MIÉRCOLES, 12 DE ENERO DE 2011
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“¿Por qué no convertir los estados fronterizos en el campo experimental de reformas realmente creativas, agresivas y valientes?”


Después de dos décadas de frustraciones tratando de implementar reformas que nos rescaten del subdesarrollo, países como México se han encontrado con dos grandes obstáculos. El primero es la reforma de su macroeconomía. Brasil y Chile nos han demostrado qué se puede lograr cuando se tiene un liderazgo valiente. Sin embargo, el transformar la macroeconomía, aunque vital, no es suficiente para lograr la ansiada prosperidad.

El segundo, y tal vez la batalla más difícil de librar, es en contra de esos elementos culturales que nos han tenido atrapados. La corrupción y sus derivados que no han permitido que el espíritu empresarial y una saludable sociedad civil se desarrollen, y de esa forma alcanzar nuestro potencial.

Las reformas macroeconómicas que implementaron Cardoso y Hernán Buchi, limpiaron los escombros que han dejado los obsoletos sistemas económicos populistas, pero no pueden, por sí mismas, crear las nuevas estructuras para generar la inversión y el empleo sustituyendo los esquemas anteriores. El espíritu empresarial y una saludable sociedad civil, deben ser responsables de la creación de nuevos y mejores empleos que sustituyan los que tenderán a desaparecer como consecuencia de años de borracheras populistas. Un país sin clase empresarial libre de ataduras gubernamentales y sin una robusta sociedad civil, aun con una hermosa macroeconomía, jamás podrá progresar.

Aun cuando los mexicanos tenemos, como individuos, un gran espíritu empresarial, nos encontramos atrapados en esa maraña de corrupción, procedimientos burocráticos, leyes y regulaciones que sólo sirven para oficializar esa corrupción y establecer el entorno para ejecutar las mordidas que chupan la vida de los pocos negocios emergentes. Así como los vampiros chupan sangre de una res a diario pero la mantienen viva, flaca y enferma para continuar succionando, esa red de complicidades evita que la actividad empresarial crezca sana y la sociedad civil se desarrolle autónoma e independiente.

Chile, Brasil y de alguna forma México, limpiaron los escombros de lo viejo pero no le han dado vida a lo nuevo. Las empresas paraestatales han sido privatizadas, las economías han sido abiertas y miles de trabajadores han perdido sus empleos. En una economía con espíritu empresarial, esos trabajadores estarían ya colocados en nuevos negocios compitiendo en el mercado mundial. En Inglaterra las privatizaciones de la Thatcher destruyeron miles de trabajos, pero hoy día es una sociedad más próspera y los nuevos trabajos se han generado en números récord. Hace treinta años, Inglaterra era “el enfermo de Europa,”; ahora su economía supera en la creación de empleos a las que una vez fueron las estrellas; Alemania y Francia. Sin embargo, en México los trabajos demandados no se están creando.

Dada la importancia de esta segunda tarea vale la pena el considerar experimentos radicales. Millones de mexicanos han logrado que sus talentos empresariales florezcan creando riqueza y empleos—en los Estados Unidos. Esta es la misma gente que tenemos en México. El ingreso total de los veinte millones de mexicanos viviendo en EU, es cuatro veces superior al de los ciento diez millones que viven en México. Lo que es diferente es el entorno político y legal en que se movilizan. Texas, Nuevo México, Arizona y California tienen grandes concentraciones de población de origen mexicano y la mayoría ha prosperado a niveles inimaginables.

¿Sería posible estudiar la experiencia de ellos y atrevernos a pensar en algunos experimentos en México, para ver qué elementos de su ambiente podrían ser duplicados? 

Vale la pena examinar otra área del mundo que se ha levantado de la pobreza a la prosperidad—el este de Asia. Es importante señalar que los países menos afectados y que se recuperaron con más agilidad de los eventos tan críticos de los últimos dos años, Hong Kong y Singapur, fueron colonias británicas cuyos sistemas legales, heredados de Inglaterra, sirvieron como líneas de protección contra el nepotismo y cronismo que abatió a las economías más débiles de la región.

En lugar de neoconfusionismo, el sistema de estos dos países se ha llamado angloconfusionismo—La mezcla de legislación inglesa con la ética de trabajo confuciana y el espíritu empresarial de una sociedad civil que ha florecido. Las demás economías de la región, lo más remoto que se alejan del modelo inglés, crecen sus posibilidades de caer de nuevo en los peligros históricos del capitalismo crony que tanto daño le ha hecho a la región al igual que a México.

Muchos mexicanos están familiarizados con “common law”—la ley importada de Inglaterra y que gradualmente se adaptó a las condiciones americanas. Gran parte de este sistema legal ha sido traducido al español durante los últimos ciento cincuenta años. La “ley común” pude ser una herramienta muy poderosa para combatir ese cáncer mexicano; el intervencionismo y la corrupción.

Sería muy interesante el llevar a cabo un experimento a través del cual los estados fronterizos pudieran adoptar un sistema legal creado a semejanza de la ley común anglo americana. Esta reforma promovería la inversión al reducir la incertidumbre que produce un sistema legal corrupto. Un buen ejemplo de ello es el juicio que Cemex le acaba de ganar a Chávez en Venezuela cuando—bajo el sistema de arbitraje—las cortes internacionales decidieron a favor de Cemex ante su ilegal expropiación. Si Chavez no lo acepta, Cemex puede embargar activos de Venezuela en el exterior.

Los japoneses en el siglo XIX estudiaron las instituciones del mundo occidental, luego importaron los rasgos que encontraron les servirían para adaptarlo a su realidad. Después MacArthur moldeó el sistema legal japonés a la imagen y semejanza del americano, le creó una constitución y democratizó al país, los resultados están a la vista. La ley mexicana es heredada de las leyes civiles españolas—la ley que los conquistadores usaron para subyugar a la población indígena de México. La revolución mexicana la debería de haber reemplazado con una más justa y más apropiada para el espíritu empresarial de los mexicanos, pero no lo hizo. En este sentido, la revolución quedó incompleta.

México es una república federal. Una de las grandes fortalezas del sistema federal es la habilidad que concede para experimentar estado por estado con alternativas y reformas. Por qué no convertir los estados fronterizos en el campo experimental de reformas realmente creativas, agresivas y valientes.

Tal vez los estados fronterizos deberían ser nuestro Hong Kong en donde se establecieran paraísos de libertad, legalidad y progreso. No hay motivo por el cual el sistema federal de México no deba experimentar con un sistema que millones de mexicanos, al otro lado de la frontera, han usado para su beneficio y prosperidad por más de un siglo y medio.

• Reformas estructurales • Prosperidad

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