MARTES, 8 DE MAYO DE 2007
Monopolio de la fuerza

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“Hay guerras formales que no tienen tantos muertos. Hay guerras en que hay perspectivas de triunfo que ésta no tiene. Hay guerras de las que puede uno retirarse fácilmente, pero ésta no es una de ellas.”


La emboscada que costó la vida a cinco integrantes del 12 Batallón de Infantería este pasado 1ro de mayo en Carácuaro, Michoacán, reveló un cambio no de cantidad sino de calidad en la guerra que desde hace años el gobierno mexicano libra contra el narco.

 

Los hechos no fueron un enfrentamiento fortuito. Los sicarios, por lo menos unos 14, quizá más, emboscaron al grupo del ejército y lo acribillaron con armas de alto poder y granada. Si alguna vez el gobierno mexicano tuvo ese “monopolio de la fuerza” que los teóricos consideran como necesario para el surgimiento de un Estado eficaz, hoy resulta claro que lo ha perdido.

 

Las policías locales se quejaban con anterioridad que se les pedía enfrentarse a bandas de la delincuencia organizada a pesar de estar menos equipadas que estas últimas. Por ello pedían apoyo, primero, a las policías estatales y después a las federales. En un principio los efectivos de estos cuerpos policíacos proporcionaban el poder de fuego que se requería. Pero a poco las organizaciones criminales fueron superando a éstos también.

 

El ejército era otra cosa. Se mantenía disponible solamente para aquellos momentos en que realmente era necesario hacer un despliegue de fuerza a la que ninguna banda delictiva pudiera oponerse.

 

Hoy las cosas han cambiado. Por una parte, ante la ola de ejecuciones que empezó a registrarse en el país en los últimos años, el nuevo presidente de la república, Felipe Calderón, decidió recurrir a las fuerzas armadas de tiempo completo. Por eso, el presidente lanzó los operativos conjuntos tan pronto asumió el cargo. Comenzó en Michoacán, su propio estado natal, pero pronto extendió el esfuerzo a otros lugares del país.

 

Los operativos tuvieron un éxito razonable en un principio. El más notable tuvo lugar en las encuestas de opinión. Después de la presidencia distante, indiferente, de Vicente Fox, el ver a un presidente que se vestía de militar para enfrentar directamente los retos del narco generaba entusiasmo entre los mexicanos. Las encuestas señalan que la popularidad del presidente subió mucho como consecuencia de esto.

 

En lo sustancial, también pareció haber avances en un principio. En enero, el presidente Calderón afirmaba que gracias a los operativos el número de ejecuciones en Michoacán había caído en 30 por ciento. Ahora ya nadie se atreve a dar cifras. La información que tenemos sugiere que en el país ha habido cuando menos mil ejecuciones vinculadas con el narco en lo que va de este año.

 

Hay guerras formales que no tienen tantos muertos. Hay guerras en que hay perspectivas de triunfo que ésta no tiene. Hay guerras de las que puede uno retirarse fácilmente, pero ésta no es una de ellas.

 

Lo que nos revela la información disponible hasta este momento es que el Estado mexicano ha perdido el monopolio de la fuerza. Hoy cuando menos debe compartirlo con un gran número de bandas de narcotraficantes. Y esto, por sí solo, es algo que nos debería infundir una enorme preocupación a los mexicanos.

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