VIERNES, 25 DE NOVIEMBRE DE 2005
El viejo malentendido latinoamericano

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“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
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“Alentamos el viejo malentendido latinoamericano entre democracia y demagogia. Otra en nuestra larga lista de oportunidades perdidas, que es lo que duele.”


El resultado de la Cumbre de las Américas en Mar de Plata, nos provee de una maravillosa radiografía de Las Américas. Nos permite, por sobre todo, darnos cuenta de cómo ha transitado el debate ideológico en esta parte del mundo. Antes que nos sobrevenga otra cumbre, tienta estudiar con más calma la declaración final firmada en ésta y las conclusiones derivadas. La exégesis de los textos políticos puede ofrecer recompensas y sorpresas quizá no tan placenteras, pero igual de reveladoras a las que depara la hermenéutica literaria. Por ejemplo, el hallazgo de lo omitido. Como saben políticos y escritores por igual, lo que no se dice en un discurso vale tanto como un silencio en el teatro.

 

En prácticamente todas las Cumbres anteriores, de todo tipo, de las Américas, Iberoameicana, de países amigos, de países alineados, de países bonitos, de países feos, de países rojos, de los verdes, de los bananeros, etc… siempre se ha manejado una retórica particular. En las últimas cumbres que yo recuerde resuenan varios silencios. El más triste es el de la palabra "libertad". Ella no se encuentra ni una vez entre las más de tres mil páginas del documento. Mientras la "diversidad", la "dignidad" y la "igualdad", se repiten, la vieja libertad parece que siguiera desprestigiada -o temida- en el lenguaje político de Hispanoamérica. Aunque ésta sea hoy día, formalmente, más democrática que nunca. Las declaraciones abundan en "solidaridad para resolver las asimetrías", o "diversidad y respeto a la dignidad humana". Pero ni una sola vez alude a la promoción de la "libertad" -sobre todo la concreta, la individual-, sin la cual esas otras quedan en buenas intenciones.

 

Ahora bien, en la última cumbre de las Américas, la idea de libertad económica si sonó por todos lados, pero, no todos decidieron recibirla. El Cono Sur, parece ser, no sale de la miopía mental, y a nadie le sentó bien la idea de promover la libertad económica en la región. No debe sorprendernos esta actitud. Un reciente estudio muestra que, aunque un 53% de los encuestados en la región apoya el sistema democrático, un 55% de la gente estaría dispuesta a renunciar a la democracia si eso solucionara los problemas económicos de sus países. Es decir, más de la mitad canjearían libertad por “mejoras”. Suena por cierto, a nuestro entorno político mexicano.

 

¿Por qué en Latinoamérica debiéramos estar condenados a no poder pronunciar el idioma de la libertad económica? ¿Es que acaso nunca podremos proclamar los dulces fines solidarios sin silenciar las amargas reformas necesarias para financiarlos? ¿Hasta cuándo la mayoría de nuestros hombres y mujeres públicos sólo podrán reconocer "en privado" que abrir nuestras economías, estimulando la libertad de empresa, es lo único que podría sustentar en el largo plazo, más allá de bonanzas pasajeras, esa solidaridad que todos queremos? Convertir en condena estos dilemas es una vez más alentar el viejo malentendido latinoamericano entre democracia y demagogia. Otra en nuestra larga lista de oportunidades perdidas, que es lo que duele.


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