VIERNES, 12 DE ENERO DE 2007
La maldición del mesianismo político

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“Lo que se necesitan son instituciones político-sociales fuertes que atenacen a cualquier iluminado entusiasta.”


La gente espera que los políticos sean capaces de alcanzar acuerdos que contribuyan a un mejor desempeño económico y una mayor armonía social en el país. Cuando los líderes políticos insisten en acusarse mutuamente, todos terminan perdiendo y, lo que es peor, la democracia también se debilita.

 

Los eventos políticos de los últimos seis meses han golpeado duramente a la posibilidad de una concertación en el continente Latinoamericano. La falta de proyecto común se ha constituido en la principal debilidad. Hay una carencia completa de un liderazgo político en la región, desde México a la Argentina, el descontento con la clase política es la constante. Incluso, en el contexto chileno, modelo político que normalmente se había exaltado como lo más cercano a la “vieja Europa”, el débil liderazgo de Bachelet ha contribuido a aumentar el desorden al no poder poner fin a la seguidilla de estocadas al interior de la coalición. La capacidad de gobernabilidad de la Concertación ha disminuido notoriamente y con ella su principal activo político.

 

Esta falta de liderazgo pragmático en la región es lo que ha generado el retorno de viejas figuras al especto político de las Américas, dígase, el caso Ortega en Nicaragua o Alan Garcia en Perú. Y cuando no hablamos del retorno de viejas figuras al escenario político, vemos la aun existencia y proliferancia de discursos políticos que ya debían haber expirado. Tal podría ser el caso de Argentina, Ecuador, Bolivia, y Venezuela.

 

¿Cómo podemos explicar el actual escenario Latinoamericano? Grave es pensar que la única explicación se debe a esa vieja relación y compleja evolución entre el dinero y la política. Campañas políticas poco transparentes permiten que cualquier aprovechado se introduzca en las estructuras políticas. Sin embargo, hay algo más de fondo. Cuando el poder nacional no es capaz de asumir la fundamental función de cualquier gobierno -mantener el orden y el respeto de las garantías individuales- al no cumplirse, se genera un ambiente de expectativa para los discursos mesiánicos, para los discursos de salvación nacional. Discursos donde, en ultima instancia, se nos ofrece un mayor crecimiento de los poderes estatales. Nuestra clase política no está a la altura de lo que se merece cada país latinoamericano.

 

Ni en términos económicos hay indicios claros de querer profundizar las reformas estructurales, sino por el contrario, es clara la tendencia de estatizar los activos económicos. Y en materia política, el juego democrático se ha convertido en un lento y tortuoso proceso que en lugar de “mover los engranajes de la maquina política”, los hace más pesados. Y cuando las instituciones republicanas no caminan, se abre el espacio para la maldición del mesianismo político. Desgraciadamente un país como México, como tantos en la región, no terminamos de esperar el "Mesías", el "salvador", el "ungido" que lo venga a sacar de la pobreza y el atraso, cuando lo que se necesitan son instituciones político-sociales fuertes que atenacen a cualquier iluminado entusiasta: Sólo éste poder, decía Montesquieu, puede contener el poder.

 

Hemos de acordarnos que el conocimiento no puede concentrarse en una sola mente. Lamentablemente, sí es posible concentrar los recursos y las garantías individuales. Y a eso se encamina la región.


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