VIERNES, 6 DE AGOSTO DE 2010
La tiranía correcta y sus amigos

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“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Fernando Amerlinck







“Nadie antes de Lenin había avasallado al individuo con legitimidad utópica, ni pavimentado con tal eficacia su pérdida total a cambio de la abstracta colectividad.”


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Adolf Hitler es paradigma indispensable del Mal. Ejemplo de dictador, asesino, gobernante criminal, mentiroso contumaz; máximo gerifalte de un estado totalitario. Tan siniestro y antipático que todo otro dictador parece niño de kinder.

Pero la historia es injusta con él, y no porque a ese malnacido le falte mérito para ocupar la siempre creciente sección “Nunca más” de la historia. Ni Hitler es el mejor modelo del perfecto Mal, ni fue el único gobernante asesino ideologizado, tecnificado y científico del siglo XX. Sus antecesores y seguidores se llaman Legión.

A Hitler lo legitimó una ideología. No habría podido concitar tanto apoyo sin un cuerpo sólido de postulados racionales. Pero ni el Führer es el mayor gran asesino estatal, ni el III Reich fue la primera artería llamada estado totalitario. El inventor del diabólico estado ideológico y utópico fue un malnacido ruso llamado Vladimir Ilich Ulianov, que a los 32 años adoptó su definitivo seudónimo: Lenin.

“Lenin fue el primero de una nueva especie: el organizador profesional de la política totalitaria” dice el indispensable Paul Johnson. Inventó lo definitorio del siglo XX, que por eso llamo Siglo de Lenin: la extrema violencia y ferocidad de los gobiernos fundados en ideologías de salvación colectiva, sacrificando el derecho de la persona individual. Los más inmediatos y aprovechados discípulos de Lenin fueron un hereje del marxismo llamado Benito Mussolini, el austríaco Adolf Hitler y el georgiano Josef Djugashvili (Stalin). Luego vendrían Ceausescu, Mao, Fidel Castro y toda una caterva de asesinos simpáticos por profesar una ideología de “izquierda”, “popular”, “progresista”, etcétera.

El asunto no es de métodos y resultados sino de justificaciones. Son feroces el conde transilvano Vlad Drakul y el norcoreano Kim Il-sung, salvo que el conde Drácula sólo era un demente ambicioso de poder mientras que el demente ambicioso de poder Kim Il-sung se decía amigo del pueblo, tenía una ideología, y consiguió lo que ni Hitler: trascender a la muerte. Es Presidente Eterno de la “República Democrática Popular de Corea”. (Así lo dice la constitución de ese país. Y el país ¡así se llama!)

No sé qué distinga a un dictador totalitario de otro. Uno se dice nacionalista, otro socialista, otro es revolucionario, otro se llama comunista, otro fascista, otro es internacionalista o nacional-socialista, y todos son obreros y democráticos y populares. Todos presidieron estados totalitarios y todos se justifican con grandes utopías del cielo en la tierra por la acción magnífica y magnánima del Gran Poder. Todos urden explicaciones tranquilizadoras para esconder y justificar sus crímenes: construir el socialismo, para salvación de las generaciones futuras aunque sufran las de hoy.

Todo comenzó en la Rusia de Lenin, donde además de las primeras hambrunas producidas por el poder estatal irrumpió la moderna práctica del genocidio exterminador de clases sociales (Lenin, Stalin, Legión) y de razas (Hitler). Sin necesidad de una guerra mundial Stalin mató (directamente o con hambrunas y colectivización forzosa) a bastante más millones que Hitler (éste a 6 millones de judíos; Stalin a unos 10 de rusos). Ambos dictadores se admiraban e imitaban mutuamente.

Tras casi 6 años de guerra estalló la paz: de 1939 a 1989, la Europa secuestrada perdió dos generaciones en una cortina de hierro (frase original de Goebbels en 1945) en loor a una ideología de genocida salvación. En China, otro megapsicópata llamado Mao destruyó quién sabe a cuántos millones.

El colectivismo utópico fue el denominador común para el estilo del siglo XX al abolir a la persona individual para preferir la colectividad a manos del Estado. Es obra de Lenin aniquilar al individuo y subirlo al ara de los sacrificios como ofrenda propiciatoria para el bien de la colectividad, definido por el partido y por un solo dictador. Quedó sacrificado cada uno, para que le fuera bien a todos.

La voluntad general (ecos de Rousseau, padre intelectual de esa canalla) es una sola. Y claro, en las ideocracias totalitarias el representante legítimo de la voluntad popular es el Partido (Nacional Socialista de los Obreros Alemanes, o Partido Comunista, o Partito Nazionale Fascista, igual da). Y claro, el Partido tiene un Politburó o un Comité Central que instrumenta el bien general. Y claro, ese órgano tiene un líder, Führer o Comandante en Jefe. Claro: “Cuando el pueblo está en el poder ya no hace falta consultar al pueblo. Basta consultar al poder” dice el también indispensable Gabriel Zaid.

Nadie antes de Lenin había avasallado al individuo con legitimidad utópica, ni pavimentado con tal eficacia su pérdida total a cambio de la abstracta colectividad (que también acabó asesinada). Lo primero que hizo Hitler fue, imitando a Lenin, acabar con todo derecho individual.

Curioso: los criminales de “izquierda” siguen teniendo cartel en este continente (he visto pendones de Stalin y Lenin marchando en las calles). Para los opinadores políticamente correctos e intelectuales orgánicos que nos infestan, la dictadura de Cuba sigue siendo legítima pero no la nazi. ¿Quién los entiende?

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