MIÉRCOLES, 21 DE SEPTIEMBRE DE 2005
Más allá del presidencialismo económico

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“Hay que ver más allá del presidencialismo económico. Ello, a su vez, implica ver más allá de "quién es el bueno" para la próxima contienda electoral en el 2006. En nuestra nueva realidad política, la esperanza de un Mesías es falsa.”


Una consecuencia de la de-construcción de nuestra pirámide presidencial, a partir de la complicada transición a un entorno político democrático, es que las decisiones sobre política económica se encuentran repartidas en un esquema, todavía nebuloso, ciertamente naciente, de pesos y contrapesos. Eso implica, entre varias otras cosas, un fin a la tradición de administrar la abundancia, de hacer economía desde Los Pinos, de hecho, implica el fin del presidencialismo económico.

 

Independientemente de si esto es “bueno” o “malo”, esta nueva realidad de cómo se formulan las decisiones, y cómo se ejecutan, parece ser ignorada, tanto por los críticos de la presente administración, como por los abogados del foxismo. Es común tanto culpar al Presidente por asuntos donde vamos mal, como elogiar al mismo por asuntos donde hay luz al final del túnel. Esto, a nuestro parecer, subestima la trascendencia del cambio hacia un entorno de pesos y contrapesos, y por lo tanto la interpretación de cómo llevar a cabo el universo de decisiones en materia de cambio estructural, así como de política económica en general.

 

Un reciente editorial del semanario The Economist es un ejemplo representativo de esta tendencia, simplista y falsa, de evaluar los éxitos y fracasos económicos en función de la estructura presidencial. El editorial dice que, a pesar de la euforia generada en el 2000, la administración foxista representa “una gran desilusión.” Fox, dice el editorial, “falló en cumplir sus promesas de reforma estructural, así como en desarrollar nuevas instituciones políticas que re-emplazaran la presidencia imperial del PRI.”

 

Estos aspectos, sin embargo, no dependen más del dedazo presidencial, de los poderes meta-constitucionales que antes se observaban. Ciertamente, podemos hablar de fallas, hasta de fracasos, en el presente sexenio, pero es totalmente irreal sostener que la falta de aprobación de las reformas estructurales, o la falta del crecimiento económico que se derivaría de ellas, son función de una “gran desilusión” presidencial. El legislativo, y la estructura normativa del mismo, ha jugado un papel determinante en este estancamiento; igual, podríamos decir, la composición del calendario electoral.

 

El mismo simplismo, y falta de apreciación de la enorme complejidad de nuestras nuevas estructuras institucionales, se puede observar en las voces que defienden, con todo lo que da, el desempeño económico del foxismo. Un mensaje que hoy circula en el espacio cibernético nos habla, por ejemplo, de que, a comparación de administraciones anteriores, aquellas caracterizadas por “las torpezas de los gobiernos priístas,” hoy tenemos inflación baja de un dígito, una depreciación marginal del peso ante el dólar, un perfil de deuda muy manejable, grado de inversión, y (como era de esperarse de un gran mito genial) reservas internacionales de más de 60 mil millones USD.

 

Una gran parte de estos éxitos en materia de estabilidad se debe, sin duda, al peso que la administración le da al marco macroeconómico, a los beneficios de la disciplina, al impacto positivo de un clima de estabilidad de precios. Pero otra gran parte, sino mayor, se debe a camisas de fuerza institucional de factores como la autonomía del banco central, o contar con una cuenta de capital abierta, o un régimen de inversión atado al régimen del tratado de libre comercio norteamericano.

 

Hay que ver más allá del presidencialismo económico. Ello, a su vez, implica ver más allá de “quién es el bueno” para la próxima contienda electoral en el 2006. En nuestra nueva realidad política, la esperanza de un Mesías es falsa. Y eso, en el largo-plazo, debe surtir dividendos reales en el bienestar de la población.


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