Reflexiones libertarias
Feb 29, 2012
Ricardo Valenzuela

Conversaciones con el tío Gilberto (IX)

Obregón había iniciado el proceso y ahora Calles debía darle continuidad y, por ello, no sólo aceptaba de nuevo la Secretaría de Gobernación, lo hacía con un sentido de misión y de propósito para darle vida al proceso que permitiera la emergencia del México moderno. El de las instituciones, no los caudillos, el plural, el democrático, el México con una sociedad civil ya lista para esa responsabilidad.

Sigue don Gilberto: “Plutarco Elías Calles era elegido para ocupar la presidencia en el periodo de 1924-1928 sustituyendo a Obregón. El Presidente Obregón entonces me envía un comunicado informándome que Calles, como presidente electo, llevaría a cabo una gira por Europa y me pedía que lo acompañara. Días después recibo otro de Calles, pidiéndome lo esperara en Hamburgo para iniciar la jornada. Me llevé a tu padre quien contaba con solo 12 años de edad y nunca se le olvidaría su encuentro con Calles. Al presentárselo al General, explicándole era mi hermanito y estudiaba en Bruselas, Calles en un gesto inusual, le toca la cabeza y le dice con voz fuerte casi ordenando; estudia mucho y edúcate bien muchachito, México necesita talento.

Al siguiente día que la gira del presidente electo arribaba a Paris, le fue ofrecida una cena de gala al General por el Burgomaestre de Paris y el Prefecto del Sena. El discurso del Burgomaestre fue vacío, superficial, general y protocolario; pero la pieza oratoria preparada por el Prefecto del Sena, cuya copia había recibido el General solo una hora antes del evento, tocaba problemas delicados como los sociales, económicos, filosóficos, históricos, de política internacional, y un tema tan audaz y sensitivo en esos momentos como la intervención francesa en México en 1862.

Con el antecedente que Porfirio Díaz años antes había enfrentado una situación similar, al momento de recibir el documento, el General muy molesto me llama para que lo auxilie en la respuesta ante tan delicada situación y preparamos esto”. Me da en esos momentos un viejo documento que hoy debe ser histórico.

El discurso del Prefecto que, en cierto momento, de forma velada daba una justificación del acto de Francia, e inclusive, también de forma velada hacía alusión al caos mexicano de los últimos años, se podía resumir con la frase positiva del largo mensaje cuando afirma: “Si la historia ha querido que en alguna ocasión se enfrentaran en los campos de batalla los ejércitos de Francia y México, esto solo ha sido una oportunidad que el destino quiso dar al gobierno y al pueblo de Francia, para que se formara conciencia plena de la hidalguía, de la nobleza y el valor del pueblo mexicano”.

El General Calles se pone de pie e inicia:

“Con frase galana habéis hecho alusión a nuestras luchas pasadas. La nobleza de vuestro gesto obliga el reconocimiento de mi patria. México, por su parte, se halla plenamente convencido de que no fue el pueblo de Francia, sino la plutocracia imperialista de la época, quien le hizo la guerra. En ese concepto como recuerdo de la lucha se levanta en Puebla, sobre las cenizas de ambos combatientes, un sencillo monumento donde se ve un soldado de Francia y un guerrero de la República dándose la mano, en gesto solemne y magnifico bajo la protección del Angel de la Paz”.

“Ojalá que en todos los campos de batalla, y en la conciencia de todos los pueblos que han luchado entre sí, se levante, solemne, majestuoso y eterno, un momento igual”.

Pienso que con este encuentro, finalmente la herida que había sangrado por tantos años, quedaba cicatrizada. En eso lo interrumpo para preguntarle: ¿Cómo era Calles? Se queda pensativo buen rato e inicia. Era un hombre de su época, rudo, muy inteligente, líder natural, era un hombre que con facilidad podía ser brutal. Calles era el gran maestro de la nueva política mexicana del maquiavelismo, del control absoluto y total. La historia lo define como el gran estadista, pero acuérdate que la historia la escriben los ganadores. Era un hombre totalmente diferente a Obregón que, inclusive, practicaba el espiritismo.

Calles era la negación total de la democracia y la representación más pura de la autocracia. Su extracción no era como la de Obregón, el era producto de una clase media baja y forjado en el sistema educativo de aquella época, pues durante años había sido maestro de primaria. La ideología de Calles era el poder en toda su representación y a cualquier precio. Creo que Calles, al igual que muchos de nosotros y el mismo Porfirio Díaz, se daba cuenta de que la democracia le había hecho más daño que bien al país y, por ello, como la honorable dictadura de don Porfirio, preparaba la suya propia que tejería con gran habilidad y pocos escrúpulos, para luego controlarla con mano de hierro.

El General regresaba a México y en Enero de 1924, me manda llamar para ofrecerme de nuevo la Secretaría de Gobernación. En ese momento lo interrumpo; no entiendo tío, si tantos problemas habías tenido con Calles ¿cómo es que te invita a ocupar la Secretaría más importante del gabinete?, pero, sobre todo, ¿cómo es que tú la aceptas? Sonríe cuando se prepara a responder. “Mi relación con el General Calles fue siempre dramática. Creo que él, de alguna forma me admiraba no tanto por mis dotes políticas, mi mente jurídica o mi ya basta experiencia diplomática e internacional, sino porque era uno de los pocos hombres que me le había enfrentado y al darse cuenta de que yo, a diferencia del resto de México, no le temía, eso en cierta forma le atraía.

Yo por mi parte, conociéndolo, como ya te lo he descrito, había ángulos de su personalidad y de su conducta que admiraba. En primer lugar admiraba su desempeño como uno de los líderes de la revolución, y sobre todo, pieza clave en el triunfo del Plan de Agua Prieta. Pensaba, también, que en esos momentos México necesitaba un hombre de ese perfil, rudo, terco, a veces intransigente, más que nada para, de forma agresiva y de una vez por todas, implantar finalmente el estado de derecho tan urgente para la convivencia de la sociedad, y ese era el papel que yo me visualizaba desempeñando.

La hegemonía sonorense no era un mito, era una realidad pero luego yo me daría cuenta de que, mi lectura y la del General Obregón, eran muy diferentes a la de Calles. Obregón pensaba que el país requería de cierta “rienda,” como él lo definía, pues don Porfirio no había logrado llevarlo a su edad madura. El país requería de un periodo de por lo menos diez años, para construir los puentes y cruzar el pantano que nos aprisionaba. En ese periodo se debían construir las instituciones, los mercados, avenidas para que la política dejara de ser enfrentamientos armados, y algo que no alcanzamos a comentar con claridad pero yo lo adivinaba en la mente del General Obregón; el afinado de la nueva Constitución y un sistema judicial que la hiciera realidad.

Obregón había iniciado el proceso y ahora Calles debía darle continuidad y, por ello, no sólo aceptaba de nuevo la Secretaría de Gobernación, lo hacía con un sentido de misión y de propósito para darle vida al proceso que permitiera la emergencia del México moderno. El de las instituciones, no los caudillos, el plural, el democrático, el México con una sociedad civil ya lista para esa responsabilidad. Un México que ya hubiera abandonado la época del feudalismo y el vasallaje, para crear una economía que ofreciera a todos las mismas posibilidades de progreso, sin más diferencias que las surgidas de forma natural de la virtud, el trabajo y el talento”.



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Si le sacas $5000 a un tipo que trabaja y les das $1000 a cinco tipos que no trabajan, pierdes un voto pero ganas cinco. En el neto ganas cuatro. Ésta es la esfera piramidal más grande de la historia: se llama socialismo. Los que reciben planes no deberían tener derecho a votar.

Miguel Ángel Boggiano
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