LUNES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2007
La redistribución del GILA

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El punto sobre la i
“La barrera infranqueable del ejercicio de los derechos de cada cual deben ser los derechos de los demás, que nos imponen el deber de respetarlos, deber que debemos asumir libremente. El que no todos estén dispuestos a asumirlo es la razón de ser del Estado.”
Félix de Jesús


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“No deja de asombrarme la falta de rigor, coherencia, profundidad y ética con que los gurúes latinoamericanos suelen abordar diversos temas económicos. Uno de ellos es el de la distribución del ingreso. Constantemente están promoviendo intervenciones del Estado para redistribuir la riqueza, como si ésta estuviera almacenada por ahí esperando ser distribuida. Pero, además de su naturaleza delictiva, las intervenciones económicas del Estado son el problema, no la solución.”


La observación clave de Adam Smith era que ambos participantes en un intercambio pueden beneficiarse y que, siempre que la cooperación sea estrictamente voluntaria, ningún intercambio puede tener lugar a menos que ambos se beneficien. Milton Friedman


No deja de asombrarme la falta de rigor, coherencia, profundidad y ética con que los gurúes latinoamericanos suelen abordar diversos temas económicos. Uno de ellos es el de la distribución del ingreso. Constantemente están promoviendo intervenciones del Estado para redistribuir la riqueza, como si ésta estuviera almacenada por ahí esperando ser distribuida. No es así. La riqueza se crea por individuos con base en su propiedad, inteligencia y esfuerzo, por lo que su redistribución forzosa es un acto criminal. Basta caminar un poco despistado por San José (o cualquier capital latinoamericano) para ser atacado por numerosos redistribuidores. Además de su naturaleza delictiva, las intervenciones económicas del Estado son el problema, no la solución. Veamos.

 

Todo el trajín económico empezó con la siguiente sentencia: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Génesis 3:19). Ésta origina una necesidad de consumo. Pero, en su infinita compasión, el Creador no desampara al hombre; lo dota de cerebro, incontables destrezas y abundantes recursos naturales, para que, con todos ellos, satisfaga sus necesidades de consumo. Parte de su designio consistió en dar a cada uno condiciones y habilidades diferentes, para que los seres humanos tuviesen que cooperar en la empresa de satisfacer cada vez mejor esas necesidades. Al principio, el hombre las solventa en autosuficiencia ─cada persona produce, aisladamente, todo lo que necesita─ hasta que, usando su cerebro, descubre el maravilloso principio de especialización e intercambio, según el cual, dos o más individuos pueden satisfacer mejor sus necesidades de consumo si, en vez de producir todo lo que necesitan, cada uno dedica sus recursos a los bienes y servicios (b&s) que produce mejor y luego los intercambia por aquellos que otros ofrecen en condiciones ventajosas. El resultado de la aplicación generalizada de este principio es el sistema de especialización e intercambio (SE&I), una intrincada red de interrelaciones e interdependencias que permite a cada individuo poner su inteligencia, destrezas y conocimientos al servicio de todos los demás participantes. En esta red, conocida también como el sistema de mercado o sistema generador de riqueza, cada individuo produce un bien (o muy pocos) y obtiene todos los demás mediante el proceso de intercambio, es decir, el comercio.

 

Creación de riqueza. Cuando los individuos son libres para intercambiar sus propiedades, cuando no se utiliza la fuerza (pública o privada) o el engaño, en el SE&I se manifiesta plenamente el principio básico del enriquecimiento: vender caro y comprar barato. Cada uno de los involucrados en un intercambio vende caro y compra barato. Ambas personas se enriquecen. Veámoslo con un ejemplo. Con equis cantidad de recursos, Juan tiene la oportunidad de producir 10 pantalones (P) o 1 kg de leche (L); y Miguel, 8 kg de leche (L) o 1 pantalón (P). Deciden especializarse e intercambiar al término de 1 P por 1 L. Así, Juan vende caro: cada P le cuesta 0,1 L (su costo de oportunidad), pero lo vende en uno; y compra barato: cada L le cuesta 10 P, pero paga solo uno. Igualmente, Miguel vende caro: cada L le cuesta ⅛ P, pero lo vende en uno; y compra barato: cada P le cuesta 8 L, pero paga solo uno. Ésta es la razón por la cual el SE&I genera la máxima riqueza y una distribución óptima (la más justa) cuando se cumple el requisito de libre intercambio, es decir, cuando se respeta absolutamente el derecho de propiedad (DDP) de todos los participantes.

 

Derecho de propiedad. Se entiende por derecho de propiedad (DDP) la facultad de cada individuo para disponer de su propiedad de la manera que prefiera; el tener absoluta libertad para decidir qué producir, con quién intercambiar sus bienes y en qué términos hacerlo. El respeto absoluto a este derecho es la clave. Primero, porque implica que la competencia es la única forma de dirimir el “conflicto” que se presenta cuando dos o más individuos desean satisfacer, humanamente, una necesidad de consumo de un tercero. Así, se convierte en acicate para el esfuerzo, la excelencia y la búsqueda incesante de mejores soluciones para las necesidades de consumo del prójimo. Segundo, porque confiere a todos los individuos la libertad para efectuar los intercambios que más les conviene, lo cual hace que se lleven a cabo sólo los intercambios de altísimo valor, es decir, los que proveen la máxima riqueza a las personas involucradas.

 

El designio divino, entonces, fue dotar a los seres humanos de todo lo necesario para que, en libertad y con base en la cooperación, pudiesen generar magníficas condiciones de vida. El único requisito para lograrlo era y sigue siendo el respeto absoluto al DDP de todos los participantes; es decir, basta con un poco de humanismo. Nada más. No hace falta el concurso de doctores en economía, ni rectores de sector, ni bancos centrales, ni ministerios de economía, ni nada de eso para que el sistema funcione, para que genere riqueza a raudales y lo distribuya de la manera más justa entre los participantes. No podía ser de otra manera. Ahora, distribución justa significa que cuanto más aporta un individuo al SE&I, cuanto más enriquece a los demás participantes, más recibe. Por ejemplo, Bill Gates se queda con menos del 2% de la riqueza estimulada por sus inventos, pero aun así recibe mucho más que otros, porque su aporte es mucho mayor. Por casualidad, esta distribución justa tiende a ser menos desigual que otras distribuciones. ¿Casualidad o parte del designio divino?

 

Genialidades del GILA. Ante este maravilloso plan, el grandísimo idiota latinoamericano (GILA) jura que Dios se equivocó y que a él, como gobernante y dios terrenal, le toca enmendar el error. Entonces, suprime el derecho de propiedad; restringe la competencia; veda la participación del ciudadano en algunas actividades productivas, aunque éstas representen el mejor uso de sus destrezas, conocimientos y otros recursos; prohíbe o limita ciertos intercambios, en especial con extranjeros; y fija términos de intercambio (precios) distintos de los que se hubieran acordado libremente. Estas “genialidades” del infame personaje tienen dos consecuencias: el sistema genera poca riqueza (en Latinoamérica no más del 10% de su potencial), y la  mayor parte de ella termina en pocas manos.

 

Se genera poca riqueza porque la mayoría de los intercambios que se llevan a cabo no son los que ocurrirían en libertad; no son los que producen la máxima riqueza para cada uno de los involucrados. En efecto, la generalidad de los actores son forzados a vender más barato o comprar más caro de lo que harían en un régimen de libertad (por ejemplo, entregar 5 piñas por kg de carne en lugar de solo una). Son forzados por el GILA a dedicar sus recursos a usos inferiores a su potencial para generar riqueza para todo el conjunto. Además, la falta de competencia reduce o elimina la motivación para buscar incesantemente mejores soluciones para las necesidades de consumo de los participantes.

 

Pero esto no es todo. También resulta una distribución de riqueza injusta (y mucho más desigual), porque las intervenciones del GILA hacen que una minoría (sus amigos, familiares y partidarios) pueda vender más caro o comprar más barato de lo que vendería o compraría si se respetara el DDP de todos. Los demás, como ya se señaló, deben vender más barato o comprar más caro. De esta forma, cuando se realizan los intercambios, la mayoría de los participantes pierden una gran parte de la riqueza que deberían recibir; la transfieren a una minoría. Por ejemplo, los trabajadores del banano, la piña y otros productos de exportación, logran vender caro su producto (se cumple la primera parte del enriquecimiento), pero cuando tratan de convertir la venta en los bienes que consumen (arroz, lácteos, azúcar, carne, etc.), descubren que las opciones baratas les han sido vedadas por el GILA; deben comprar caro. Esto anula lo primero. Así terminan siendo pobres, mientras que los grandes productores de estos bienes de consumo básico se enriquecen. Venden caro, muy caro, y compran barato.

 

Ante este panorama, ¿qué hace el GILA? En lugar de enmendar su error ─lo cual requiere cierta dosis de inteligencia y moral─, incrementa su intervención para, según él, corregir el problema de la distribución... de la pobreza. Mediante el uso de la fuerza, confisca más recursos a los pobres (no a los ricos), él y la burocracia se dejan la mayor parte del nuevo botín, y el resto lo traslada a los ricos vía subsidios a la exportación y al crédito, entre otros programas gubernamentales. Ergo, la distribución empeora aún más; lo cual motiva otra cantarada de artículos de “gurúes” pidiendo más acción del Estado para mejorar la distribución de la riqueza. Un cuento de nunca acabar.

• Populismo

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