MIÉRCOLES, 30 DE ABRIL DE 2008
La moda de ser ridículos

¿Cómo percibe usted el inicio del actual sexenio?
Claro y esperanzador
Oscuro y amenazador



“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Ricardo Medina







“Dice el senador Ricardo Monreal que incurrir en el ridículo es una virtud política porque “retoma la dimensión cualitativamente herética de las democracias contemporáneas”. Traducción: ¡Esto es una vacilada!, como dijo el Rayito.”


Hace unos meses escuché a un periodista paisano suyo calificar al senador Ricardo Monreal como uno de los políticos más talentosos y cultos de este país. Podría ser. También se dice que es adinerado –aunque siempre se ha dedicado al “servicio público”, dicho sea sin ironía- y tengo la sospecha de que la honestidad intelectual no es una de sus prendas.

 

Como se sabe, el senador Monreal tuvo a bien encabezar el asalto a la tribuna de la Cámara de Senadores hace unos días. Ayer, en un alarde de generosidad hacia los lectores de sus colaboraciones semanales en un periódico, Monreal nos ofreció una bonita pieza literaria para justificar su arrebato obstruccionista. No tiene desperdicio.

 

Empieza el senador citando a Charles Pinot Duclos: “La ridiculez consiste en contrariar la moda y la opinión de moda”. Y prosigue sentenciando, de su caletre, que la opinión de moda hoy es que  “las mayorías mandan en una democracia”. Luego entonces, el senador asaltó la tribuna después de unir las dos luminosas sentencias, la de Duclos y la suya propia: Había que contrariar la opinión de moda –ésa de que “las mayorías mandan en una democracia”- y qué mejor manera de hacerlo que incurrir en el ridículo de tomar la tribuna.

 

A esto –a la moda de ser ridículos– el senador Monreal lo bautiza con otra frase sentenciosa: se trata de retomar “la dimensión cualitativamente herética de las democracias contemporáneas” frente al “redescubrimiento cuantitativo de moda”, el de que las mayorías mandan en una democracia.

 

No se necesita ser muy perspicaz para percatarse de que Monreal se está burlando de sus lectores y edulcora la ofensa con citas presuntamente cultas y con la palabrería típica –dialéctica, le llaman- del sofista progre. Pero el burlador resulta burlado, porque de nuevo incurre en el ridículo, por más que quiera escapar de la irrisión pública invocando a un novelista francés del siglo XVIII, como lo fue Duclos.

 

Más directo y convincente, el monarca de los ridículos, el gran meneador, Andrés Primero evangelista del amor, rayito de la esperanza inútil, había confesado: “Es una vacilada”.


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