Jaque Mate
Dic 13, 2007
Sergio Sarmiento

Reforma electoral: López Obrador se opone de último momento

López Obrador no puede llegar de último momento y ordenar a los legisladores perredistas retirar su apoyo a la reforma electoral. Si lo hubiera pedido hace meses, habría sido más fácil. A estas alturas del juego, obedecer a López Obrador habría exhibido a los legisladores perredistas como simples títeres de su jefe máximo.

Al cuarto para las 12 a Andrés Manuel López Obrador se le ocurrió que estaba opuesto a la reforma electoral. No dijo nada durante la intensa y acre discusión de las enmiendas constitucionales, que llevó incluso a un abierto enfrentamiento entre la clase política y los medios de comunicación electrónicos. Tampoco dijo nada durante las prolongadas discusiones en torno a la redacción del nuevo Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, la ley secundaria.

 

Pero una vez que el dictamen del Cofipe ya estaba preparado, después de que se lograron complejos acuerdos entre los principales partidos políticos del país, incluido el PRD, el ex candidato presidencial decidió que el proyecto no era más que una estratagema de los “grupos conservadores” para preservar el poder y por lo tanto les dio línea a los legisladores del Frente Amplio Progresista, entre ellos a los del PRD, para rechazar la iniciativa.

 

La línea de López Obrador confundió en un primer momento a los perredistas del PRD, que llevaban ya meses negociando la reforma sin que su jefe máximo se hubiera pronunciado públicamente sobre el tema. Los senadores del PRD, de hecho, tuvieron una reunión para discutir el asunto y al final decidieron que continuarían con su plan previo de aprobar la reforma.

 

Al parecer la súbita resistencia de López Obrador se debió a las modificaciones que se han hecho a las reglas para las coaliciones. En el Cofipe anterior había dos figuras distintas de colaboración entre partidos: la coalición, en que todos los partidos quedaban incluidos en un mismo recuadro en las boletas electorales, y la candidatura común, en que cada partido mantenía su lugar y su logotipo pero en que los votos se sumaban para dar el total de sufragios para su candidato común. La nueva legislación mantiene el nombre de coaliciones, pero de hecho sólo considera ya las candidaturas comunes en que cada partido tiene su lugar en la boleta.

 

Varios de los partidos pequeños han expresado su insatisfacción con este cambio. Al estar todos cobijados con un partido grande, no tenían necesidad de conseguir sus propios votos para sobrevivir y mantener el acceso a las prerrogativas públicas. Hay varios partidos que nunca se presentan solos a elecciones, por lo que no sabemos realmente qué fuerza electoral tienen. La nueva ley acabará con esa situación.

 

Tanto el PT como Convergencia han protestado por este cambio. Convergencia, de hecho, ha señalado que contenderá sola en los comicios federales del próximos 2009 en caso de mantenerse esta situación. Al parecer fue esto lo que llevó a López Obrador a cuestionar la reforma electoral. Para él es importante mantener la alianza que respaldó su candidatura en el 2006 y no depender solamente del PRD, partido en el que distintos grupos no están muy de acuerdo con las tácticas que ha seguido en los últimos tiempos.

 

El problema es que López Obrador no podía llegar de último momento y ordenar a los legisladores perredistas retirar su apoyo a la reforma electoral. Si lo hubiera pedido hace meses, habría sido más fácil. A estas alturas del juego, obedecer a López Obrador habría exhibido a los legisladores perredistas como simples títeres de su jefe máximo.



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