LUNES, 23 DE ENERO DE 2012
Plumbea mediocritas

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“Los partidos se han ganado a pulso su lamentable desprestigio: suelen coaligar gente que busca un poder no conseguible en la empresa o en la sociedad libre. No es raro que esas pulsiones propicien corrupción y mediocridad, así llamen “servicio público” a la indeclinable vocación de servirse.”


La frase latina que ideo como título —mediocridad de plomo— difiere de la aurea mediocritas con que definía Horacio al justo medio. La mediocridad de oro del poeta latino se parece a la ruta budista del camino medio, libre de excesos en un sentido o en otro, y que conduce a la liberación espiritual.

Mi atento y perspicaz lectora sabe que si hablo de mediocres no me refiero a Buda u Horacio o a virtud alguna, sino a la mediocracia: el gobierno de los mediocres. La política partidista mexicana, pues; nuestros políticos y partidos compiten con la policía por los peores escaños del desprecio popular y el desprestigio.

Pero ¡ah! frescas sorpresas nos da la vida. Desde la sociedad libre aparece una figura impecable como jamás un político puro podría serlo. Se llama Isabel Miranda de Wallace. Y apenas a una semana de postulada para gobernar el DF empata en preferencias (según una encuesta) a quien se ha dedicado toda su vida a la política, con méritos propios: Beatriz Paredes. No conozco parangón semejante. (El empate se anuncia mientras escribo esto; no creo que tarde en superarla.)

La mediocracia gris, pesada, plomiza e impenetrable es espacio adecuado para los políticos de carrera, ésos que critican que haga política quien no sea como ellos; denostan a quien no provenga de los partidos y de sus estructuras, de sus prerrogativas, de su dinero, de sus cuotas de poder, de su chambismo, de su empleomanía, de su chapulinismo entre cámaras y carteras. La definición de “carrera política” implica vivir del presupuesto. A costillas de los impuestos que paga la gente productiva.

Se opone a esa mediocracia plúmbea una señora de clase media que tuvo el talento, prudencia y valor civil de investigar, perseguir y apresar al secuestrador y asesino de un hijo. Decía Borges: “Para mí la clase media es una clase superior”. Exhibe ella la dignidad de la lucha civil, libre, a cargo del individuo escudado en no más que su determinación por encontrar justicia frente a un sistema que la deniega, la comercializa, la corrompe, la ensucia, la desdeña, la retrasa o la pervierte. Una sola ciudadana supera así a todo un sistema carísimo, voraz, pantagruélico, y finalmente inútil.

No es ella la única que ha logrado resolver un asesinato a base de esfuerzo y valor civil individual. Un entrañable amigo mío hizo lo mismo, si bien su caso no es conocido: el asesino no sabe quién lo agarró, ni cómo; no sabe a causa de qué nivel de valentía, astucia e inteligencia, no quedó impune.

Por motivos impecables, la señora Wallace ha conseguido un lugar propio en eso que según Santo Tomás tendría que ser la actividad humana más noble: la política, que se ha hecho una de las prácticas más execrables para la mayoritaria opinión.

Los partidos se han ganado a pulso su lamentable desprestigio: suelen coaligar gente que busca un poder no conseguible en la empresa o en la sociedad libre. No es raro que esas pulsiones propicien corrupción y mediocridad, así llamen “servicio público” a la indeclinable vocación de servirse. La mejor gente —la más honrada, inteligente, productiva— detesta esas prácticas. La grandeza, la generosidad, la amplitud de miras y hasta el patriotismo no parecen propios de la política partidista, si hasta la costosísima democracia ha dejado de ser —como era hasta hace muy poco— un sueño con visos de esperanza.

¿Resultado? Políticos corruptos, ineptos, incompetentes, aliados con líderes sindicales monopolistas y con líderes empresariales monopolistas. ¿Quién quiere, en un ambiente así, ser político? ¿No se parece al que quiere ser policía? Ni lo uno ni lo otro son para gente decente. Y no caeré en el lugar común de las honrosas excepciones (conozco verdaderos servidores públicos cuya amistad me honra, además de que toda generalización es injusta por necesidad), pero los de veras excepcionales son los que alcanzan un sitio prominente al superar a un sistema que, por norma general, incumple de principio a fin el objetivo primigenio de un gobierno: la justicia y la seguridad.

Isabel Miranda tiene un correlato ineludible: el gran escritor checo Václav Havel, quien probó el sabor de la cárcel porque se le dio la gana de ser libre en un sistema que no permitía la libertad. Mostró la posibilidad de la libertad a los esclavistas soviéticos que, luego de Hitler, victimizaron por 4 décadas más a su patria.

Hoy Isabel da voz a incontables víctimas de delitos causados por criminales organizados o desorganizados, con uniforme o sin él. Los pésimos criminales y los mediocres miembros de la plomiza mediocracia asisten a una expresión novedosa del interés que una ciudadana libre concita, en una sociedad ahíta de anodinos y de cómplices.

Quién sabe si tenga ella lo suficiente para ganar; pero a diferencia de una mujer profesional de la política, por ejemplo Marta Sahagún, a Isabel se le tiene un incomparablemente mayor cariño y respeto: se sabe que no va tras del tipo de poder y codicia que suelen animar a quien se mete a la política. Difícilmente habrá quien la critique o ataque como si fuese una política más.

Bienvenida, Isabel. Gracias por refrescar y dignificar nuestro enrarecido ambiente. Aunque no ganes la elección.

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