De capital importancia
Abr 13, 2007
Roberto Salinas

Lo posible y lo perfecto

La verdadera razón de ser de una reforma fiscal integral debe ser elevar la productividad, por vía de la simplificación radical del sistema de tributos, por un lado, y por vía de una racionalización del gasto, por el otro.

“Radical en la visión, prudente en la ejecución.” Esta fue la premisa básica detrás de los esfuerzos de reforma estructural que se llevaron a cabo en Chile, en la primera era de las reformas, sobre todo bajo el liderazgo de comunicadores tan claros y contundentes como José Piñera. Este último tuvo un papel determinante en la reforma a la ley minera, la reforma laboral, y la madre de las reformas latinoamericanas, el sistema de pensiones bajo cuentas individualizadas.

 

Esta premisa nos parece más contundente, ciertamente más clara, que la retórica de “lo posible”—es decir, que la idea que debemos buscar cambios posibles sobre perfectos. En la mayoría de los casos, la falta de visión contamina la ejecución. Este ha sido el caso, y parece serlo nuevamente, con la reforma fiscal. La misma se coloca como necesaria para elevar la recaudación, y hacer frente al aumento de gasto federal que se da anualmente, y más. La verdadera razón de ser de una reforma fiscal integral, sin embargo, debe ser elevar la productividad, por vía de la simplificación radical del sistema de tributos, por un lado, y por vía de una racionalización del gasto, por el otro.

 

Una reforma “posible” puede ser un sinnúmero de cosas, entre otras, otro parche, otra mega-miscelánea que busca por donde exprimir más jugo al universo de causantes ya cautivos. Ya, de plano, una reforma “posible” descarta la unificación del impuesto al valor agregado, y con ello la eliminación de los terribles e injustos regímenes de exención. No caer en fundamentalismos no implica renunciar las formulas creativas que se pueden dar, y los consensos que se pueden generar, para hacer posible reformas tan importantes como, por ejemplo, un impuesto único.

 

Después de todo, fue promesa de campaña. ¿O acaso las campañas son sólo para prometer lo perfecto, sabiendo muy bien que habrá que trabajar en los posible? Dicho de otra forma, podemos seguir siendo radicales en nuestra visión (unificación del impuesto al consumo, un sistema de impuesto único, racionalización del gasto), y a la vez practicar la prudencia en la ejecución (por ejemplo, introduciendo mecanismos de compensación via el gasto federal para las familias de recursos bajos y medios que se ven instantáneamente afectadas por los cambios fiscales en la etapa de transición).

 

De forma similar, podemos ser radicales en nuestra visión, digamos, de abrir los mercados y la inversión al sector energético, siendo muy prudentes en respetar el mito de la soberanía petrolera, por medio de fideicomisos que detenten la propiedad nacional, y en los cuales los beneficiarios sean todos los mexicanos. Los recursos derivados por medio de los fideicomisos nacionales, a través de la asignación de contratos de riesgo para casos como la exploración o la explotación, podrían invertirse en un fondo financiero seguro, que arroje un rendimiento anual, el cual se podría repartir a los beneficiarios, en este caso, los ciudadanos mexicanos.

 

Algo así hizo Chile para reformar la ley minera, y crear un entorno donde pueden co-exixtir los tabú de soberanía (en este caso el cobre) con la inversión privada. Radical en la visión, prudente en la ejecución.

 



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