MIÉRCOLES, 17 DE JUNIO DE 2009
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“Tarde o temprano, la acumulación de deuda tendrá que reventar. Por ello, urge un nuevo compromiso con la vieja sabiduría popular de que no se puede gastar (por lo menos en forma indefinida) más de lo que se tiene.”


Después de la borrachera financiera del mundo desarrollado (elegantemente popularizado como un “estímulo” económico), deberá venir la cruda realidad—y junto con ello, una cuenta fiscal de proporciones astronómicas.

 

Parecería que el mercado financiero global se está adelantando ante la posible pérdida de confianza con la unidad dólar, concretamente con los bonos del tesoro, los cuales ya están pagando tasas ligeramente abajo del 4% anual, cuando en diciembre del año pasado todavía registraban techos del 2%. Increíble, pero cierto.

 

La caída de ingresos fiscales, junto con la fuerte desaceleración económica, ha propiciado una escalada de deuda pública para financiar rescates, estímulos, planes especiales de inversión, seguros de desempleo, y otras aventuras fiscales. Ello implica un aumento gigantesco en las deudas de los países más ricos, con proyecciones de un nivel arriba del 100% del producto nacional para los próximos cinco años.

 

Hace tan solo seis meses presenciamos la salida en masa de capitales hacia el refugio seguro de los bonos estadounidenses. Ahora, si el mercado global confirma los hechos, la seguridad del riesgo soberano de la deuda estadounidense empieza a caer, ante la expectativa que se está abusando del medio monetario para amortizar la deuda pendiente (es decir, monetización de la deuda).

 

El fantasma del caninismo monetario recorre al mundo—con memorias de caer en las tentaciones lopezportillistas para usar el proceso inflacionario como medio para licuar las nuevas obligaciones fiscales de la economía estadounidense.

 

Hace poco, la Canciller alemana Angela Merkel declaró una primera alarma, al sentenciar que los bancos centrales estaban siendo demasiado “acomodaticios” ante las presiones del proceso político. Una cosa, decía la misma líder del país que sufrió la peor hiperinflación del siglo pasado, es tomar medidas de emergencia para neutralizar la parálisis observada en la llamada “velocidad” monetaria—cosa que hicieron varias instituciones centrales después del colapso financiero del año pasado.

 

Empero, las medidas de emergencia se han transformado en una política activa de compra de activos tóxicos y compra de títulos de deuda estadounidense, por parte de la “Fed.” A su vez, este activismo fiscal pone en entredicho la independencia de la banca central estadounidense, al actuar no en forma autónoma, sino automática, al servicio de la alegría fiscal de la administración obamista.

 

Aquí enfrentamos un dilema capital: si aumentan las tasas de interés para remediar presiones inflacionarias, se pone en riesgo la fuerza de la recuperación; pero si se sigue la ruta actual, se pone en riesgo la confianza en el riesgo soberano de la deuda del mundo desarrollado.

 

Tarde o temprano, la acumulación de deuda tendrá que reventar. Por ello, urge un nuevo compromiso con la vieja sabiduría popular de que no se puede gastar (por lo menos en forma indefinida) más de lo que se tiene.

• Crisis / Economía internacional

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