DOMINGO, 2 DE OCTUBRE DE 2005
Grandes expectativas

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“Grandes expectativas estaban puestas sobre Vicente Fox, y éstas definitivamente no se han cumplido, pero ¿qué resultados esperaba él obtener con una estrategia política de “dejar hacer y dejar pasar”?”


La misión del actual presidente no era sacar al PRI de los Pinos, sino gobernar un país después de un siglo de hegemonía partidista. Al asumir la dirección técnica, tenía la responsabilidad de cambiar o no a los jugadores y la estrategia. Y si bien muchas de las expectativas incumplidas vienen de las promesas hechas cuando estaba en campaña, otras tantas se derivan del primer año de gobierno, en el que una reingeniería del gabinete al estilo empresarial de gobernar y la propaganda oficial mandaban un mensaje claro: “ya no es como antes”.

 

Definitivamente ya no lo es, porque “todo cambió para seguir –casi- igual”; aun cuando ganarle una elección presidencial al PRI fue una victoria histórica, consentida quizá desde el poder, Fox no conoce desde entonces la fórmula del éxito. Ante la imposibilidad de jugar con las mismas reglas, y más aún de crear otras, optó por hacerlo con los mismos jugadores, y en el ínter se fue su sexenio, su gobierno, su capital político y su legitimidad.

 

Él no era el único que no estaba preparado para gobernar, su partido tampoco tenía experiencia previa en la silla presidencial. Quien sí sabía gobernar, lo que no quiere decir que lo hiciera bien, era el PRI, que ha demostrado lo bien que conoce el arte de no dejar gobernar. La primera muestra de poder fue una marcha a principios del sexenio de cientos de miles de burócratas en la capital, orquestada por líderes de filiación priísta; de ahí en adelante han ido ganando el terreno que el presidente y los demás partidos no han sabido cubrir. Más tarde las calles del Distrito Federal serían tomadas por maestros sindicalizados, identificados con el antiguo régimen, y en este último año las movilizaciones masivas ciudadanas obligaron al presidente a retractarse del desafuero.

 

Para ganar una batalla, hay que conocer al enemigo, y el presidente derrochó demasiado tiempo y recursos en enfrentarse al Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, mientras, el PRI se dedicaba a observar. El desgaste pasó de las personas a las instituciones y los partidos, el resultado es que López Obrador es el favorito en las encuestas, mas no el candidato con mayores posibilidades de alcanzar la presidencia en 2006, una posición inimaginable sin en el enfrentamiento con el gobierno estatal. Ese flirteo con el autoritarismo le mostró fielmente al presidente su real margen y capacidad de acción, y que las formas políticas, eso sí, ya no son como antes, no pueden serlo.

 

Vicente Fox fortaleció el federalismo sin haberlo planeado, ya que los gobernadores de oposición se organizaron en la CONAGO (Conferencia Nacional de Gobernadores), y reforzaron su poder al interior de los estados. Tanto se fortaleció, y se dejó de controlar desde la presidencia, a los estados, que todos los precandidatos priístas y el virtual candidato del PRD, fueron gobernadores estatales (Jefe de Gobierno en el caso de López Obrador) en el sexenio Fox.

 

Fox también fue derrotado en el ámbito legislativo, donde no sacó adelante una sola de las reformas estructurales que se planteó, y de esta manera dejó pasar la oportunidad de institucionalizar el cambio prometido, esperado. La derrota no sólo se tradujo en falta de logros, sino también en la reducción a mitad del sexenio de la presencia de su partido en la Cámara de Diputados y en el Senado de la República, nuevamente a favor del PRI. El llamado “efecto Fox”, que daba al PAN más votos por tener un líder carismático se evaporó, y rumbo al 2006 parece ser contraproducente.

 

Fox tampoco supo controlar a su propio gabinete, cada vez más tricolor e indisciplinado; nunca corrió a un solo ritmo, luchó por un solo objetivo ni tuvo una sola voz, sino que al parecer cada quien se dedicó a “llevar agua a su molino”. Si a esto agregamos que en casa no siempre fue local, podemos entender lo solo que está el presidente de México ante las elecciones presidenciales de 2006. Un proceso en el que están compitiendo con amplios recursos aquellos actores, que representan a todos y cada uno de los factores de poder en México -que apuestan por uno, por dos o por varios de los precandidatos independientemente de su filiación partidista-, a los que cedió poder intencionalmente o que se lo arrebataron, aprovechando su política de “dejar hacer y dejar pasar”.


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