MIÉRCOLES, 2 DE JULIO DE 2008
Realidades comerciales

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“Hemos creado una compleja red de órdenes espontáneos comerciales, de cadenas integradas. No que no se puedan mejorar, pero decir que por la ilustración política del líder (cualquier líder) habrá borrón y cuenta nueva es vacío, políticamente rentable, pero totalmente carente de realidad comercial.”


La eventual revisión del tratado comercial norteamericano se ha convertido en uno de los contenidos favoritos de las propuestas políticas del momento—tanto aquí, sobre todo entre nuestros flamantes intelectuales, como al norte de la frontera, donde ya está en marcha una contienda presidencial.

 

Sin embargo, más allá de la revisión de una que otra cláusula, o de añadir nuevos mecanismos de protección, o darle mayor “diente” a los acuerdos paralelos, existe poco margen de maniobra para llevar a cabo revisiones sustanciales importantes—digamos, en las estructuras comerciales o los proyectos de inversión que se han generado a partir de la entrada en vigor del tratado.

 

Esta es una versión de la tesis de la camisa de fuerza institucional que impone un proceso de apertura comercial. La versión más ambiciosa de esta tesis, que la apertura trae consigo un efecto de camisa de fuerza “dorada,” dice que las fuerzas de competencia y de comercio exterior obligan a países que adoptan la apertura comercial a realizar todos los cambios internos necesarios para elevar su competitividad.

 

En su momento, esta idea tenía fuerza—y de hecho, muchos de nosotros decíamos al inicio del ejercicio comercial norteamericano que, en unos años, habría reducción del arancel promedio hacia países fuera del tratado, que habría flexibilidad en los mercados laborales, así como todas las reformas estructurales sobre las cuales todavía nos rasgamos las vestiduras.

 

Es decir, en su versión “dorada,” la hipótesis de la camisa de fuerza institucional resultó empíricamente falsa. No se han dado los cambios que varios esperaban. Es otra forma más de decir que la apertura no es una panacea, sino una más de varias condiciones que se requieren para lograr el crecimiento sostenido (otra es que los precios sean libres, léase, libres, léase, determinados libremente por oferta y demanda).

 

Sin embargo, ha surgido una versión menos ambiciosa, digamos de “bronce,” si así quisiéramos caracterizarla, aparada en los hechos que se han logrado observar ahora a partir de quince años de experiencia con la apertura norteamericana. Este es el proceso evolutivo de integración comercial, de cadenas de producción así como de consumo, que definen el mapa geo-económico de la región norteamericana.

 

Si vemos un mapa de toda la zona, y trazamos las rutas casi infinitas que tienen los productos, y todos los otros productos que a su vez se requieren para procesar, distribuir y comercializar esos productos, podemos darnos cuenta de la magnífica estupidez de poder imaginar una salida voluntariosa, por divinidad política, del tratado comercial. Vaya, más del 80 por ciento de nuestras exportaciones se colocan en el mercado estadounidense, mientras que más del 10 por ciento de las compras estadounidenses en el exterior vienen de la economía mexicana. Las cadenas que se han formado van de lugares tan distantes e inimaginables como Chetumal a Anchorage.

 

Sería iluso, sino idiota, pensar que se puede desarticular esta compleja red de órdenes espontáneos comerciales, de cadenas integradas. No que no se puedan mejorar, pero decir que por la ilustración política del líder (cualquier líder) habrá borrón y cuenta nueva es vacío, políticamente rentable, pero totalmente carente de realidad comercial.

• Globalización / Comercio internacional

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