Nostalgia del porvenir
Ago 8, 2008
Fernando Amerlinck

14 años. Ni uno más

Hace mucho tuve 14 años. Recuerdo perfectamente esa edad. Ya era consciente de mi identidad, de las preguntas que me hacía, del sentido que pretendía darle a mi existencia, de qué vida vivía.

Hace mucho tuve 14 años. Recuerdo perfectamente esa edad. Ya era consciente de mi identidad, de las preguntas que me hacía, del sentido que pretendía darle a mi existencia, de qué vida vivía. Fui un adulto precoz.

 

Veía mi vida, como siempre, hacia delante. Mi futuro era amplísimo. Tuve razón en mirar hacia delante; veo en retrospectiva cuánto ha pasado, hoy que recuerdo diáfanamente mi muy lejana infancia. Se me agolpan los recuerdos, sobre todo cuando sé —pese a mi inveterado hábito de mirar adelante— que necesariamente mis próximos años son pocos.

 

Tuve el privilegio de vivir por décadas eso que añoraba a mis 14 años. Sigo teniendo el privilegio de la vida, así como el nada común privilegio de una salud casi impecable. He tenido el privilegio de mirar a mis cinco hijos, todos ellos más allá de sus 14: mi hija menor los rebasó hace 8. Tengo el raro privilegio de llevar con mis hijos una relación de respeto, amistad y cercanía. Todos ellos, saludables de cuerpo y de espíritu, y gente de provecho. En tres días cumpliré 33 años de un matrimonio que pretende seguir siéndolo, pese a cuanto la vida traiga de fácil y difícil. Tengo el privilegio de la consciencia: puedo reconocer cuán privilegiado soy. Y de cuánto tengo que dar gracias.

 

No conocí a un muchacho de 14 años cuyo futuro se truncó contra su voluntad, y perdió todo privilegio de esos que muchos damos por descontados. No conozco a sus padres. No tengo, hasta donde sé, amigos comunes con ellos. Apenas puedo, y con mucho trabajo, imaginarme estar en sus zapatos por un momento, sólo con el aterrador prospecto de imaginarme si algo así me ocurriera.

 

No puedo, por ello, incurrir en la majadería de decir que comprendo su pena. O que comparto aquello por lo que pasan. La experiencia y los sentimientos son incomprensibles, salvo para quien los padezca. Nadie siente en cabeza ajena, mucho menos si el dolor es inmenso, vital, encarnadamente propio, inconcebible. Nada se puede decir a quien ha sufrido la pena mayor que —supongo— se puede padecer: ver morir a un hijo, cuando lo natural es que los hijos enterremos a nuestros padres.

 

Las circunstancias agravan esa contranatural. Un asesinato, luego de poner como mercancía la vida ajena, es actuar contra toda ley natural, toda ley humana, toda ley de cualquier tiempo y época.

 

Crece el agravio hasta lo indecible cuando el sedicente guardián de la ley se convierte en su atacante; criminal, con todos los agravantes. Cuando a ese malhechor le subsidiamos su capacitación, placa, pistola, patrulla, poder. Y el canalla traiciona todo eso, junto con tipo de normas y juramentos.

 

Y esa corporación policíaca (la que no me deja circular 100 metros sin extorsionarme con penas infames si olvidé la verificación) se hace cómplice de sus fechorías cuando lo deja armar un anticonstitucional retén para sorprender a sus víctimas y atacar la propiedad, la libertad, la integridad, la vida, y todo derecho ajeno. Es la misma corporación implacablemente protectora de la ley, la que puede tomar entre los dientes. Es la misma corporación que diseñó y armó una extorsión para convertir en criminales a unos jovenazos que querían divertirse en una tardeada, robarles dinero y celulares, retratarlos al estilo criminal, y esquilmar a sus asustados padres al menos un millón de pesos para liberarlos. Es la misma corporación que averiguaba la mayoría de edad de las muchachas, con el novedoso método de desvestirlas. Es la misma gente que se ha degenerado a un nivel que jamás conocen las bestias, ajenas a la humana ventaja de la consciencia.

 

Esa misma autoridad no actuó cuando linchaban a policías federales. Defendía los linchamientos, usos y costumbres del pueblo profundo. Cobran todos ellos en el mismo gobierno que no reconoce al gobierno federal, pero (sin resultados observables) dice que se coordina divinamente con él. Y subsidiamos sus peleas políticas y consultas. Y se quejan de que se politicen temas incómodos culpa del GDF, pero politizan cuanto viene a modo al pejepatrón. La seguridad pública, ¿qué importa, frente a la política? ¿Y el poder?

 

Esos jóvenes no llegaron a vivir un futuro que anhelaban (como hizo a sus propios 14 quien estas líneas lee) pero la policía capitalina armó un negocito. Ahora, otro negocito policiaco corta a un muchacho todo lo que, en un largo porvenir, podría haber sido. Unos y otros tienen padres que, como tales, miraban en sus hijos una esperanza: cada hijo —al menos, así lo atestiguo— es un acto de fe. Una esperanza en el futuro. La encarnación de un amor humano.

 

La autoridad criminal no conoce esos sentimientos. No habrá que extrañarnos; el ciudadano hace mucho, muchísimo tiempo que ha superado —en todo— a las autoridades, con su ambición enferma por el poder y el dinero, pase lo que pase.

 

Escribo estas líneas en el día mismo en que me entero de que, por primera vez, seré abuelo. Albergo encarnada, a veces desesperadamente, el deseo de que las vidas nuevas que están en ciernes merezcan algo mejor que un gobierno convertido en criminal. Que no les ocurra nunca lo que a los jóvenes cuyas muertes evitables hoy lloran sus padres y amigos.

 

Esas emociones encontradas me hacen dedicar este artículo a la memoria de un muchacho de 14 años a quien no conocí, y a la nueva esperanza de vida que hoy conocí. Nuevo mexicanito que vienes al mundo, te guarde Dios.

 



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Los dos enemigos del pueblo son los criminales y el gobierno. Atemos al segundo con las cadenas de la Constitución para que no se convierta en la versión legalizada del primero.

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