Nostalgia del porvenir
Mar 11, 2010
Fernando Amerlinck

La Cámara de los Corrientes

No sé de qué sirva esta democracia que según el IFE crece y crece y con ella crecemos todos y todas, cuando sólo crecen los políticos y sus partidos.

"El infierno es la imposibilidad de la razón” hace decir Oliver Stone a Charlie Sheen en la infernal película Platoon (1986), sobre la no paradisíaca vida de los combatientes en la aventura criminal de Johnson-Nixon-Kissinger en Vietnam.

 

No sé por qué evoco eso cuando veo cómo razonan en la CGH (¡perdón!) H. Cámara de Diputados los representadores de las entidades de interés público (sic), los chupaimpuestos partidos políticos.

 

No sé por qué recuerdo a Sartre: “el infierno son los otros” (Huis-clos, 1944), cuando presencio cómo otros —que no somos nosotros— hacen extorsiones fiscales, parafiscales e ilegales y extraen su mermadísima riqueza a la sociedad productiva no ligada al poder, sin dar cuentas a nadie.

 

No sé por qué me acuerdo de Calígula y de su circo —perdón a quienes ejercen la noble profesión circense— cuando la diputería se sube a la tribuna para hacer lo suyo: velar por la patria con mensajes de cantina —perdón a la útil profesión de los cantineros— o pleitos casi de box —perdón al dudoso deporte del pugilismo— o haciendo acusaciones de verdulera —excusándome por la incorrección política de denigrar tan noble y femenino oficio. Pero el boleto no da para mucho; ni siquiera está en televisión abierta el Canal del Congreso, versión desmoderna del Coliseo romano.

 

No sé, a tanto no saber, de qué sirva esta democracia que según el IFE crece y crece y con ella crecemos todos y todas, cuando sólo crecen los políticos y sus partidos.

 

No sé por qué sea tan buena esa creciente democracia que buscamos y soñamos por décadas de fraudes patrióticos. Ilusos, creíamos que cuando no robaran votos vendrían gobiernos más eficaces y menos voraces. La alternancia de colores no alteró las viejas prácticas.

 

No sé por qué esta democracia es inútil para atender las preocupaciones permanentes de los mexicanos, como para celebrar 200 o siquiera 100 años de tanta eficacia. No sé por qué algunos creen que estábamos mejor cuando estábamos peor.

 

No sé, finalmente, por qué evoco a aquellos congresos que se daban vuelo en el arte efímero de la oratoria cuando Iturbide dimitió y no había gobierno, y se incubaron guerras civiles sin fin. O se golpeaban en discursos y acusaciones mientras los gringos se robaban territorio o nos invadían en Veracruz. Y qué bien explicaban las desventuras de la patria endilgando culpas al adversario político y gritando ¡Viva México!

 

Sí sé por qué, ante el edificante espectáculo de tantos curuleros imitando cotidianamente a sus meritorios antecesores, evoco a un representante popular que hablaba así en 1936 (no recuerdo si algún colega suyo le aventó monedas, sentó una piñata de Pinocho en su curul o lo acusó de tener una piedra en la cabeza):

 

“El gobierno simplemente no puede ponerse de acuerdo… de modo que entra en una extraña paradoja: decidido a ser indeciso, resuelto a ser irresoluto, porfiado en la deriva, sólido en la fluidez, todopoderoso en su impotencia. Entonces vamos preparando más meses o años —preciosos, acaso vitales para la grandeza de la Gran Bretaña— para que se los coman las langostas.

 

“Si seguimos así —y no veo qué poder pueda evitarnos el seguir así— algún día nos enfrentaremos a un terrible llamado a cuentas… Espero que los miembros de la Cámara de los Comunes se eleven encima de las consignas de sus partidos y entiendan que el conocer dónde estamos parados es un asunto que afecta nuestras libertades y nuestras vidas… Gracias a tal desdén, y ante las más claras llamadas de atención, hemos entrado en un período de mayor peligro… El tiempo de dejar las cosas para mañana, de las medidas a medias, de los expedientes tranquilizadores, y de los retrasos, ha llegado a su fin. Ahora hemos entrado a un período de consecuencias.”

 

Sin embargo, esta premonición de Winston Churchill palidece ante los dechados de patriotismo, responsabilidad, inteligencia y buen gusto que se expresan cotidianamente —esté o no secuestrada la tribuna— en nuestra Cámara de los Corrientes.



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Cualquier conducta humana puede ser objeto de una ley. Por ejemplo: Ley para el buen cepillado de los dientes o Ley para la correcta colocación de los anteojos. Si la tarea de los legisladores es hacer leyes, les sobra tela de donde cortar. ¡Preocupante!

Arturo Damm Arnal
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