LUNES, 9 DE MAYO DE 2011
¿Estábamos mejor cuando estábamos peor?

¿Usted considera que la propuesta de otorgar una renta de 10 mil pesos al año a cada ciudadano es una buena idea para erradicar la pobreza?
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“La inflación no es una catástrofe de la naturaleza ni una enfermedad. La inflación es una política.”
Ludwig von Mises

Juan Pablo Roiz









“Sigue siendo una conseja estúpida nutrida por la ambición de quienes añoran un estado de cosas en el que hacían y deshacían a placer sin dar cuentas a nadie.”


Quince años atrás. Regresemos a 1996, al México en el que vivíamos. La economía del país empezaba a recuperarse después de una crisis devastadora. Hoy, los protagonistas detrás de esas crisis económica con hondas raíces políticas, como Carlos Salinas de Gortari, siguen alegando de quién fue la culpa, practican el deporte favorito de los políticos y funcionarios incompetentes que es el “deslinde de responsabilidades”.

En realidad los famosos “deslindes” funcionan como mecanismos de reparto de responsabilidades mediante los cuales cada quien lucha por reducir al mínimo sus responsabilidades. Dicho coloquial y rudimentariamente: “Yo no fui, fue Teté”.

Dejemos que los politiquillos destilen sus amarguras y reconcomios entre ellos, lo que a los demás nos interesa es dilucidar: ¿Estábamos entonces mejor que ahora?

No, según todos los indicadores. Teníamos menos libertades, el imperio de la ley era aún más precario que hoy; incluso zonas del país, como Ciudad Juárez o gran parte de Tamaulipas, que hoy se nos dibujan como un infierno, ya lo eran desde entonces, infiernos, si bien las causas inmediatas de la inseguridad, de la violencia, de los abusos e incompetencias de las autoridades locales, diferían en apariencia de las actuales. Y en el frente económico las cosas eran notablemente peores que hoy: inflación, debilidad extrema de la moneda mexicana (lo que se traduce en menos poder de compra para la mayoría de los mexicanos), abultada deuda externa, endeudamiento, instituciones financieras en vilo o, en el mejor de los casos, apenas convalecientes, un horizonte en el cual  parecía imposible comprar a crédito una vivienda, ahorrar para la educación universitaria de los hijos, acumular recursos para tener un retiro llevadero al final de una vida de trabajo.

Tampoco era México, como país, un oasis de tranquilidad y seguridad en medio de un planeta inseguro. No, por el contrario. Recuerdo a mediados de 1995 los alarmistas consejos por escrito que recibimos todos los viajeros de un vuelo Detroit-México por parte de la línea aérea: Nos advertían amablemente que al país que llegaríamos, México, no tenía garantías judiciales como las que se acostumbran en cualquier pueblo rabón de los Estados Unidos, que menudeaban los asaltos y secuestros a turistas, así como los pequeños timos y fraudes en comercios y que había zonas del país, como Guerrero o Chiapas, en las que resultaba temerario aventurarse más allá de las zonas hoteleras de cinco estrellas o recurrir a los servicios de guías no autorizados, que podían ser vulgares timadores o incluso bandoleros despiadados con sus víctimas.

Por todo esto, no entiendo la desmemoria o la demencia de quienes nos quieren persuadir que entonces, cuando a ojos vistas “estábamos peor”, en realidad “estábamos mejor”. Pero así están las cosas. Basta leer la mayoría de los periódicos de ayer domingo.

Algunos políticos de la vieja escuela, del PRI por supuesto, argumentan en privado y con aires doctorales, que estamos viviendo una larga “cruda” después de una corta pero eufórica borrachera de democracia. El argumento se adereza con anécdotas que van de los disparates verbales que habría proferido Vicente Fox a las exhibiciones públicas de estulticia y cuasi barbarie que hacen personajes como Fernández Noroña. Esas cosas, se nos dice, no pasaban con los gobiernos del PRI. Los Presidentes hablaban muy bonito (“una mano se tiende” decía Gustavo Díaz Ordaz mientras perseguían con saña a todo joven con facha de “estudiante subversivo”) porque eran cultos o, cuando menos, tenían un ejército de asesores que sí sabían hacer su trabajo. Los bufones estaban confinados al Circo Unión o a las carpas y no aparecían en la Cámara de Diputados. Y muchas comparaciones más, inexactas, coloreadas con nostalgia por los “buenos tiempos” del presidencialismo y el orden impuesto desde el trono… Mentiras mondas y lirondas o mentirijillas de esas que se inventan los viejos para poder dormir más o menos tranquilos.

Más allá de estas argumentaciones de café y sobremesa bañada en “digestivos”, persiste la idea corrosiva de que la democracia no sirve, o que al menos no sirve para pueblos como México, que requieren de mano firme, paternalismo, simulación. ¡Cómo no recordar al oír estos alegatos aquella durísima frase que Francisco Bulnes atribuía a Porfirio Díaz, y en la que el dictador describía a los mexicanos como dados a la holganza, a tener muchos hijos, a dormir la siesta y a conseguirse un puestito en el gobierno que les permitiese sobrevivir sin esfuerzos!

¿Cuál es, en realidad y más allá de la retórica, la correlación entre democracia y bienestar económico?

Las investigaciones serias no son concluyentes. Hay países como la India con varias décadas de una pujante democracia que aparentemente jamás se tradujeron en bienestar económico para las mayorías que siguieron viviendo en una lacerante miseria. Otros, dictatoriales pero eficientes para generar un despegue económico más o menos espectacular: Taiwan y la mayoría de los “tigres” asiáticos, Chile bajo la dictadura de Pinochet, México bajo la dictadura de Porfirio Díaz y, obviamente, la China actual.

Pero también sería incorrecto olvidar dictaduras estrechamente correlacionadas con la miseria y el atraso económico de los pueblos que las padecieron o las padecen: la Unión Soviética de Stalin, la China de Mao y su demencial “salto hacia delante”, Cuba hoy con los ancianos hermanitos Castro, Venezuela empobreciéndose a pasos agigantados bajo la férula del tal Hugo Chávez…

Como se ve, por este breve y desordenado repaso, no hay una correlación clara, una relación causa-efecto robusta e inexorable, entre democracia y bienestar económico. Esto en apariencia podría darle la razón al sibilino argumento priísta de que nuestro actual malestar (o al menos ese malestar –“oh, sí, estamos hasta la madre”-, que todos los días se nos vende en los medios de comunicación como expresión del sentimiento de la sociedad) no es más que la dolorosa “cruda” o resaca de nuestra embriaguez de democracia. Pero no es así. Sigue siendo una conseja estúpida nutrida por la ambición de quienes añoran un estado de cosas en el que hacían y deshacían a placer sin dar cuentas a nadie.

Veamos: no sólo hoy somos más libres que hace 15 años (hoy cualquier tipo puede buscar sus 15 minutos de fama local echando denuestos contra el Presidente y en lugar de recibir recriminaciones o represalias, recibe una “ráfaga de invitaciones” como decía jocosamente Gabriel Zaid; invitaciones a ser entrevistado en un programa de radio, invitaciones a presidir una marcha, invitaciones a ser “candidato” a tal o cual puesto…), hoy tenemos una mayor libertad de elección cotidiana en los mercados; tenemos una democracia viva, llena de imperfecciones y molestias, pero real y palpitante. Y al mismo tiempo vivimos mejor: la inflación está controlada, no nos amenaza ninguna crisis de balanza de pagos (a pesar de que los viejitos de La Jornada, como Carlos Fernández Vega, sigan invocándolas un día sí y otro también, anclados como están en el pasado remoto), hay créditos accesibles para comprar una vivienda de interés social o de interés medio, que se contratan a 20 o hasta 30 años, en pesos y con tasas fijas, el parque de electrodomésticos que hacen la vida más llevadera en los hogares ha crecido espectacularmente y llega a casi todos (hace 15 años había familias de “clase media” en la ciudad de México que no tenían para comprar un refrigerador), contamos con tal caudal de información instantánea y oportuna que muchas veces no lo podemos procesar inteligentemente, hay una efectiva y real división de poderes, se les puede ganar en un tribunal a los otrora magnates intocables, y los magnates se pelean entre sí en público para delicia de las galerías…   

No, desde luego que no estamos hoy en el paraíso. Pero me parece idiota que nos empeñamos en sabotear lo que en los últimos años hemos logrado.

La única marcha “ciudadana” a la que me gustaría concurrir sería que no se apartase del lema: “No más mentiras. No más jaladas”.

• PRI • Demagogia

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