MIÉRCOLES, 6 DE JUNIO DE 2007
El colmo de la paridad

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“¿Cuál es el colmo de la paridad peso/dólar? Que, a pesar de la experiencia con la flotación, a pesar de los reclamos (legítimos) para impulsar la competitividad, expresemos descontento con la “fortaleza” del peso ante el dólar.”


¿Cuál es el colmo de la paridad peso/dólar? Que, a pesar de la experiencia con la flotación, a pesar de los reclamos (legítimos) para impulsar la competitividad, expresemos descontento con la “fortaleza” del peso ante el dólar.

 

Aquí hay una clara confusión conceptual—confusión que se manifiesta entre los analistas, los empresarios, las mismas autoridades, y ciertamente los exportadores. Por un lado, queremos una economía más competitiva, es decir, capaz de atraer, y retener, flujos de inversión productiva. El primer mandatario incluso se propone la meta, ambiciosa por demás, de convertir a nuestro país, en la próxima generación, en el “mejor destino para la inversión en el mundo.”

 

Para ello se requiere un brinco monumental, tanto en capital humano, como nueva inversión en tecnología, como en una amplísima gama de reformas estructurales. Pero, bajo el supuesto de lograr las condiciones requeridas para transformar a nuestro régimen en un destino preferido de inversión, es natural esperar que baje el riesgo país, aumenten flujos de inversión productiva, y, por lo tanto, que nuestra unidad de cuenta cotice en una forma más valiosa en los mercados internacionales.

 

En otras palabras, si mejora nuestro régimen de inversión, habrá un escenario de probable, y constante, apreciación cambiaria. Después de todo, en un sistema de flotación, la paridad funciona como un espejo, un literal reflejo de nuestro clima de inversión. Si hay auge bursátil, expansión de proyectos de infraestructura, un impulso al turismo, vaya, si se da el aumento registrado en la inversión extranjera que se dio, precisamente, en el primer trimestre del este año, habría que esperar lo que ha pasado: el fortalecimiento de la unidad mexicana en el mercado financiero internacional.

 

En un escenario como el que plantea el proyecto visión 2030, de alto crecimiento sostenido, que capture la magia de la tasa compuesta, es mucho más probable que mejore la cotización de la unidad de cuenta, de que ésta se empeore. Es decir, habrá apreciación del tipo de cambio.

 

Sería poco competitivo, y contraproducente, tratar de “hacer algo” al respecto, más si ello se le pide al banco central, cuya obligación es “procurar la estabilidad” del poder de compra. Vaya, podríamos reanudar el mecanismo de acumulación de reservas que alguna vez se practicó. Pero ello desvirtúa el sistema de oferta y demanda como determinante de la paridad, es decir, distorsiona el papel de la paridad como espejo cambiario del régimen de inversión.

 

El banco central podría, digamos, disminuir las tasas de interés, en forma por demás artificial, no ligada a su mandato. Pero ello equivale al absurdo de incentivar salida de capitales para que se debilite el tipo de cambio—una pésima señal para un país que se pone como meta convertirse en uno de los centros de inversión más atractivos del mundo. El siguiente, e igualmente absurdo paso, sería inflar, para que se devalúe la moneda, para que seamos… ¡más competitivos!

 

Ese es, verdaderamente, el colmo de la paridad.

• Tipo de cambio

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