De capital importancia
Ene 9, 2008
Roberto Salinas

TL NO C

Se han cumplido catorce años desde que entró en vigor el tratado norteamericano. Si acaso hay que revisarlo, es para arriba, para que incluya un capítulo migratorio, o para que elimine ingredientes como reglas de origen; y no para abajo, como pretende la moda del subdesarrollo.

Uno de los aspectos desafortunados del libre comercio es que, a pesar de todos sus beneficios, unos cuantificables, otros obvios, otros menos obvios, éste es objeto de ataque constante. Más que una muestra de desconocimiento aislado, o de la naturaleza propia de nuestros políticos, este aspecto representa un fenómeno inevitable.

 

Hace algunos años, la extraordinaria revista Reason explicaba esta particularidad del libre comercio con el ejemplo de la simpática película The Groundhog Day. En esta comedia de errores, el protagonista, un reportero de una emisora local, vive y revive el día 2 de febrero eternamente. Cada día se levanta a la misma hora, viste la misma ropa, come el mismo desayuno, realiza la misma actividad, se duerme a la misma hora, para repetir el mismo escenario en un proceso de aparente eternidad.

 

La defensa del libre comercio es el equivalente económico de esta cinta: se deben repetir los mismos argumentos, subrayar los mismos datos, contar las mismas historias, en un proceso eterno de justificación, aun cuando trata la actividad económica más común y más corriente del planeta: el intercambio voluntario de una cosa por otra, para beneficio de dos (o más) partes.

 

Ese es, pues, el destino que ha tenido el TLC—un destino lleno de ignorancia, de desconocimiento voluntarioso, de resentimiento, de mala fe, a pesar del enorme aumento en el volumen de compraventa dentro de la región. Hay que, como el triste protagonista de The Groundhog Day, repetir los mismos casos y los mismos datos, una y otra vez. De otra forma, no importa la estupidez de la mentira, o el voluntarismo de una posición política: el proceso de libre intercambio fuera de las fronteras corre el riesgo de llegar a un fin.

 

El libre comercio, desde que inició el proceso de apertura comercial, ha sido causa de ataque (y de vituperación) por una exótica variedad de criaturas: desde los ecologistas radicales hasta empresarios protegidos, desde académicos post-estructuralistas hasta curas conservadores, desde políticos que buscan rasgarse las vestiduras hasta sindicalistas que viven de la gloria de privilegios feudales.

 

La apertura tiene el efecto de desenmascarar la ineficiencia, así como el privilegio político. Ello afecta a sectores específicos, a intereses especiales, mientras que, siendo que el libre comercio no es una varita mágica, inevitablemente ocasiona ajustes, muchas veces dolorosos. Esa es la consecuencia de la soberanía del consumidor.

 

Es precisamente lo que hemos visto en el pasado, y lo que volvemos a revivir en la actualidad, con la petición de renegociar el capítulo agrícola del TLC. Las cifras, los datos duros, los argumentos, son irrelevantes. Sólo cuentan los lemas visibles como: “estamos perdiendo soberanía alimentaria” o falacias caprichosas como “por ello suben los precios de los alimentos.” O, peor aún, las teologías anti-económicas como “debemos subsidiar el campo para que seamos más competitivos.”

 

Así es la vida del libre comercio: dado que afecta intereses particulares, siempre, en todo momento, generará oposición, oposición ruidosa y visible, bastante más que todo el beneficio esparcido que genera entre millones de consumidores.

 

Se han cumplido catorce años desde que entró en vigor el tratado norteamericano. Si acaso hay que revisarlo, es para arriba, para que incluya un capítulo migratorio, o para que elimine ingredientes como reglas de origen; y no para abajo, como pretende la moda del subdesarrollo.

 



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El punto sobre la i

Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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