LUNES, 3 DE OCTUBRE DE 2011
Política, economía e instituciones

Con la eventual independencia, a los catalanes les irá...
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“El capitalismo venció, pero no convenció.”
John Manuel Silva

Godofredo Rivera









“La reelección era un buen comienzo, pero la partidocracia, en especial el PRI, se volvió a imponer. El PRI es ya una verdadera para pesadilla contra todo desarrollo y avance de México. Desgracia como siempre para los mexicanos.”


Una reforma política seria comenzaría por realizar cambios profundos en materia de asignación de recursos a los partidos políticos. Quien quiera el poder político debe buscar por sí mismo los recursos monetarios necesarios para fondearse y no vivir parasitariamente de los contribuyentes como hoy ocurre en México.

Crear un partido político se ha convertido en un jugoso negocio de unos cuantos vividores. Tal es el caso de partidos como PT, Convergencia, Verde Ecologista y el PANAL de Elba Esther Gordillo. Los otros partidos, los más grandes, están muy alejados de los electores y también se sirven con la cuchara grande.

Una reforma política seria comenzaría por retirarle todas las atribuciones de censura que hoy tiene el IFE y de la que los propios políticos hoy ya comienzan a ser víctimas del propio monstruo que crearon en 2007.

La semana pasada vimos una burla de reforma política (aprobada en comisiones y que está pendiente de revisión por parte de gobernación y la cámara de senadores) que lo único que introduce es mayor inestabilidad al sistema político, y lo peor, deja fuera la reelección de legisladores y alcaldes. Es decir, mantiene intacto el poder de la partidocracia que seguirá bajo el incentivo perverso de servir a los líderes de las cúpulas y sus respectivos grupos de poder (buscadores de rentas) y no a los ciudadanos. Asimismo no se aprobó el veto presidencial al presupuesto de egresos. Los priistas, claro, no quieren tener un candado que les impida proseguir con su populismo en materia de gasto y deuda como sucedió en Coahuila.

La reelección por sí misma no es la panacea, especialmente si no va acompañada de un buen federalismo fiscal que meta competencia real entre distintas regiones para tener calidad institucional y atraer inversiones, pero es un mecanismo que mete presión en las decisiones de los políticos. Permite a los ciudadanos presionar con más competencia a los políticos. Por ejemplo, si un problema de escasez de agua ó de basura no se arregla, hay presión de la gente y si los políticos no se ponen las pilas y solucionan el problema, van para afuera, el elector les retira su voto. Si se resuelve el problema, lo contrario, el ciudadano premia -vota otra vez por el político en turno- y no castiga.

Los políticos, contrario al discurso popular, no persiguen el “bien común”, eso es puro rollo. Los políticos persiguen su propio interés y tratan de maximizar su posición. En esto se parecen a los agentes económicos de un mercado competitivo.

El proceso competitivo en el mercado genera eficiencia porque fuerza a los proveedores a prestar atención a los consumidores y sus necesidades. Esto sucede así porque aquellos necesitan la aprobación voluntaria de éstos últimos para poder realizar un intercambio que ha de resultar mutuamente beneficioso para que llegue a realizarse. En el ámbito de las acciones del Estado eso no sucede porque quien ofrece los servicios no requiere de esa aprobación, al menos en forma directa. Esta desvinculación entre prestación y pago está en la raíz del problema y en tanto esta desconexión y desvinculación persista, el Estado será un ente ineficiente. La reelección alivia en una parte la desconexión de la política con la ciudadanía.

En tal sentido es útil revisar a la llamada teoría económica de la política ó “Public Choice”.

Los autores de la escuela del “public choice” (James Buchanan como fundador) o la “economía política constitucional” no asumen el carácter benevolente del gobierno “del bien común”. De acuerdo a ellos, los individuos, incluyendo a los funcionarios de gobierno, actúan en pos de su propio interés y tratarán de utilizar al poder gubernamental para sacar total provecho a su favor, aunque sea a costa de los ciudadanos, a menos que estén restringidos por la posibilidad de que la gente pueda buscar protección o preferir a otros funcionarios de otros niveles o regiones. En éste sentido, si el gobierno de una localidad es ineficiente, los electores tienen distintas salidas como la de ya no votar por el político en cuestión (o viceversa, con la reelección se premia a los políticos competentes), ó en un entorno de federalismo de competencia, de emigrar, con todo y sus impuestos a otra región en donde haya mayor calidad de bienes públicos (aquellos necesarios para la sociedad, pero que el sector privado no tiene incentivo a producir) y de instituciones de gobierno.

Así las cosas, la reelección se presenta como un mecanismo que obliga a los políticos y funcionarios a profesionalizarse. Insisto, no es la panacea, en particular en el caso del enfermizo federalismo fiscal que México tiene.

Reelección, en conjunción con más libertad económica y calidad del Estado de Derecho (sería bueno que en México surgieran más tribunales privados como en otras naciones avanzadas), así como de independencia financiera de los partidos respecto del contribuyente son un detonante del crecimiento económico robusto y se convierten en verdaderos factores contra el populismo, el mesianismo y la demagogia de ciertos políticos. La reelección apenas sería un primer paso para que México avance en materia de calidad institucional.

México tiene una pobre calidad institucional, como lo es el Estado de Derecho y la reelección de legisladores y alcaldes sería un primer comienzo para corregir las ineficiencias de los gobiernos. Lamentablemente, los legisladores tienen todo el poder y actúan como verdaderos obstáculos al cambio institucional. Ya antes lo he comentado, sin reelección no hay incentivos para los políticos a cooperar y por tanto difícilmente cuajará alguna reforma estructural seria.

Las candidaturas ciudadanas que sí se permitirán, no obstante estarán sujetas a la aprobación de los poderes estatales, por lo que en mi opinión, nacen ya contaminadas y difícilmente habrá verdaderos políticos independientes de la partidocracia y menos con el actual esquema perverso de financiamiento.

Los liberales desconfiamos de los sistemas democráticos convencionales y la razón es que los gobiernos persiguen exclusivamente sus propios intereses. En ese contexto, un factor clave son los contrapesos de poder (separación e independencia de los tres poderes de gobierno), reelección y una mayor participación de la sociedad.

Por ello, concluyo, la reelección era un buen comienzo, pero la partidocracia, en especial el PRI, se volvió a imponer. El PRI es ya una verdadera para pesadilla contra todo desarrollo y avance de México. Desgracia como siempre para los mexicanos.


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