MIÉRCOLES, 12 DE NOVIEMBRE DE 2008
¿Quién gana con la tragedia?

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El punto sobre la i
“Si del derecho a la vida se desprende el derecho a defenderla, del derecho a defenderla, ¿no se desprende el derecho a la portación de armas?”
Félix de Jesús


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“La muerte de un político decente y de un operador eficaz, le convienen al enemigo.”


En México, un político limpio, bien intencionado y decente es tan escaso como un cisne negro. Hay pocos, pero los hay. Uno de ellos ha perecido trágicamente.

 

En México, un policía eficaz que se anota sonados triunfos en la lucha más importante que libra este país —contra la criminalidad organizada— es tan escaso como los garbanzos que pesan una libra. También sucumbió. Venían volando juntos.

 

¿Era Mouriño un excelente secretario de Gobernación? Quién sabe. ¿Tenía suficiente experiencia? Creo que no. ¿Era bien visto por la oposición más cerril? Decididamente no, si tanto hurgaron en su historia y genealogía para mejor calumniarlo, insultarlo, zaherirlo, sobajarlo y ensuciar su nombre.

 

¿Era Vasconcelos un perseguidor eficaz contra la delincuencia organizada? Así parece, si mereció al menos dos atentados tras dos décadas de combatir narcotraficantes. ¿Era el mejor para ese trabajo? No lo sé. ¿Le temían? Supongo, si su cabeza valía 5 millones de dólares.

 

La muerte de un político decente y de un operador eficaz, le convienen al enemigo. Un hijo me dijo, no en tono de pregunta sino de queja vital, ¿por qué la gente más nefasta tiene que seguir viva y actuando, mientras Mouriño se muere?

 

Respuesta inmediata: los buenos no asesinan. Pero aunque no sea asesinato —no lo sabemos aún—, parece haber una constante: los hijos de las tinieblas son más sagaces que los hijos de la luz, decía el evangelista Lucas. Y no les importa usar los medios que sean.

 

Rememoro otra muerte trágica, la de Manuel Clouthier, otro empresario metido a político; el verdadero oponente del PRI en 1989. Aparte de vulnerar duraderamente al PAN, su “accidente” le cercenó a México una oferta política liberal, novedosa, valiente, enjundiosa, inteligente, que mucha falta nos ha hecho.

 

Un enemigo muerto es muy conveniente. Allí está el peor ejemplo de asesino político, Álvaro Obregón. Más recientemente, cualquier decapitador ajustador de narcocuentas. Y con Mouriño y Vasconcelos, sus muertes son tan útiles para el bando de enfrente, que parecen demasiada casualidad. La de Mouriño, además, lastima en la carne y el alma a otro hombre limpio llamado Felipe Calderón. Para nuestros enemigos, gente así es detestable, perjudicial, estorbosa. Ahora, nuestro futuro será más difícil. Pero no todo es negro. Si nuestros enemigos no están mancos, nosotros tampoco.

 

Ha servido esta tragedia para que el gobierno federal informe magníficamente a un pueblo suspicaz, desconfiado, desorientado, agotado por las mentiras y la demagogia, y que busca responsabilidad en los mensajes públicos. El presidente y el secretario Téllez podrían iniciar un nuevo estilo si nos siguen diciendo la verdad. Podría resultar demoledora otra maraña de mentiras o reserva de datos por 12 años al estilo Fox con el helicopterazo de Martín Huerta, o López Obrador con su segundo piso.

 

Puede también servir para la unión de este país y ayudar a poner de lado —así sea por tres días— la inveterada pequeñez y chata visión de nuestros políticos. Hasta algunos enemigos de Mouriño y de Calderón se han condolido. Podrá ser el supersticioso miedo a que el muerto venga a cobrarles las insidias y mentiras con que pretendieron implacablemente ensuciarlo mientras estaba vivo, o quiero suponer algo de auténtico en reconocer mérito a un patriota, o hasta un hálito de compasión por su espantosa muerte.

 

Toda tragedia es oportunidad. Felipe Calderón podrá y deberá mostrar grandeza, generosidad histórica, estatura de estadista; reestructurar su gabinete, golpear el timón, inaugurar un mejor estilo de gobierno, dejar trabajar a su pueblo, y decirnos la verdad: toda la verdad. Nuestro futuro puede no ser una continuada tragedia.

• Mouriño

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