Nostalgia del porvenir
May 29, 2007
Fernando Amerlinck

Del bronce al lodo (y 13). Perdonar a la historia

Sueño con que dentro de 10 más, a los 150, el mexicano normal pueda recordar a esos hombres y a sus adversarios en un ánimo de perdón a las rencillas viejas de la historia. Todo con un propósito de conciliación entre las facciones que desangraron a este país y que siguen desgraciando la conciencia nacional.

Hace cuarenta años participé en una misa en el centenario del fusilamiento de tres mexicanos: los generales Tomás Mejía y Miguel Miramón, y el emperador Maximiliano.

 

Se rumoraba que el secretario de Gobernación Luis Echeverría preparó un grupo de mariachis para reventar la misa cantando Adiós Mamá Carlota. No ocurrió; pero se tocó con órgano el himno nacional. Díaz Ordaz emitió, luego lueguísimo, un decreto obligando a que siempre tocara el himno una orquesta sinfónica o banda militar. A mi padre (el políticamente más incorrecto de cuantos he llegado a conocer) y a sus amigos organizadores no los benefició la incorrecta y afrentosa osadía de conmemorar religiosamente —en la Profesa, templo de antigua y conspiratoria raigambre— tal suceso.

 

Pronto se cumplirán 140 años de los sucesos en el Cerro de las Campanas. Hoy sería impensable un homenaje a Maximiliano; pero sueño con que dentro de 10 más, a los 150, el mexicano normal pueda recordar a esos hombres y a sus adversarios en un ánimo de perdón a las rencillas viejas de la historia. Todo con un propósito de conciliación entre las facciones que desangraron a este país y que siguen desgraciando la conciencia nacional.

 

Como he dicho aquí, diariamente alguien vuelve a fusilar a Maximiliano desde una curul o un editorial. A menos que esos detractores me demuestren que hacer eso es útil y constructivo, preferiré convocar a un movimiento de perdón a la historia.

 

Un símbolo de un nuevo estado de ánimo nacional sería erigir monumentos de concordia, como muestra visible de que están superadas las antiguas luchas intestinas.

 

Sueño con que en 2017, luego de un esfuerzo de una década de reinterpretación de la historia; y con el invaluable apoyo de historiadores tan limpios y decentes como el gran Catón, pudiéramos erigir un monumento a Juárez y a Maximiliano, a Miramón y Escobedo, a Mejía y González Ortega. Todos juntos, y preferiblemente en Querétaro.

 

De igual manera, a 500 años de la conquista podría erigirse en Tlaxcala, en 2021, un monumento conjunto a Hernán Cortés y Moctezuma, flanqueados por Gonzalo de Sandoval y Xicoténcatl, Cuauhtémoc y Pedro de Alvarado. Y en ese mismo año, a 200 de la consumación de la Independencia, hagamos otro monumento en Iguala a Agustín de Iturbide junto con el último virrey, O’Donojú.

 

Antes habría que hacer una buena efigie de Porfirio Díaz; faltan sólo 3 años para adornar así una esquina frente al monumento a la Independencia, qué él edificó.

 

Me encantaría también levantar una estatua de Octavio Paz, el mayor de los intérpretes de nuestra dividida alma nacional. Podría estar frente a donde vivió, ante la columna de la Independencia (y cerca de donde fue quemado en efigie en 1984, por el delito de la incorrección política). La fecha oportuna sería 2014, centenario de su nacimiento. Una posible inscripción sería esto que dijo en un programa sobre México:

 

“El dilema al que se enfrentaron el movimiento de independencia y los sucesores de los insurgentes era, en cierto modo, insoluble: o negarse al cambio, o la ruptura violenta. Se escogió, como era natural, la ruptura. Pero esa ruptura fue un desgarramiento. Un desgarramiento que es todavía una herida, una herida aún no cicatrizada. Quizá el siglo XXI será el siglo en que esta herida viva en la historia de México, al fin, se cierre.”

 

Es tiempo ya. En México hay demasiado bronce faccioso y demasiado lodo faccioso. No pretendo sublimar el lodo ni generalizar el bronce, sino balancear la tiranía maniquea, intolerante y binaria del héroe y el villano. Los nuevos monumentos o letras “de oro” serán lo de menos si simbolizan un ánimo profundo que urge empezar a construir. El perdón jamás implica olvido: hay que conocer y recordar muy bien, para entonces perdonar al pasado y a los autores de nuestras desgracias. Y dejar la basura atrás.

 

Jamás México podrá aspirar a un futuro si no resuelve dilemas insolubles y corta de su mente nacional tantos nudos gordianos; si no deja de cargar, por generaciones y como tumba de Pípila, la lápida de su historia vieja y pasada, la ruptura de su alma, el desgarramiento profundo que lo sigue hiriendo y que no se cicatriza. Sin curarnos de esas lesiones, jamás seremos libres, ni adultos, ni relevantes ante el mundo.

 

Para terminar esta miniserie, suscribo entusiastamente estas líneas que parecen marcar el propósito de Don Armando Fuentes Aguirre para hacer su libro Juárez y Maximiliano. La roca y el ensueño. Dice:

 

“En él quiero mostrar que aquellos mexicanos que trajeron a Maximiliano, y quienes por él lucharon, en ningún modo eran traidores. Quizás, a lo mucho, estuvieron equivocados. Pero amaban a México tanto como los liberales; buscaron a su modo el bien de la nación. Al redimirlos nos redimimos a nosotros mismos… Si conseguimos eso, haremos que el relato de nuestra historia no sea factor de desunión, sino vínculo que nos hermane en nuestra calidad de mexicanos, y podremos llegar a un tiempo nuevo, de auténtico liberalismo fincado en la pluralidad de ideas, la tolerancia, la libertad individual frente a cualquier forma de totalitarismo, la democracia, la justicia y todos los demás bienes que derivan en una sana convivencia. Acabadas las pugnas del pasado, muertos y sepultados esos rencores ya obsoletos, llegaremos finalmente a la concordia, cuyo fruto mejor será la unión. Así, unidos, disiparemos los fantasmas del pasado y conjuraremos los del porvenir.”

 

¿Qué podría yo añadir? Nada. Simplemente invito a mi unitario lector a leer, de punta a cabo, ese gran libro. El mejor homenaje que puede recibir un autor es ser leído.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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