MIÉRCOLES, 28 DE OCTUBRE DE 2009
Sin sentido de urgencia

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“El debate fiscal no debe ser sobre mejorar la recaudación, sino sobre los límites del gasto público, y lo que la sociedad espera del gobierno.”


El desastroso engendro tributario que nos dará va más allá del (muy entendible) rencor popular con el proceso político. Los diputados, con sus números alegres, con su total falta de visión estratégica, nos generan un paquete lleno de parches, una gran miscelánea fiscal. Los senadores hablan de modificar esto y aquello, quitar aquí, poner allá, en el mismo tenor, sin sentido de urgencia más de cómo financiar los huesos del sistema.

 

La factura de este ir y venir, de esta falta de visión estratégica, será muy cara, y vendrá más pronto de lo que los iluminados de la partidocracia quieran suponer, por medio de la evasión estructurada, o peor aún, por medio de la desinversión. Esta es una factura generada por los altos costos de la inestabilidad fiscal.

 

Este concepto, bautizado así por Ruth Richardson, la arquitecta de la reforma estructural neozelandesa en la década pasada, se basa en la descripción de los efectos que cambios constantes a las leyes del régimen tributario generan en una comunidad económica. Un año, bajamos impuestos; otro, aumentamos un impuesto especial; otro más, se nos ocurre una nueva batería de impuestos. Y, este año, vaya, llevamos ya un número “n” de versiones sobre lo que viene.

 

El privilegio de unos, nos dice Richardson, es la pérdida de otros. Una exención fiscal aquí significa un mayor impuesto acá. El debate fiscal no debe ser sobre mejorar la recaudación o sobre otorgar incentivos en sectores especiales. El debate debe iniciar con un examen sobre el gasto público, sobre lo que la sociedad espera del gobierno. Si se exige más gasto, o gasto igual, habrá que pagar la factura: con nuevos impuestos, con inflación, o con futuros ingresos de generaciones futuras (deuda pública).

 

Por lo mismo, un marco fiscal exitoso debe procurar definir un régimen de largo plazo que brinde estabilidad fiscal. Las decisiones empresariales no deben ser función de trucos fiscales, de si adoptamos o no ciertas estrategias en función de la nueva miscelánea, o si cambiamos tal plan de compras dadas las nuevas imposiciones. Si las reglas cambian al tenor de dedazos hacendarios, o caprichos legislativos, el efecto final será la fuga de capitales.

 

O así, por lo menos, me han dicho ya varios colegas, varios empresarios, hartos de más de lo mismo, de este sin sentido de urgencia de nuestra clase política.

• Reforma fiscal

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