LUNES, 13 DE DICIEMBRE DE 2010
Mercados libres y medio ambiente, ¿peleados?

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“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Godofredo Rivera







“Que los ecologistas crean que los mercados son enemigos del medio ambiente es una postura ideológica que no se sostiene por la realidad. El peor enemigo de los recursos naturales es el mismísimo Estado. Los mercados, en cambio, son los que más valoran los recursos naturales y por tanto es en el contexto de mercados libres en que mejor se cuidan.”


Hace unos años (poco menos de dos décadas en que se hablaba de lo contrario, de una posible “era glacial de la tierra”) en que no se había puesto de moda hablar sobre “el calentamiento global,” México presentaba una de las mayores tasas de deforestación en el mundo (entre cifras estimadas, oficiales y de expertos, perdíamos cerca de un millón de hectáreas de bosque anualmente), producto principalmente de la tala clandestina. Se decía, “en menos de 50 años México perderá todo su territorio forestal.” Un desastre ecológico total.

Por ejemplo, en los medios se cacareaba, “no compres un arbolito de navidad natural porque contribuyes a la destrucción de los bosques.” Cómo me recuerda esa publicidad a los ridículos anuncios de hoy del PRI sobre “apaga la luz por que se inunda Tabasco.” Vaya, ahora los priístas la hacen de “científicos” y conectan eventos inconexos. Lo mismo hacen docenas de periodistas. Ridículos que se oyen.

Al día de hoy, de acuerdo a cifras oficiales, México pierde anualmente alrededor de 160 mil hectáreas de bosques. Los críticos difieren de la cifra (estiman que perdemos anualmente poco menos de un cuarto de millón de bosques), pero coinciden en que en general se ha reducido la deforestación de bosques.

Para entonces (cuando se perdía un millón de hectáreas), ya comenzaban a pulular algunos ecologistas radicales que presionaban al gobierno para que hiciera algo. Sus recomendaciones: intensificar las regulaciones en materia forestal (hacer más burocráticos los permisos para talar un árbol) y los castigos a los taladores.

No faltaban también los ecologistas ingenuos que recomendaban intensificar campañas supuestamente concienzudas para promover que “por cada árbol que tales siembra diez.”

Ambas estrategias no funcionaron simple y sencillamente porque pasaban por alto la ley de la oferta y la demanda y los esenciales elementos de los llamados derechos privados de propiedad.

No fue hasta que algún funcionario competente se preguntó ¿Por qué Europa y EU en vez de perder superficie boscosa anualmente, al contrario, la aumentan? Fue como empezó otra vez a aparecer la causa: el nefasto régimen mexicano socialista de propiedad de la tierra (lo que incluye las superficies boscosas) llamado ejido. Con ese esquema socialista (recursos naturales pertenecientes exclusivamente al Estado), con la ausencia de sólidos derechos privados de propiedad (régimen sólo existente en pequeñas propiedades) a lo largo y ancho del territorio nacional, la tierra y sus los bosques estaban condenados a la pobreza y desaparición.

Los árboles son bienes económicos, que no se nos olvide, la industria produce muchos bienes (como el papel) en donde la madera es un insumo esencial. Por supuesto, los árboles también funcionan como bienes públicos esenciales por su producción de oxígeno y dar cauce a los ríos. Pero la solución socialista de “regular” y /o prohibir los mercados forestales es la menos deseable.

No fue hasta que se concretaron cambios al artículo 27 que se comenzaron a definir los derechos privados de propiedad de la tierra (derecho real de poseer, usufructuar y transferir) y los bosques.

Se diseñaron opciones exitosas como las llamadas “plantaciones forestales comerciales” que permitían la creación de mercados forestales vía la asociación de ejidatarios con inversionistas independientes. Asimismo se impulsaron subsidios pigouvianos para que campesinos pobres con propiedad forestal no la talaran y extinguieran. Pero ojo, esta receta sólo ha servido para paliar parcialmente el terrible daño de los cuantiosos y populistas subsidios a la agricultura que incentivaban (incentivan) que propietarios forestales talaran sus tierras para volverlas a la fuerza tierras dedicadas a la agricultura y la ganadería (esto es un grave error pues el humus de la tierra sale tan afectado que sólo sirve para una ó máximo dos cosechas, y lo peor, se elimina un importante factor natural que da cauce al caudal de los ríos y que contribuye a la fortaleza de la tierra en época de lluvias; no debe sorprendernos que a partir de aquí, se han sucedido eventos trágicos como inundaciones múltiples en Tabasco, Veracruz y Chiapas y/o aludes de tierra que han dejado decenas de muertos; que no me vengan los políticos -especialmente los priístas- que esto es causa del “calentamiento global.”).

Pero lo que más ha contribuido a que se reduzca la tala clandestina, es la definición clara de propiedad privada sobre las zonas boscosas (como es el caso de las plantaciones forestales comerciales). Por desgracia todavía hay bastante territorio de bosques -de propiedad federal- que están a la deriva, sin definición de derechos privados de propiedad. De ahí que prosigamos con números rojos en materia de tala clandestina.

De los arbolitos de navidad ni hablemos. Por cuestión cultural los mexicanos suelen consumir árboles navideños naturales. Así que el peor daño a los pinos navideños es prohibir su consumo; si hay consumo que no genere externalidades negativas a nadie, lo correcto es permitir la libre producción, la libre oferta de árboles. Hoy se oye ridículo “no consumas un pino navideño porque contribuyes a que los bosques desaparezcan.” Fue la construcción de un mercado libre de pinos (basado en sólidos derechos de propiedad) lo que evitó su extinción.

El lector, si vive en el DF, seguro conoce los bosques del Ajusco y Desierto de los Leones. ¿Cuál está mejor cuidado? Ambos bosques tienen una fuerte vocación turística. Si el lector es observador se dará cuenta que a pesar de que en el Ajusco hay propiedad privada pequeña, la inmensa mayoría son zonas boscosas sin dueño, lo que ha hecho, uno, que sean tierras invadidas por “paracaidistas” y, dos, sin incentivos de negocio, la tala clandestina prosigue en dicha zona. También hay conflictos por tierras entre ejidatarios; otra vez, mala definición histórica de los derechos privados de propiedad.

Caso contrario, el Desierto de los Leones; es cuidado por los ejidatarios (cobran la entrada y hacen negocios al interior de la zona) pues hay incentivo de negocio turístico. La tala clandestina es inexistente. Los derechos privados de propiedad son la vacuna esencial contra la depredación de los recursos naturales. Eso no lo entienden los ecologistas radicales.

Que los ecologistas socialistas crean que los mercados son enemigos del medio ambiente es una postura ideológica que no se sostiene por la realidad.

Ahí están ya, haciendo sus cumbres dizque “pro-ambientales” año con año. Ahí está un Presidente Calderón obsesionado con la ecología y emitiendo regulaciones y más regulaciones a la industria que crea riqueza. ¿De veras esas regulaciones costosas calderonistas, llevadas a cabo por un país -algo inusual históricamente- contribuirán al medio ambiente? Que no se engañe el lector. Sustituir métodos energéticos menos costosos es racional en cualquier mercado. En México sólo sirve para cubrirle los boquetes financieros de los monopolios de PEMEX y CFE. Cualquier incentivo a adoptar tecnologías eficientes debe provenir mediante el mecanismo de precios, no por la orden, por el autoritarismo de un burócrata de la Presidencia.

Es un grave error pensar que economía y medio ambiente están peleados. Los procesos económicos más eficientes son sin lugar a dudas los más limpios y amistosos con la naturaleza. A lo largo de estos siglos hemos atestiguado cómo han sido los mercados libres y no los gobiernos los que han producido innovaciones que han hecho el mayor bien por el planeta. Si en el futuro se dejarán de usar combustibles fósiles, será por la creatividad espontánea que se da en los mercados, no por los burócratas de escritorio planeando y emitiendo regulaciones sin ton ni son.

El papel del Estado debe centrarse en asegurar que los derechos privados de propiedad estén bien definidos y ello pasa por los recursos naturales. En todo caso, y con la ciencia en la mano, cuidar y prevenir qué zonas no son aptas para el hábitat humano. Y ello pasa por científicos serios, no por burócratas gubernamentales como los de la ONU que viven de la ubre y sólo les interesa difundir mentiras del mal llamado calentamiento global (lo correcto es hablar de cambio climático, pero en el entendido de que la tierra ha sufrido cambios de temperatura a lo largo de miles de años y de que no está probado que el hombre sea el principal causante).

¿Por qué en países en que los ríos y lagunas son privados, la contaminación sobre los mismos es inexistente? Sencillo, si hay una fábrica contaminadora de residuos es demandada y debe pagar, lo que proporciona incentivos a adoptar tecnologías limpias que no agredan a los recursos naturales privados.

Debe quedarle claro a los estatólatras, el peor enemigo del uso racional de los recursos naturales es el mismísimo Estado, como lo atestiguó el modelo socialista soviético. Los mercados, mediante sólidos derechos de propiedad, son los que más valoran los recursos naturales y por tanto es en el contexto de mercados libres en que mejor se cuidan. Esto no es ideología. Ideología es la de hacer creer erróneamente a la gente que las empresas son enemigas de la humanidad, que debe haber contaminación cero como piensan los ignorantes y fantoches de Greenpeace (ello implicaría producción cero, ¡volver a las cavernas!).

Que no se olvide, el mayor bienestar económico, el mejor cuidado de los recursos naturales, proviene de las innovaciones científicas que se dan en los mercados libres, jamás del populismo, estatismo y cualquier tipo de burocracia que intente frenar el desarrollo económico.


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