Sólo para sus ojos
Dic 4, 2005
Juan Pablo Roiz

La alternancia valió la pena

Invito al lector que imagine si con Francisco Labastida Ochoa o con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en la Presidencia las cosas serían mejores que ahora.

Se cumplieron cinco años de gobierno de Vicente Fox y, a la hora de hacer un balance objetivo, debemos reconocer que valió la pena la
alternancia en el poder.


Por una parte, invito al lector que imagine si con Francisco Labastida Ochoa o con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en la Presidencia
las cosas serían mejores que ahora. La respuesta es inequívoca: NO. Basta considerar que difícilmente tendríamos estabilidad económica –los programas de ambos en la materia eran de mediocres a malos-, que la inflación y las tasas de interés estarían bastante más altas; que no se habría disparado el crédito bancario y no-bancario a las empresas; que, por tanto, no habríamos vivido el "boom" de construcción y compra de nuevas viviendas que hemos experimentado. Más todavía: Es probable que con esos personajes en la Presidencia los ahorros de millones de trabajadores –en las Afores– ya se habrían "usado" indebidamente para alguna causa de "interés nacional" como tapar la corrupción y las ineficiencias de Pemex, subsidiar los energéticos a los empresarios incompetentes o emprender proyectos faraónicos de gasto público.

 

Por otra parte, consideremos también que Fox se ha quedado muy por debajo de las expectativas que, con razón o sin ella, se generaron a su alrededor. Esto nos debería advertir de dos cosas fundamentales en la democracia y en la economía:

 

1. No hay soluciones mágicas y no basta, en el mundo moderno, la simpatía o el carisma, las buenas intenciones en fin, para modificar de raíz problemas que venimos arrastrando desde hace décadas. No basta el Presidente mágico o redentor; por el contrario, los iluminados estorban y dañan, y 2. Ya vimos que los problemas de fondo de México –entre otros, un troquelado populista y dizque nacionalista en sus leyes fundamentales, que NO respetan los derechos básicos del individuo- no se resuelven sólo con buena voluntad; ya vimos que el poder remanente del "nacionalismo revolucionario" (ese engendro que nos heredaron décadas de gobiernos del PRI) es inmenso; ya vimos que los epígonos de ese nacionalismo (tapadera de todas las corrupciones imaginables) en grupúsculos y grupos como el PRD y sus apéndices, se opone con todo a que México sea un país moderno y competitivo en el mundo globalizado; los amantes de la contemplación perpetua del ombligo se resisten con todo (el crimen incluido) al cambio. Fox creyó que podría con ellos y la verdad es que no pudo. Muy cerca de él no faltaron los que sucumbieron al embeleso de la corrupción y a las canonjías que se derivan del poder; él mismo, Fox, fue vencido en varias ocasiones por el desánimo y la frustración.

 

No podemos saber cuántas veces en estos cinco años se perdieron oportunidades preciosas de crecimiento y bienestar para los mexicanos, porque los señores y las señoras del "lado oscuro" intimidaron y doblegaron al Presidente o a varios de sus colaboradores. Así, más o menos, llegamos al último año de gobierno y al año en que, de nuevo, tendremos que decidir si le apostamos a los partidos del ombliguismo nacionalista perpetuo o a opciones de cambio y modernización –que no son perfectas, pero que al menos respetan los derechos fundamentales de las personas.

 

De veras, si por algún mágico artilugio echásemos la película seis años atrás yo volvería a votar por Fox, aun sabiendo que se quedaría muy corto, tristemente corto, ante los desafíos inmensos. Por lo menos, él sí le entró al desafío; del otro lado, no veo quién podría haberlo hecho.



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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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