LUNES, 22 DE MAYO DE 2006
La contienda de las ideologías

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“El gran triunfo del liberalismo es lo que ha logrado en relación a la limitación del poder.”
Guillermo Cabieses

Cristina Massa







“En la elección de 2006 los votantes racionales elegirán de entre competidores racionales que buscan el poder a través de la ideología”


Cornelius Castoriadis escribió que las ideologías han muerto. Nada más alejado de la verdad. No sólo la contienda por la presidencia de México, en particular, sino la ola de batallas entre la izquierda y la derecha en el mundo, han sido el recordatorio de que el ser humano sigue y seguirá interpretando al mundo. El discurso ideológico es un discurso que descansa en la definición de preferencias que responden a valores que, previamente, significan la interpretación personal o colectiva del mundo.

 

En la contienda mexicana la derecha canónica ha buscado identificar la izquierda con la violencia, ilegalidad e inestabilidad. Del mismo modo en que la izquierda ha tratado a la derecha como una perversa expresión de intereses ocultos, una oscurantista legión de fascistas. Ni una ni la otra. Las ideologías no son ni ilegales, ni violentas, ni autoritarias, ni oscurantistas. La ideología -cualquiera que sea- y la legalidad democrática son perfectamente compatibles.

 

Izquierda y derecha han sido dos categorías que, desde hace dos siglos, han servido para denotar el contraste entre ideologías y movimientos políticos. Ambos términos denotan programas políticos distintos, acciones de gobierno diferentes y sin duda, proyectos sociales que divergen. Aunque hay innumerables arenas de política pública donde ambos extremos del continuo ideológico se distinguen, la diferencia esencial a cada uno de ellos es su posición respecto a la igualdad.

 

La izquierda, más igualitaria que la derecha, busca políticas distributivas que hagan más iguales a los desiguales; la derecha en cambio, defiende el tratamiento igual para todos, iguales y desiguales. Mientras la izquierda busca igualdad en los resultados, la derecha busca la igualdad en los procedimientos. Los extremos, de izquierda y derecha, coinciden en ser iliberales, impositivos, autoritarios; las posturas moderadas en cambio, defienden la libertad tanto como sus posiciones respecto a la igualdad.

 

Desde la izquierda lo mismo que de la derecha, se han levantado esas banderas autoritarias que buscan la instrumentación de sus programas. Es aquí donde se genera la relación entre ideología y legalidad. La legalidad democrática exige la aceptación del otro, del diferente, es la regulación de la competencia entre programas contrarios, donde no puede ignorarse a las mayorías ni abusarse de las minorías.  Cuando una postura radical intenta imponerse, se atenta contra la legalidad y se pone en juego la sobrevivencia de la democracia misma.

 

La legalidad puede ser cuestionada en su forma y hasta en su contenido democrático, pero las reglas de la democracia deben prevalecer para garantizar la existencia de la pluralidad ideológica. La cultura de la legalidad no es otra cosa que el reconocimiento de la autoridad y las disposiciones que de ella emanan: la obediencia civil por la libre voluntad ciudadana o por la eficaz aplicación que la autoridad hace de la norma. La cultura de la legalidad es, sin duda, un problema institucional, jurídico y político, que depende de la difusión de las normas, de la calidad en la aplicación de la ley y del respeto de la autoridad a los procedimientos de la institucionalidad democrática.

 

No es la ideología la que beneficia o lastima la legalidad. Es la radicalización de las ideologías el factor que pone en juego la continuidad democrática a través del rompimiento con las reglas del juego.

 

Las elecciones que se acercan serán la primera gran trinchera de las ideologías que compiten, en el marco de la democracia, por el poder. En el pasado la discusión y competencia políticas estaban definidas por el eje democrático de competencia. La transición a la democracia hacía natural que la decisión que enfrentaba el elector era aquélla de conservar o cambiar un régimen político. La elección de 2000 fue el éxito final de aquélla estrategia. Vicente Fox fue capaz de identificarse a la alternativa de cambio y de imponer su candidatura como la única posible para la oposición.

 

México ya da sus primeros pasos en la democracia. Ya no es el cambio un discurso aceptable, al menos no uno mayoritariamente apoyado. No lo es porque ya cambiamos. Si bien México en muchos sentidos sigue siendo el mismo, no lo es en el sentido que importaba a los mexicanos. Los que apoyaron el cambio buscaban la democracia. El móvil era político no económico ni social. Quienes votaron por Fox fueron los votantes de la democracia y sólo accidentalmente, los despistados que veían alguna ganancia ideológica.

 

La elección de 2000 es en muchos sentidos atípica, original, pero en otros es tan convencional como cualquier otra elección de una transición por la vía electoral. La elección donde los votados y los votantes buscaban posicionarse como demócratas o autoritarios. Hoy la historia política de México nos lleva por la senda de las decisiones ideológicas. La elección de 2006 es la elección de las políticas públicas preferidas por el votante. El candidato que resulte ganador será el que ofrezca las alternativas que México prefiere: buenas o malas, serán las mayoritariamente apoyadas. En la elección de 2006 los votantes racionales elegirán de entre competidores racionales que buscan el poder a través de la ideología.

 


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