MIÉRCOLES, 6 DE ENERO DE 2010
Futuro sin futuro

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“El futuro de las reformas será mediocre, sin futuro, en ausencia de un clima que respete los derechos de propiedad y facilite las transacciones económicas.”


Las perspectivas de recuperación económica para este año de bicentenario no son congruentes con las necesidades de una cultura de crecimiento. Por un lado, la gran parte de esta recuperación será generada por un efecto rebote. Por otro lado, la tasa prevista será, nuevamente, muy inferior a la que exige una sociedad agotada por ciclos de crecimiento absolutamente mediocres.

 

En suma, este año, con todo y sus ritos de celebración, será otro año más. Ha pasado una década desde que tuvimos el privilegio de debatir ¡si la economía se está “sobrecalentando”! Y este es un reflejo más de un futuro sin futuro, de vivir a costas de rentas, monopolios, privilegios, corrupción, sin rumbo, sin reformas, sin un sentido de urgencia sobre como asegurar una cultura de alto crecimiento sostenido.

 

La década pasada se caracterizó por ciclos de contracción, por frustración, pero sobre todo por oportunidades perdidas. La agenda de reformas estructurales se vio secuestrada por un cuello de botella político, con un común denominador: la falta de liderazgo, la falta de visión, más allá de la retórica, más allá de nuestro clásico “arriba y adelante.”

 

Díez años más tarde, seguimos en el mismo debate: lograr las reformas que nos transformen en una economía con mayores niveles de productividad, con menores costos de transacción. La idea fundamental detrás de una transformación económica va más allá de la coyuntura—de elevar la recaudación en tal o cual año, de políticas contra-cíclicas, de un programa especial de financiación. En el fondo, un orden de crecimiento depende de derechos de propiedad bien definidos, donde la figura legal del contrato sirve para ver hacia el futuro, no para diseñar una salida, en caso que las cosas no salgan como una parte quisiera.

 

Si las reformas no parten de este principio, será muy difícil que pasemos de un crecimiento inercial, mediocre, dependiente, a un crecimiento estructural, sostenido, independiente de los ciclos y los contra-ciclos.

 

Bajo este criterio, las actividades principales del gobierno deben procurar velar por un marco jurídico que permita a los seres cotidianos definir el valor de los bienes, organizar los factores de producción, así como distribuir bienes y servicios ofrecidos.

 

El futuro de las reformas será mediocre, sin futuro, en ausencia de un clima que respete los derechos de propiedad, que facilite las transacciones económicas, y que alimente la fuerza capital de una cultura de crecimiento: los incentivos.

 

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