Nostalgia del porvenir
Jun 7, 2010
Fernando Amerlinck

De tigres, elefantes y tsunamis

México se enfrenta a un tsunami amarillo que pone a prueba su competitividad, su perfil, su identidad y, de plano, su relevancia ante el mundo.

No hablo del color de algún partido político sumamente partido, desprestigiado y poco relevante para abrir el futuro o nada que valga la pena para desarrollar este país. El tinte amarillo no viene de fuerzas internas. El color amarillo distingue a la gente de Asia.

 

Asia es continente de tsunamis: grandes olas nacidas del movimiento de profundísimas placas tectónicas que en tierra producen terremotos y en agua generan maremotos, cuya ferocidad vivieron los infelices que disfrutaban de la paradisíaca playa tailandesa de Phuket durante la Navidad de 2004.

 

Las placas tectónicas de Asia —su profundidad cultural, que acabo de presenciar en un largo viaje por aquellos lugares— anclan raíces en terreno profundo: heredan de Confucio su visión de la vida; comparten con los plantadores de arroz el hábito del trabajo duro, exacto y oportuno; y las ayudan gobiernos sabios e inteligentes que han entendido —a diferencia de lo que han aprendido por nuestros tecnoeconomistas en el económicamente decadente Estados Unidos— que bajar severamente los impuestos y la intervención extralógica del gobierno en la acción productiva estimula decisivamente a una economía. Y se mejora radicalmente la recaudación. Han sabido entender que para que sus pueblos lleguen a ser algo, necesitan un rumbo. Por obvio, qué difícil de entender…

 

Las metáforas geofísicas son tan útiles como las zoológicas: Asia produce tsunamis, pero también tigres, dragones y elefantes. En México hay jaguares (mejor dicho, los había, cuando también abundaban los árboles).

 

Tigres: en Asia, hace dos décadas se manifestó un fenómeno deslumbrante, cuatro países pequeños con pocos recursos naturales que en sólo una generación pasaron del tercer mundo al primero, con una envidiable prosperidad para sus pueblos: Singapur, Hong Kong, Taiwán y Corea del Sur.

 

A esa selecta lista de tigres se han agregado recientemente dos tremendas bestias: un siempre antipático dragón, el chino. Y un siempre agradable elefante, India.

 

Esos dos gigantes amenazan desde hace rato a los países que no tienen decisión, ni fuerza, ni aguante, ni talento ni lo que hay que tener para ser relevante ante el mundo. Según Robyn Meredith, China se convierte rápidamente en la fábrica del mundo, mientras que India se convierte en su oficina tras haber generado una poderosa economía de servicios que pasó de la rueca a la fibra óptica luego de que a principios de los años 90 decidió abandonar las dos ruedas de molino seguidas desde su independencia y que en más de cuatro décadas mantuvieron a su pueblo en la pobreza: el antiindustrialismo de Gandhi, y el socialismo de Nehru.

 

Lo ha dicho el editorialista indio Gurcharan Das sobre la democracia de libre mercado que más velozmente crece en el mundo: “India nunca será un tigre. Es un elefante que ha empezado a menearse y a avanzar… Nunca tendrá velocidad, pero siempre tendrá aguante… China está ganando el sprint de arranque, pero nosotros ganaremos el maratón”.

 

Ante tales comparaciones… ¿con qué animal puede compararse México?

 

En tiempos de Salinas fui optimista. Al mirar esos cuatro tigres de Asia, imaginaba yo que México habría de ser un jaguar. Ya no pienso así. Dado nuestro desempeño reciente, otra zoología evoca mejor al México de hoy, la de mediados del siglo XIX. La canción más popular se llamaba Los Cangrejos: “Cangrejos al combate / Cangrejos al compás / Un paso p’adelante / Doscientos para atrás.”

 

Pero los cangrejos playeros son rápidos y ágiles, lo cual no evoca a un país que más se parece a una tortuga (en portugués se dice tartaruga, vocablo más evocador). Vive muchísimos años sin lograr ni hacer gran cosa; a veces es víctima de cazadores furtivos que la matan a palos, o de plano comen sus huevos antes de que puedan originar una cría. Ese animal que a veces muere antes de nacer es lento y con un gran caparazón sin el que no puede vivir. Además es contradictorio: o muere antes de nacer, o es tan longevo que puede sentir legítimo orgullo por 200 años de orgullosa soberanía bajo su sólidamente protector carapacho.

 

Quién sabe si tan acorazado quelonio (de por sí acosado por ratas, cucarachas, dinosaurios, mapaches y parásitos de toda facha) sea suficiente para batirse con un tsunami amarillo que desde Asia le avienta dragones, tigres, elefantes y una buena dosis de tiburones.

• India


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