Pesos y contrapesos
Jun 11, 2012
Arturo Damm

¿Democracia sin demócratas?

El demócrata, ya sea candidato o elector, participa aceptando que sea cual sea el resultado obtenido en las urnas, y supuesto obviamente el sufragio efectivo, lo aceptará. En México, ¿podemos suponer el sufragio efectivo?

Conocida es la frase de Winston Churchill en el sentido de que la democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, ¡con excepción de todos los demás!, de tal forma que, de todas las posibles maneras de organizar los asuntos de la polis, la democracia es el menos malo y, por ello mismo, el más deseable, tal y como lo enseña la historia moderna y contemporánea, con muestras más que suficientes de la lucha por la democracia, ejemplos entre las que hay que contar el nuestro, comenzando por la lucha a favor del sufragio efectivo, que durante décadas no pasó de ser leyenda al calce de comunicados oficiales, sin olvidar el por demás contradictorio no reelección (y escribo contradictorio porque, si hay sufragio efectivo, ¿por qué no habría de haber reelección? Si hay sufragio efectivo, ¿por qué se le niega al elector la libertad de elegir, una vez más, a quien hizo bien su tarea?)

La democracia es la menos mala de las formas de organizar los asuntos de la polis, distando mucho de ser la mejor, lo cual, bien vistas las cosas, no debería de parecer extraño, ya que el ser humano es perfectible, no perfecto, y así, perfectibles, y por ello nunca perfectas, son sus obras, y obra humana es la democracia. Sin embargo hay que distinguir entre la imperfección esencial de la democracia, en general, y las imperfecciones accidentales, en particular, de la democracia mexicana. Las imperfecciones esenciales de la democracia en general son insuperables. Las imperfecciones accidentales de la democracia mexicana, tanto por el lado de los excesos, como por el de los defectos, sí se pueden, ¡y deben!, corregir, comenzando por la falta de demócratas, defecto que conduce a excesos, demócratas sin los cuales no hay democracia que valga.

¿Quién es un demócrata? Quien está a favor de la democracia, respuesta que nos plantea la siguiente pregunta: ¿qué es la democracia? Según el Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia de la Lengua, la democracia es la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno o, pasando de la doctrina a la práctica, la democracia es el predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado, definiciones apegadas al sentido etimológico de la palabra: demos igual a pueblo; cratos igual a poder; democracia igual al poder del pueblo, definición etimológica que plantea esta otra pregunta: poder del pueblo, ¿para qué? Para gobernarse a sí mismo, autogobierno que es, bien entendido el asunto, igual a libertad.

Así las cosas la democracia es la forma de organizar los asuntos de la polis que permite (al menos en teoría) que el pueblo se gobierne a sí mismo, gobierno que puede ejercerse de manera directa, como en la democracia de la antigua Atenas, o de manera indirecta, por medio de representantes elegidos directamente en las urnas, tal y como sucede con la mayoría de las democracias contemporáneas. La democracia es ante todo democracia electoral, pero ninguna democracia se limita a la parte electoral, sobre todo si por ello entendemos el momento en el cual el elector vota, instante precedido por el proceso electoral, cuya parte más importante son las campañas de los distintos candidatos a puestos de elección popular, procesos electorales que son posibles gracias a la diversidad de propuestas de gobierno, tanto por el lado del Poder Ejecutivo, como por el flanco del Legislativo, propuestas diversas que deben ser, primero, discutidas en los foros públicos y, segundo, aceptadas o rechazadas en las urnas, punto en el que se debe insistir: el momento de aceptar o rechazar, según la decisión de cada uno, las propuesta de los candidatos, es el momento de la votación, votación que es la manera civilizada (no a gritos y sombrerazos) de rechazar aquello con lo que no se está de acuerdo, votando por aquello que sí convence.

¿Qué sucede cuando, antes de la votación, en algún momento del proceso electoral, se rechazan, en vez de discutirse, las propuestas de los candidatos, sobre todo cuando dicho rechazo se manifiesta a gritos y sombrerazos (tal y como sucede, por lo general, cuando los candidatos se presentan ante estudiantes universitarios)? Lo que sucede es que se niega el diálogo, el intercambio de opiniones, la discusión, el enriquecimiento de las propuestas, el coloquio, la posibilidad de mejorar, el debate, el uso de la razón, el razonamiento, el ejercicio de la dialéctica, todo ello acallado por los gritos y los sombrerazos, consecuencia de creer que sólo el que reparte gritos y propina sombrerazos tiene la verdad absoluta y que, por ello mismo, al otro hay que callarlo y no escucharlo porque, dado que se tiene la verdad absoluta, el otro no tiene nada que decir, postura que combina desde prejuicios hasta soberbia, con una buena dosis de estupidez.

La democracia es ante todo democracia electoral, entendiendo por ella el momento del voto, pero ninguna democracia se limita al sufragio efectivo, antes del cual, durante las campañas electorales, debe darse la discusión de las distintas propuestas, el diálogo entre los distintos proponentes, el coloquio entre los candidatos y los electores, coloquio, diálogo y discusión que suponen ciertas disposiciones, a las que con toda propiedad podemos calificar de democráticas, que son las que caracterizan a todo buen demócrata, disposiciones entre las que destacan: el respeto al otro (mismo que nunca debe perderse); el reconocimiento de que nadie tiene la verdad absoluta (condición indispensable para avanzar en su búsqueda); el reconocimiento de que confrontar mis ideas con las del otro puede ayudarme a mejorarlas (algo indispensable para un ser perfectible); el reconocimiento de que el coloquio, el diálogo y la discusión, más que enfatizar diferencias pueden encontrar convergencias (indispensables para el buen gobierno); el reconocimiento de que por más convencido que esté, de que estoy en lo correcto, eso no me da el derecho de imponerlo, a gritos y sombrerazos, a los demás (respeto a los derechos de los otros que es el fundamento de la convivencia civilizada).

La democracia, antes del voto, durante las campañas electorales, posibles gracias a la diversidad de propuestas, debe ser discusión, no gritos y sombrerazos; debe ser diálogo, no insultos y agresiones; debe ser coloquio, no descalificaciones a priori y acusaciones sin fundamento. Todo ello - coloquio, diálogo, discusión - supone el respeto, que es posible cuando se reconoce al otro como persona, todo lo cual quiere decir que la democracia es mucho más que instituciones formales - desde institutos electorales hasta tribunales especializados; desde credenciales de elector hasta capacitación electoral -, debiendo ser, antes que otra cosa, una cultura de respeto a las opiniones contrarias y de disposición al diálogo, disposición y respeto que son las marcas distintivas del demócrata.

El momento de aceptar o rechazar, según la decisión de cada uno, las propuestas de los candidatos, es el de la votación, elección que es la manera civilizada de rechazar aquello con lo que no estamos de acuerdo y de aceptar lo que nos convence, sin olvidar que el demócrata, ya sea candidato o elector, participa aceptando que sea cual sea el resultado obtenido en las urnas, y supuesto obviamente el sufragio efectivo, lo aceptará. En México, ¿podemos suponer el sufragio efectivo?



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Cualquier conducta humana puede ser objeto de una ley. Por ejemplo: Ley para el buen cepillado de los dientes o Ley para la correcta colocación de los anteojos. Si la tarea de los legisladores es hacer leyes, les sobra tela de donde cortar. ¡Preocupante!

Arturo Damm Arnal
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