Aquelarre Económico
Jun 7, 2013
Manuel Suárez Mier

Nación contrabandista

Peter Andreas reescribe la historia de Estados Unidos con una narrativa no sólo distinta sino diametralmente opuesta a la que presenta la historia oficial

Acabo de incorporar a la lista de lecturas de mi curso La Economía del Crimen Transnacional que ofreceré en el otoño, como todos los años, el recién publicado libro de Peter Andreasdel que toma su título esta columna, y que como subtítulo resume la esencia del texto: cómo el comercio ilícito forjó a los Estados Unidos de América.

Andreas es un respetado académico dedicado al análisis de las actividades criminales en el ámbito internacional, y profesor en la universidad de Brown en la ciudad de Providence, Rhode Island, EU, lo que resulta paradójico dado el origen de la fortuna de su fundador John Brown, “un prominente mercader cuyos negocios incluían el contrabando, la piratería, el comercio de esclavos” y el combate a las autoridades.

Lo que hace el autor en su magnífico texto es reescribir la historia de Estados Unidos con una narrativa no sólo distinta sino diametralmente opuesta a la que presenta la historia oficial. Su argumento es que el tráfico ilícito de todo lo imaginable, empezando por el contrabando en la era colonial, encarna la esencia de su país.

Explica cómo los nativos de las trece colonias británicas en América del norte no mostraron el menor interés en buscar su independencia de la Madre Patria sino hasta el reinado de George III, a resultas de la intensa campaña que emprendió para combatir el tráfico ilícito de mercancías en sus territorios americanos.

Hasta ese momento las autoridades inglesas no habían aplicado las leyes vigentes, que al igual que en la América española mantenían el monopolio del comercio con sus territorios de ultramar, lo que llevó a los habitantes de las colonias anglosajonas a concluir que era su derecho natural comerciar con quien ellos quisieran.

La narrativa habitual para explicar la guerra de independencia emprendida por los habitantes de las trece colonias, es que su raíz se ubica en la defensa de la libertad y en su protesta de pagar impuestos sin tener representación en el gobierno británico, pero se ignora su afición al contrabando y su encono contra los agentes aduanales.

El autor relata cómo en la guerra de independencia el contrabando resultó esencial para mantener avituallado de todo lo necesario a los ejércitos de General George Washington, violando el intenso bloqueo aplicado por la armada británica, lo que les permitió derrotar al más poderoso ejército de la época, aunque los colonos, anteponiendo sus intereses al patriotismo, también le vendían abastos al enemigo.

Una vez conseguida la victoria y con la creación del gobierno federal en 1789, el reto para la nueva república consistía en cómo regular el comercio de una nación fundada en la evasión de todas las leyes comerciales, lo que explica que la primera entidad creada por el nuevo gobierno fuera la administración de aduanas.

La flamante aduana de EU tuvo que recurrir a la fuerza para aplicar sus nuevas leyes lo que llevó a establecer lo que hoy es la Guardia Costera, y a negociar con los principales mercaderes que era en su propio interés pagar los aranceles, fuente principal de los ingresos del gobierno por más de un siglo, a cambio de alentarlos a violar las leyes de otros países con lo que el contrabando de EU se tornó global.

Los contrabandistas probaron su gran poder cuando el Presidente Thomas Jefferson adoptó el embargo total a las exportaciones de su país, una de las medidas más torpes en la historia del comercio universal que hizo que resurgir el contrabando para vender al resto del mundo vía Canadá, con envíos disfrazados a otras ciudades de EU o pretextando emergencias que forzaban a los cargueros a entrar a puertos foráneos.

En la guerra con Inglaterra de 1812 los contrabandistas regresaron a sus prácticas de avituallar tanto a las milicias locales como al ejército enemigo, lo que se trató de neutralizar con la militarización adicional de las aduanas, pero con un muy limitado éxito como lo reconoció el Presidente James Madison al afirmar que “el espíritu comercial de los yanquis probó ser superior a su espíritu bélico.”

La expansión hacia el occidente, que incluyó la conquista de la mitad de México y el despojo de los territorios indios, estuvo acompañada del contrabando prohibido de esclavos y de bebidas alcohólicas, cuya venta estaba vedada a los indios, un número desproporcionado de los cuales se volvió adicto al alcohol, poderoso aliado para inducirlos a otorgar cada vez más generosas concesiones territoriales a los invasores.  

En entregas futuras seguiré este fascinante relato.



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