. En este sentido, la inocencia económica suprema es, sin duda, que los problemas económicos actuales se deben solucionar por medio de recursos públicos, y una mayor distribución de la riqueza. ¿No habrá mejores, si bien más difíciles, soluciones a los problemas que vivimos? ¿Es cierto que el ogro filantrópico hace siempre mejor las cosas que los particulares comunes y corrientes?

 

¿Será que nos hemos puesto a pensar, en serio, sobre las consecuencias de vivir en un mundo de escasez, donde la riqueza se debe crear antes de repartir? ¿O, estaremos, por desgracia, por destino, por eterno subdesarrollo mental, condenados a debatir estos temas como si cada día del año es el 28 de diciembre?


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