MIÉRCOLES, 26 DE MARZO DE 2008
Los problemas de la desigualdad

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“El verdadero reto de la política económica: no reducir la desigualdad, llueve o truene, sino reducir la pobreza. Por ello la política social debe abandonar el igualitarismo resentido y enfocarse en el problema real.”


El combate a la desigualdad del ingreso se ha convertido en mantra de los políticos contemporáneos. Obama, Zapatero, la Nueva Izquierda, el PRI de antaño y, por supuesto, el actual gobierno—todos éstos, y todos los demás, manifiestan su compromiso con la reducción de las desigualdades de ingreso.

 

Esta posición peca de dos errores capitales. El principal desafío de la política económica en países emergentes no es la reducción de las desigualdades de ingreso, sino el combate a la pobreza. El segundo es un asunto muy diferente al primero. Por otro lado, las desigualdades derivadas de un sistema de privilegios, como nuestro mercantilismo, son muy diferentes a las desigualdades que se pueden dar por simple división del trabajo, o por preferencias del consumidor en un mercado de competencia abierta.

 

Por otro lado, es un hecho que, en el mercantilismo como en el mercado, amplias brechas en ingresos individuales son una fuente de descontento social, y frecuentemente se ven como el equivalente de los problemas de pobreza que vive una sociedad. Este es, por cierto, otro grave error: la riqueza de uno no necesariamente implica la pobreza de otro.

 

Empero, si la transición hacia una economía desarrollada conlleva desigualdad, ¿qué debe hacer el gobierno para amortiguar este problema? Por un lado, existe un consenso de que el gobierno debe surtir una infraestructura mínima, una “red social” de protección. El gran problema que enfrenta esta postura de buenas intenciones es que, si la red se agranda, y si los incentivos políticos se dan para convertir la red en un paraguas de paternalismo, entonces se da un efecto de destitución del papel fundamental del Estado, es decir, su rol como proveedor de justicia, contratos y servicios básicos. El resultado, a la larga, es mayor pobreza.

 

Otro problema con la distribución del ingreso depende de la noción clave llamada “cómo”: si la distribución se lleva a cabo por medio del sistema tributario, o de controles directos o incluso expropiación de bienes, los resultados serán muy diferentes que si la distribución se lleva a cabo por medio de un sistema que incentiva el desarrollo de capital humano, define los derechos de propiedad accesibles a toda la población, y disfruta acceso a mercados de capital. La clave en la polémica alrededor de la distribución de la riqueza no es el tamaño de las desiguladades que se puedan generar, sino la reducción estructural de la pobreza, el subdesarrollo, la marginación.

 

Este es, como ha insistido gente como Martin Feldstein (Presidente del NBER), el verdadero reto de la política económica: no reducir la desigualdad, llueve o truene, sino reducir la pobreza. Eso implica políticas que mejoren el bienestar de un grupo de personas sin que ello implique una desmejora de otro grupo de personas. No es un juego de suma-cero, sino de suma positiva.

 

Feldstein llama esta moda de combatir la desigualdad a toda  costa “igualitarismo resentido.” Su posición es: si se da bienestar material, o un aumento en el nivel de vida de un grupo, sin que ello ocasione daños a otro grupo, entonces habrá ganancia, a pesar de que pueda aumentar el nivel de desigualdad.

 

Por ello, la política social debe abandonar el igualitarismo resentido y enfocarse en el problema real: cómo reducir la pobreza, es decir, cómo mejorar las condiciones de vida de los que menos tienen. Esto, en el fondo, tiene que ver con el mismo problema de siempre: las condiciones del alto crecimiento sostenido.

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