LUNES, 22 DE MARZO DE 2010
Sonora SI: Entre el mito y la realidad

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“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Edgar Piña







“El plan Sonora SI, en mi opinión, tiene una falla del 93.5% de su planteamiento. Si esta aseveración le parece atrevida, descabellada e insana le pido al amable lector una poca de paciencia para conocer los argumentos que la sustentan.”


El plan Sonora SI (Sistema Integral) del gobernador Guillermo Padrés Elías para solucionar los problemas del agua en la entidad es, según se explica en el sitio oficial del gobierno estatal, una solución de ingeniería visionaria e inteligente que se propone modernizar y administrar los recursos hidráulicos disponibles en el estado. Es la suma de ideas, experiencias y esfuerzos de todos los tiempos se dice, y en ello estamos de acuerdo, siempre y cuando nos refiramos sólo a experiencias y esfuerzos locales.

El plan Sonora SI, en mi opinión, tiene una falla del 93.5% de su planteamiento. Si esta aseveración le parece atrevida, descabellada e insana le pido al amable lector una poca de paciencia para conocer los argumentos que la sustentan.

 

De acuerdo a la información del Plan Sonora SI el volumen de agua que se consume en Sonora asciende a 6,575 millones de metros cúbicos (MM3), de los cuales el 93.5% se utiliza en agricultura y ganadería y el resto, sólo el 6.5% es usado para uso doméstico, industrial y servicios.

 

También se informa en el sitio del Gobierno de Sonora, que del volumen total consumido el 35% se desperdicia (2,298MM3) y el sector agrícola participa con el 31% de ese desperdicio lo que equivale a 728 MM3.

 

Mi percepción del asunto, sin embargo, es que en realidad es el 93.5 % del agua utilizable lo que se desperdicia y estoy seguro que con esta afirmación mis amistades me van a sacar la vuelta y mis modestas fuentes de ingreso se encuentran en riesgo de desaparecer, pero tengo que decirlo.

 

Ya en otras oportunidades he defendido la tesis de que Sonora no tiene las condiciones naturales para sustentar el tipo de agricultura y ganadería que se ha venido explotando por décadas y en este mismo espacio he discutido sobre los mitos de la economía sonorense y al parecer las refutaciones han sido escasas y débiles, por lo cual puedo pensar que los fundamentos de mis planteamientos son válidos. Permítame entonces en esta ocasión arrimarme a la sombra de un par de economistas, clásico uno y contemporáneo el otro.

 

Como todo economista sabe, o debería saber, el inglés David Ricardo (1772-1823) al observar la realidad del mundo de principios del siglo XIX elaboró la teoría de las ventajas comparativas según la cual los países deberán de dedicarse a aquellas actividades productivas para la cual tengan ventajas comparativas, es decir, recursos naturales, clima, habilidades humanas y disposición para el trabajo, entre otras. En estas condiciones el desarrollo de las economías deberá de fundarse en el intercambio comercial de aquellos bienes cuya producción resulta más ventajosa para cada país.

 

El otro árbol al que deseo acercarme es el norteamericano Michael Porter (1947), ingeniero mecánico y doctor en economía, al que después acudiremos, una vez que el señor Ricardo me defienda en mi punto de vista 93.5% políticamente incorrecto.

 

Los hombres de pistola y traición que ganaron la llamada revolución mexicana de 1910, lo mismo que los presidentes revolucionarios, nacionalistas y proteccionistas que les sucedieron en el poder a lo largo del siglo XX, jamás oyeron hablar de David Ricardo y si lo hicieron la teoría de las ventajas comparativas por él defendida los tuvo sin cuidado.

Lo que sí hicieron los detentadores del poder en México, prácticamente hasta que Miguel de la Madrid incorporó a nuestro país al Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio en 1986, fue cerrar puertos y fronteras para evitar la entrada de todo tipo de mercancías al amparo de la política de sustitución de importaciones, según la cual, lo que los productores nacionales necesitan es la protección gubernamental para satisfacer las necesidades de la población y desarrollarse libre de la competencia desleal e invencible de los países poderosos.

 

La agricultura y la ganadería extensivas sonorenses, en estas condiciones crecieron y crecieron a costa del ecocidio mayúsculo, hasta que la naturaleza en protesta, pasó su factura de ausencia de lluvias, sequías, desertificación y salinización de tierras, por mencionar las consecuencias más obvias de la aberración productiva.

 

A finales del siglo pasado, nuestro segundo abogado, luego de observar los procesos de desarrollo de ciudades y regiones del mundo hoy desarrolladas, nos obsequió la teoría de las ventajas competitivas, de acuerdo a la cual, las naciones, no obstante carecer de ventajas comparativas, pueden construír ventajas competitivas, siempre y cuando las fuerzas productivas y los gobiernos se comprometan en estrategias genéricas dirigidas a conquistar los exigentes mercados de la actualidad.

 

Nada o muy poco de lo que estos célebres economistas recomiendan, ha sido tomado en cuenta por los gobiernos y los grupos de empresaurios(sic) que han dominado el panorama económico y político de Sonora, no obstante que la realidad de las tendencias productivas refuerzan las teorías ricardianas y portereanas.

 

Es necesario repetirlo, hasta que se demuestre lo contrario, que en el desierto de Sonora la agricultura cerealera es una aberración productiva frente a las magnas extensiones de cultivo en regiones frías de tierras húmedas y veranos lluviosos, en las que además los agricultores sí se ocupan en construir ventajas competitivas, en base a tecnologías de avanzada con las que evitan, ya no digamos aniquilar, sino sólo deteriorar los recursos naturales.

 

Por esto es que afirmo, que lo que en estos momentos se debería de estar discutiendo, al mismo tiempo que la viabilidad de tal o cual solución al abasto de agua, es la sustentabilidad de la actividad agrícola y ganadera en Sonora. Este y no otro es el tema sustancial de la economía sonorense. Ah y déjeme decirle que leer a David Ricardo y a Michael Porter no es causa directa de tener que visitar al psiquiatra y sí es, en cambio, una ventaja competitiva.

 


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