Pesos y contrapesos
Abr 26, 2013
Arturo Damm

Reforma fiscal y progreso económico (VIII)

La reforma fiscal correcta, por lo menos en su fase tributaria, no debería de meterle mano al engendro tributario que ya padecemos sino arrancar de cero.

Hasta aquí, en estos Pesos y Contrapesos, he demostrado, con números, cuáles son las posibilidades recaudatorias del Impuesto Único a las Ventas, IUV (que sería un impuesto único, ni uno más; universal, sin excepción de ningún tipo; homogéneo, la misma tasa en todo los casos; a las compras-ventas, no al ingreso, no al patrimonio), y por qué las tasas progresivas son injustas: no cumplen con la equidad (que todos paguen lo mismo) y por ello tampoco con la proporcionalidad (que el que pueda pagar más pague, exactamente, más).

Más allá de los números, vale la pena considerar la ventaja de los impuestos indirectos sobre los directos, sin olvidar que, al final de cuentas, o por principio de ellas, todo impuesto sale del ingreso de alguien, pero no es lo mismo que salga de manera directa, a que lo haga de manera indirecta.

Impuestos directos son aquellos que directamente gravan el ingreso, tal y como es el caso del Impuesto sobre la Renta. Los indirectos son aquellos que lo gravan, tal y como su nombre lo indica, de manera indirecta, por ejemplo, a través de las compras-ventas, lo cual resulta menos arbitrario, por una razón muy sencilla: es menos malo gravar el consumo, que supone “destrucción” de riqueza, que la generación del ingreso, que siempre es consecuencia de la creación de riqueza, creación de riqueza que es, uno, la única manera de ir mitigando el problema de la escasez, que es el problema económico de fondo, y que supone que no todo alcanza para todos, y menos en las cantidades que cada uno quisiera y, dos, riqueza cuya creación, en un país con el 50 por ciento de la población sobreviviendo en la pobreza, se vuelve algo impostergable, momento de recordar la siguiente secuencia lógica: a más impuestos, menor competitividad; a menor competitividad, menos inversiones directas; a menos inversiones directas, menos apertura de empresas, menos producción de bienes y servicios, menos creación de empleo, y menor generación del ingreso, todo lo cual se resume así: menor progreso económico.

Considerada la ventaja de los impuestos indirectos (no gravan directamente la creación de riqueza), hay que tomar en cuenta, sobre todo cara a los intereses de políticos, gobernantes, burócratas, legisladores, funcionarios gubernamentales y demás presupuestívoros, que un IUV del 9.6 por ciento, tal y como lo muestran los números presentados en las primeras entregas de esta serie, da como resultado la misma recaudación*. ¿No es este hecho razón más que suficiente para que se tome en serio la propuesta y se sustituya el engendro tributario que padecemos por el IUV, lo cual quiere decir que la reforma fiscal correcta, por lo menos en su fase tributaria, no debería de meterle mano al engendro sino arrancar de cero?

*(Aclaración: mientras no se revise a fondo en qué, cuánto y cómo gasta el gobierno, siendo que gasta en lo que no debe, razón por la cual gasta de más, y no pocas veces mal, por ningún motivo debe ponerse un centavo más en sus manos).

Continuará.



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