JUEVES, 12 DE MAYO DE 2011
El símbolo y el mártir

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“No es lo mismo que muera el dirigente de una organización terrorista, que dejará de dar instrucciones, a un símbolo cuyas peticiones a su muerte han quedado grabadas para la eternidad.”


No es lo mismo matar a un líder político que a un símbolo. El 1ro de mayo lo que un comando especial de las fuerzas armadas estadounidenses hizo en Abbotabad, Pakistán, fue matar a un símbolo. Pero esto, en lugar de acabar con él, puede fortalecerlo.

Osama bin Laden no era un dirigente normal de una organización terrorista tradicional. No tenía reuniones de mando ni coordinaba el envío de misiones a un lugar u otro en el mundo. El caserón en el que se encontraba en Abbotabad no tenía siquiera servicio de teléfono o de internet. Esto ratifica que Osama no tenía necesidad de estar mandando o recibiendo información a comandos en distintos lugares del planeta. Durante seis años, por otra parte, había permanecido en el mismo lugar, señal de que no estaba huyendo.

Los propios dirigentes militares de Estados Unidos parecen haber entendido a la perfección esta situación. No hicieron ningún intento de detenerlo para llevárselo y después interrogarlo. No había información útil que pensaran podrían extraerle. El operativo Gerónimo no tenía más intención que matarlo. Y este objetivo lo cumplieron a la perfección en agravio de un hombre desarmado.

La pregunta ahora es cuáles serán las consecuencias de la muerte de este símbolo. Esperar una disminución de los atentados terroristas de al-Qaida es absolutamente vano. La forma en que opera la organización es que el líder da una orden pública y decenas, quizá cientos de grupos independientes en el mundo, se apresuran a cumplirla.

Pero las instrucciones ya están dadas. Se impartieron en 1996 y 1998. Ordenaban atacar a intereses estadounidenses e israelíes, o a cualquiera que fuera afín a ellos, en cualquier lugar. La razón es la presencia de tropas estadounidenses en territorio de Arabia Saudita, considerado sacro por alojar las ciudades sagradas de La Meca y Medina.

A lo largo de los años hemos visto cómo esta orden se cumplía con los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono del 11 de septiembre de 2001, los de trenes de cercanías y la estación de Atocha en Madrid del 11 de marzo de 2004 y los del sistema de transporte público de Londres del 7 de julio de 2005. A éstos habría quizá que añadir los ataques de Mumbai del 26 de noviembre de 2008 y otros más, inclusive algunos que se han realizado en Afganistán e Iraq contra mezquitas y musulmanes.

¿Desaparecerán los ataques con la muerte de Osama? Difícilmente. Por el contrario, pueden aumentar. No es lo mismo que muera el dirigente de una organización terrorista, que dejará de dar instrucciones, a un símbolo cuyas peticiones a su muerte han quedado grabadas para la eternidad.

Cuando muere un símbolo nace un mártir. Eso es lo que probablemente pasará con Osama bin Laden. El gobierno de Estados Unidos lo sabe. Por eso ha ordenado un aumento en el nivel de alerta del país. El problema es que quienes piensan que hay una orden permanente de un mártir para llevar a cabo actos terroristas tienen toda la paciencia del mundo. Quien busca el paraíso puede esperarlo varios años.

• Terrorismo

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