Pesos y contrapesos
Sep 26, 2012
Arturo Damm

El gobierno, metido hasta la cocina

¿Quién demonios es el gobierno para limitar, en el mejor de los casos, o prohibir, en el peor de ellos, el intercambio comercial entre personas de distinta nacionalidad?

La semana pasada se nos informó, dada su visita a Chile, que Peña Nieto, presidente electo de México, y Piñera, presidente en funciones de Chile, acordaron ampliar la relación comercial entre ambos países, lo cual apunta en la dirección correcta –más comercio y, por ello, más y mejores oportunidades de progreso económico– a la vez que muestra las arbitrariedades de las que son capaces los gobiernos –ampliar o contraer las relaciones comerciales entre personas de distinta nacionalidad, lo cual supone respetar, en el caso de la ampliación, o violar, en el caso de la contracción, la libertad individual–.

¿Quién demonios es el gobierno para limitar, en el mejor de los casos, o prohibir, en el peor de ellos, el intercambio comercial entre personas de distinta nacionalidad? Y es precisamente en estos términos –¿Quién demonios es el gobierno para prohibir o limitar el comercio entre personas de nacionalidad distinta?– en los que hay que plantear la cuestión. Dicho de otra manera, y con relación a nuestro gobierno: ¿Quién demonios es el gobierno mexicano para prohibirnos a los mexicanos comprar lo que nos dé la gana, en donde nos dé la gana, es decir, independientemente del país en el cual se haya producido la mercancía que necesitamos o deseamos? La respuesta correcta es: nadie. El gobierno es nadie para prohibirnos comprar lo que nos dé la gana, en donde nos dé la gana, y si lo hace, ¡y lo hace!, no es porque tenga el derecho de hacerlo, sino porque detenta el poder para hacerlo, algo muy distinto.

El verdadero libre comercio supone que somos los consumidores, comprando o dejando de comprar, quienes determinamos, en todos los casos, el monto (el cuánto) y la composición (el qué) de las importaciones, con el gobierno respetando la libertad de las consumidores nacionales. La antítesis, el proteccionismo, supone que es el gobierno el que determina el qué (la composición) y el cuánto (el monto) de las importaciones, limitando o eliminando la libertad de los consumidores nacionales, como si comprar productos extranjeros fuera una actividad delictiva por su propia naturaleza que, como tal, debe prohibir el gobierno y, de fallar la prohibición, castigar. (Los contrabandistas, bien entendidas las cosas, son defensores de la libertad de comercio y, como tales, benefactores del consumidor[1]).

Afirmaciones como la de Peña Nieto y Piñera –Vamos a ampliar la relación comercial entre ambos países– si bien es cierto que apuntan en la dirección correcta –más comercio entre mexicanos y chilenos– refleja una realidad inadmisible: que ambos gobiernos, en mayor o menor medida, de una u otra manera, limitan las relaciones comerciales entre sus gobernados, lo cual no pasa de ser una enorme arbitrariedad, que persistirá mientras cualquiera de los dos gobiernos mantenga la más mínima medida proteccionista, medidas proteccionistas que benefician de mala manera a los productores nacionales, permitiéndoles cobrar un precio mayor del que cobrarían en ausencia de las mismas, precio mayor que va en contra del bienestar de los consumidores y en contra de la verdadera economía.


[1] La frase es de Othmar K. Amagi.


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El punto sobre la i

El problema, para los dictadores, es que no pueden eliminar la libertad del ser humano. Sólo pueden prohibir su ejercicio, prohibición a la que se opone, precisamente, la libertad.

Othmar K. Amagi
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