MIÉRCOLES, 14 DE DICIEMBRE DE 2005
¡Otro error de diciembre!

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“¿Dadas las condiciones para "deslizar" la paridad? Lo que sorprende de las declaraciones a favor de una depreciación del tipo de cambio no es que no hayamos aprendido la dolorosa lección, sino que chocan con dos datos contundentes.”


En definitiva, las navidades y el tipo de cambio peso-dólar no comulgan; y por ello no sorprende que, de nueva cuenta, estemos en presencia de otra disputa cambiaria, y, por lo mismo, de otro error de diciembre (incluso, hasta podríamos decir, “oso de diciembre”). En esta ocasión, la edición presente del nuevo error cambiario pertenece al Secretario de Economía, Sergio García de Alba, quién se declaró a favor de una intervención por parte de las autoridades monetarias en el mercado cambiario para depreciar la paridad, y con ello dar estímulo a las exportaciones.

 

Es el viejo mito genial de “devaluación competitiva”—una de las posiciones más seductoras, pero más perniciosas, en la gama de falacias económicas contemporáneas. La respuesta del primer mandatario fue contundente: absolutamente nadie intervendrá en los movimientos de la paridad dentro de nuestro sistema de flotación. Empero, se dieron otras objeciones que, en nuestra opinión, se quedaron cortas, particularmente aquellas que dicen que el ámbito cambiario esta fuera de las responsabilidades de Estado de García de Alba.

 

Si lo está, o no, no tiene mayor importancia. Es la idea la que se debe cuestionar, no la fuente de una de sus manifestaciones más recientes. La idea en sí, es, como decía el gran editorialista Robert Bartley, del Wall Street Journal, “la peor en este siglo después del comunismo.” Más allá de las pasiones cambiarias, sin embargo, lo que sorprende de las declaraciones a favor de una depreciación de la paridad, en esta ocasión, es que chocan con dos datos contundentes.

 

Primero, no se puede hablar que la paridad actual desfavorece a las exportaciones, cuando la estimación de las mismas sobrepasa un volumen histórico de 210 mil millones de dólares. Ciertamente, hay mucho más que se puede hacer para estimular la venta de los productos nacionales en el mercado extranjero, por ejemplo, mayor desregulación, u otras iniciativas que reduzcan costos de transacción, y con ello aumenten la productividad de la mano de obra. Este tipo de acciones, mucho más difíciles de realizar que un simple ajuste contable en la paridad, por cierto, sí es responsabilidad de la Secretaría de Economía.

 

Segundo, el tan abusado argumento de la sobrevaluación cambiaria, ya ni siquiera tiene relevancia. Vaya, ¿contra qué medimos la “fortaleza” del peso? La inflación local es igual, hasta incluso menor, que las de nuestros socios comerciales.

 

Uno de los principios capitales de la flotación es no meter la mano, sopena de sufrir las consecuencias del caninismo cambiario, o el voluntarismo iluminado que supone poder manipular la trayectoria de un precio que depende de millones de decisiones cotidianas, o sea, decisiones sobre el flujo de capitales. Ciertamente, hay cosas que podemos hacer para influir en la trayectoria. Si inflamos más, o gastamos más de lo que tenemos, la tendencia será hacia una depreciación de la moneda. Una recesión, como la que se dio después del primer error de diciembre, es una estupenda receta para depreciar la paridad. O, si somos un poco más sofisticados, podríamos pensar en acumular más reservas—claro, ganancia de exportador que se financia con el bestial costo que implica el diferencial de tasa interna requerida para levantar los recursos locales mediante los cuales compramos dólares en el mercado, mismos que se invierten en una tasa externa.

 

Esa es, al final del día, la trampa genial de la devaluación competitiva—quitarles a unos para privilegiar a otros. O vaya, en las palabras de una persona que cosechó una muy dolorosa curva de aprendizaje, poco después del desastre cambiario generado por el error del ’94, cuando se decidió adoptar la flotación: “Haber intentado manipular en cualquier sentido la paridad habría significado el abaratamiento artificial de nuestros productos, lo que implica un subsidio al exterior y una mayor inflación, con su consiguiente impacto en las tasas de interés y la actividad económica...” (Ernesto Zedillo, 1996).


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