MIÉRCOLES, 21 DE OCTUBRE DE 2009
Dolores fiscales

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Roberto Salinas







“Hay que reconocerlo: lo mejor que nos podría pasar es que se acabe el petróleo, para que así nos veamos obligados a realizar los cambios requeridos en nuestro doloroso laberinto fiscal.”


La semana pasada, la gran noticia: el acto económico más importante en dos décadas. Esta semana, sin embargo, volvemos a la realidad: las im-posiciones que se proyectan para el paquete económico del año entrante.

 

Los dolores fiscales que se avecinan son resultado de un círculo vicioso que se ha convertido en un pasivo estructural. La fauna política de presidentes municipales, gobernadores, legisladores, y varios otros, rehúsan bajar los niveles de gasto. Pero, a la vez, rehúsan realizar los cambios en el laberinto tributario que disminuya en forma radical la dependencia fiscal sobre la factura petrolera.

 

Los grandes hoyos fiscales que se derivan de la caída en ingresos implican una misión imposible: financiar el gasto, sin recurrir a una expansión del déficit que nos tumbe el grado de inversión, pero sin recurrir también a los ajustes estructurales en el sistema tributario que un sistema fiscal eficiente requiere.

 

El resultado es una mega-miscelánea donde impera la desperación recaudatoria de los virreyes hacendarios: ¡Que no al IVA! ¡Y no al 2%! Ah, entonces, mejor un 30% de ISR, al fin que pagan los ricos, hijos de su tal por cual (como si ello significara un aumento real en la tasa efectiva); no, bueno, quizás, un 4% de impuesto al sector de telecomunicaciones; sale, no, mira, mejor un 3%, pero entonces, un empujoncito al IVA al 16%, pero ojo, con la soberana tasa cero a alimentos y medicinas (la cual, por cierto, beneficia a las familias que sí pueden pagar sobre las familias que no pueden en una proporción de cuatro a uno).

 

Los lamentos de Lolita, sin duda.

 

Esta incertidumbre en el futuro fiscal seguirá representando un alto costo de transacción en la medida que sigamos viviendo al revés: financiando gastos recurrentes con ingresos no recurrentes. De hecho, nos atrevemos a decir: lo mejor que le podría pasar al país es que se acabe el petróleo (ya merito), para que por fin nos obligue a realizar los cambios estructurales en nuestro universo fiscal (egresos como ingresos) que el país requiere.

 

Lo más doloroso de este debate (y ora ¿como le hacemos pa’ financiar el hueso?), es que aquella valiente propuesta de un impuesto único para eliminar el laberinto fiscal de privilegios, complejidad, y baja tributación, quedó rebasada—por la izquierda, por la derecha, por el centro, por todos lados.

• Reforma fiscal

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