JUEVES, 29 DE MARZO DE 2012
Una crítica muuuuuy correcta o el presidencialismo al revés

¿A quiénes deben ir dirigidos los apoyos por parte del gobierno en esta crisis provocada por el Covid19?
A las personas
A las empresas
Sólo a las Pymes
A todos
A nadie



El punto sobre la i
“El gobierno es un mal necesario”
Thomas Paine


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“Algo hemos avanzado en calidad de las elecciones y respeto al voto; pero pervive la costumbre de pensar en el presidente-hacelotodo.”


La crítica más socorrida; el deporte nacional por excelencia; la más previsible de las conversaciones en los corrillos políticos y en las tertulias, es contra la estrategia y la “guerra de Calderón”. Es políticamente muy incorrecto e inadmisible expresar una opinión diferente (so pena de recibir algún epíteto desagradable, una descalificación, un adjetivo, un denuesto).

Ni modo. Incorrecto seré. Es mi costumbre navegar contracorriente. Aténgome a sufrir las consecuencias de mi libertad de pensamiento.

Y es que los críticos contra el presidente, en un prodigio de la lógica, le achacan lo que no es de su incumbencia, lo culpan de lo que no es suyo, le exigen hacer lo que no puede legalmente hacer, y al mismo tiempo lo acusan de usurpar funciones y hacen de todo para acotarlo y limitar su poder. Curiosa forma de pensar, criticar, denostar y ensuciar al adversario: echarle encima lo que no existe.

Y qué bueno que no exista: me refiero al presidencialismo absolutista, ese hijo de la dictadura perfecta que sigue enfermando a los mexicanos. Esa visión de poder absoluto con raigambre monárquica-republicana-azteca-borbónica-priista. Un solo hombre es el gran factótum. Uno solo es el gran culpable o el gran redentor, el único genocida o el único salvador de la patria. ¿Hay muertos? Calderón es el único culpable. ¿Hay esperanza? Se concreta en un solo y muy amoroso rayito de esperanza, o en un solo y muy copetón político mexiquense.

No está México listo para la democracia si hoy esperan que el próximo presidente —así, como por ensalmo— deba componer todo. Tampoco lo está si hoy, los más contumaces críticos culpan de todo a un solo hombre que no tiene todo el poder y si mañana culparán (o ensalzarán) a la nueva inquilino de Los Pinos por todo lo bueno (o malo) del próximo sexenio.

Monarquía quiere decir, literalmente, poder de uno solo. México era monárquico en tiempos de Cosío Villegas: “una monarquía absoluta, sexenal y hereditaria por línea transversal”. Ya no tanto, porque algo hemos avanzado en calidad de las elecciones y respeto al voto; pero pervive la costumbre de pensar en el presidente-hacelotodo.

Además, el doble standard político dispone: sólo es criminal mi enemigo, aunque haga lo mismo que mi amigo. En mi amigo la borrachera es alegría pero en mi enemigo es un vicio inexcusable. Vaya simplón, binario esquema: por una parte, se exige al presidente Calderón resolver la inseguridad hasta en donde no tiene jurisdicción (las policías y ministerios públicos estatales, allí donde ocurre cerca del 95% de los crímenes y de la impunidad). Por otra, el presidente carga con la culpa del 100% de los muertos violentos, mueran a mano de quien sea y a causa de cualquier crimen. ¿Federal o local? Lo mismo da.

Le exigen poner orden donde no tiene jurisdicción legal porque ésta corresponde a poderes locales o hasta a los jueces, mientras lo acusan de toda especie de abuso de poder y de usurpar atribuciones, brincarse la ley y actuar como dictador que ordena al Ejército asesinar civiles. Los caricaturistas políticamente correctos lo dibujan como Napoleón. Los opinantes más desbocados obran el prodigio de comparar a Calderón con el dictador serbio Miloševi? y dicen que luego de 2012 lo acusarán por ¡genocidio!

Siguiendo tal “razonamiento”, cada que hay un ajuste de cuentas entre narcos o que un secuestrador asesina a su víctima, crece la cuenta genocida de Felipe Calderón: ya figuran en ella las invasiones de matones a fiestas juveniles en Ciudad Juárez, los asesinados en las carreteras, los decapitados por el Ponchis y los presos asesinados en las cárceles estatales.

Con la misma honestidad intelectual embadurnan al presidente hasta por decir ante un grupo de financieros que la candidata de su partido avanza en las encuestas. Lo acusan por todo: desde actuar como jefe de campaña de su candidata e inmiscuirse en el proceso electoral, hasta de peculado.

Bien por la congruencia moral y política. Bien por el presidencialismo al revés: el presidencialismo del que piensa que todo lo malo es culpa del presidente, aunque no esté en su resorte ni en la ley. Y el presidencialismo exige al presidente resultados completos y perfectos —en la lucha contra la delincuencia, en el empleo, en la microeconomía— pero sin darle las herramientas legales que necesita y constantemente ha pedido. Y lo llaman majadero.

Las recientes legislaturas sólo lograron ponerse de acuerdo en una cosa: echar a perder lo electoral, atacar la garantía constitucional de inamovilidad en el IFE y atracar la inteligencia y la libertad desde la mismísima Constitución, que prohíbe “denigrar”. En lo que también se han puesto de acuerdo es en escamotear casi todo lo que le urge a México: desde indispensables reformas fiscal, energética, laboral, hasta las de policías y de seguridad (con indispensables modificaciones que impidan atacar las garantías individuales).

Aparentemente, la diputería espera que cambie de partido el ocupante de Los Pinos antes de atender las necesidades de la Nación con un patriotismo que se limita a los discursos de loor a los héroes, pero que no toca su propia conducta. Mientras tanto, hay que atacar al presidente, a su guerra y a sus muertos, porque el culpable de todo es uno y uno solo: él. Criticarlo por todo eso es muy, pero muy correcto.

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