Jaque Mate
Mar 11, 2010
Sergio Sarmiento

Nava deja San Lázaro

Hubo un tiempo en que un político podía dedicarse sin problemas a dos responsabilidades tan distintas como legislar y dirigir un partido. Pero en esos tiempos todas las decisiones importantes, para el Congreso y para los partidos, salían del mismo lugar, Los Pinos.

César Nava, el presidente nacional del PAN, anunció la decisión el 2 de marzo de pedir licencia como diputado federal hasta el próximo 5 de julio, esto es, después de la campaña electoral que se está llevando en la actualidad. Nava no era el único líder de un partido en ocupar una curul en el Congreso. También Beatriz Paredes ha combinado su papel como presidenta nacional del PRI con una representación popular en el Congreso.

 

En principio la decisión de Nava parece ser simplemente práctica. El PAN se está jugando buena parte de su capital político en las distintas elecciones a gobiernos estatales que se llevarán a cabo este año y que coinciden en buena medida el 4 de julio. Es lógico que el presidente quiera concentrarse en el esfuerzo que llevará a cabo su partido en este lapso. El futuro político del ex secretario particular del presidente Felipe Calderón dependerá mucho más del desempeño del PAN en esos comicios que de su posible actuación como diputado.

 

Quienes están atentos a lo que ocurre en la Cámara de Diputados, de hecho, señalan que Nava ha venido prestando cada vez menor atención a las responsabilidades que ahí se dirimen. Con frecuencia ya no participa en sesiones y ni siquiera en votaciones importantes. La mayor parte de su tiempo parece dedicada al trabajo como presidente del partido.

 

Hasta cierto punto lo mismo ocurre con Beatriz Paredes, quien se ve distraída de sus responsabilidades como legisladora por el trabajo que lleva a cabo en sus tareas como presidenta del PRI.

 

Hubo un tiempo en que un político podía dedicarse sin problemas a dos responsabilidades tan distintas como legislar y dirigir un partido. Pero en esos tiempos todas las decisiones importantes, para el Congreso y para los partidos, salían del mismo lugar, Los Pinos. La labor fundamental que debía hacer un político era mantenerse cercano al presidente. Asistir a sesiones en el Congreso o coordinar los esfuerzos del partido eran responsabilidades que podían manejarse a distancia o a través de asistentes.

 

Nava afirma que la decisión de dejar la diputación la tomó él en lo personal y que no recibió órdenes del presidente Calderón, a quien se le atribuye su ascenso a la máxima posición del PAN. Y quizá sea cierto. Poco podía ganar Nava de su permanencia en estas dos labores que cada vez se vuelven más exigentes. Según sus propias declaraciones, cobraba sueldo como diputado pero no como presidente del PAN. A partir de ahora cobrará como jefe del partido pero no como legislador, pero no correrá el riesgo de que alguien llame la atención a a su creciente ausentismo de la Cámara.

 

El problema es que las dificultades del PAN no pueden arreglarse simplemente por dejar de tener un presidente de medio tiempo. El partido de gobierno está llegando a esta temporada electoral en medio de una recesión, de un alto nivel de desempleo y de una oleada de violencia que afecta a millones de mexicanos. Ni 10 ni 25 horas de trabajo diario garantizan el triunfo ante estas circunstancias tan complejas.

 

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El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

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