MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO DE 2009
Equilibrios y estímulos

Según usted, ¿cómo le está yendo a la economía mexicana?
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Bien
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Muy mal



El punto sobre la i
“¿Es que Dios quiere prevenir el mal, pero no es capaz? Entonces no es omnipotente. ¿Es capaz, pero no desea hacerlo? Entonces es malévolo. ¿Es capaz y desea hacerlo? ¿De dónde surge entonces el mal? ¿Es que no es capaz ni desea hacerlo? ¿Entonces por qué llamarlo Dios?”
Epicuro


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“El costo final de la crisis, mismo que ninguna maniobra macroeconómica podrá restaurar en el corto plazo, es que varios agentes económicos no tendrán acceso al crédito por varios años—a menos de que, como personas y como países, respetemos los principios de responsabilidad fiscal.”


Después de contabilizar cuentas, hay que pagarlas—y eso, en parte, está detrás del reciente compromiso de la administración de Obama de investigar cómo se podrá regresar a un equilibrio fiscal.

 

No es asunto de derecha o izquierda, de ideologías, o del supuesto desplome del “consenso de Washington” (el cual se anuncia a cada rato, tanto en buenos tiempos como en malos). El principio de sentido común fiscal que informa la necesidad de buscar un equilibrio en las finanzas es que no se puede gastar más de lo que uno tiene. Para una economía, financiar un déficit fiscal implica más impuestos, o mayor inflación, o más deuda (impuestos a futuro) —o una combinación de estos tres.

 

Los costos del actual paquete de estímulo ascienden a tres billones de dólares (“trillions”), o sea, un poco más del 20% del ingreso nacional estadounidense. Es muy posible que el costo final sea mayor, como lo fue en nuestro caso particular, cuando el costo final de la deuda del Fobaproa resultó ser más de cinco veces mayor al estimado original. A ello, hay que añadir el costo del expansionismo monetario que ha iniciado la “Fed,” lo que inexorablemente significará mayor inflación en el futuro cercano.

 

También se debe considerar el costo de oportunidad de estos paquetes, el efecto que tendrá en desplazar capital que podría haberse destinado a proyectos con mayor productividad—lo que en el lenguaje económico se denomina el efecto “crowding out.”

Este escenario se traduce en uno de los momentos de mayor complejidad para la economía estadounidense en muchos años, quizás desde la Gran Depresión. Hoy, hay millones de casas vacías (unas recién terminadas), así como enormes inventarios en autos, muebles, bienes y artículos de lujo. No hay paquete de estímulo fiscal que pueda reparar el daño hecho por la burbuja inmobiliaria. Mejor, de una vez, pensar en cómo regresar a los principios de estabilidad y prudencia fiscal.

 

Un análisis de las consecuencias de la crisis es que la burbuja inmobiliaria no será pasajera—a diferencia, por ejemplo, de la burbuja “punto.com” a principios de la década. Hubo dos factores capitales, ambos derivados de la irresponsabilidad fiscal y laxitud monetaria. Por un lado, los años de “dinero fácil” generaron una inflación en el precio de los activos, como las casas y los inmuebles. Pero esta inflación resultó más amplia de lo esperado, gracias a la política federal de relajar las normas para créditos inmobiliarios, al grado que se lo podría prestar a quién solicitara préstamo.

 

Esta combinación resultó ser una receta para la toxicidad financiera. El costo final de la crisis, mismo que ninguna maniobra macroeconómica podrá restaurar en el corto plazo, es que varios agentes económicos no tendrán acceso al crédito por varios años—a menos de que, como personas y como países, respetemos los principios de responsabilidad fiscal.

• Crisis / Economía internacional

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