Ideas al vuelo
Jul 26, 2007
Ricardo Medina

“La Cité c’est moi”: Frère Marcel

El “adefesio bicentenario” será en el futuro –dicen- referencia inevitable de cuando se verificó el milagro de que la ciudad de México se convirtiese en un artilugio llamado “La Ciudad” (mayúscula obligada) al que el señor Marcelo Ebrard hacía hablar y gesticular.

La Ciudad habló y dijo:

 

La Ciudad se felicita de este proyecto; va a tener todo el respaldo; sí hay que hacer adecuaciones de uso de suelo, pero el uso de suelo no es una norma inminente” (sic).

 

A lo mejor quienes escuchaban no le entendieron bien a La Ciudad y tal vez no quiso decir (La Ciudad) ese disparate de la “norma inminente” sino alguna otra cosa con más sentido. El caso es que así apareció consignado, con todo y sus comillas reglamentarias, en la nota del periódico “Reforma” del martes 24 de julio pasado.

 

Ah, se me olvidaba lo más importante: La Ciudad que se felicita a sí misma es Marcelo Ebrard. Esa es la noticia más importante: La Ciudad – antes conocida sólo como la ciudad de México- se ha transubstanciado en Marcelo Ebrard y ahora es conocida como La Ciudad.

 

¿Y de qué se felicita La Ciudad? Ah, pues de un proyecto arquitectónico que desafía no sólo a los cielos sino a la estética y a las “no inminentes” normas de uso de suelo.

 

Hace unos días Marcelo Ebrard (en adelante: “La Ciudad”) ya me había sorprendido porque habló de “los derechos de la ciudad” cuando en realidad, creía yo, debería haberse referido a “los derechos del gobierno de la ciudad de México”. Pero yo no había entendido: La Ciudad no es otro ente que Marcelo Ebrard.

 

Las mañanas de los lunes primeros de cada mes La Ciudad anda en bicicleta. Quizá mientras lo hace se pregunta  para qué se hacen las normas y las leyes, y La Ciudad se responde: “Pues se hacen para adecuarse a los deseos cambiantes de La Ciudad; es decir: a mis deseos”.

 

¿Por qué La Ciudad se refiere a sí misma en tercera persona? (como solía hacerlo Manuel Camacho Solís en momentos de excitación), pues porque es Grande. Tan Grande que merece un adefesio arquitectónico gigantesco que deje constancia de los tiempos maravillosos que se vivieron cuando Marcelo Ebrard reveló:

 

La Cité c’ est moi

 



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